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El Contorno

Y yo entraré con pies advenedizos hasta el patio agorero en que hay un brocal ensimismado, con un cubo de cuero goteando su gota categórica,  como un estribillo plañidero.

(López Velarde, El Retorno Maléfico)     

TRAZO Y TRAZA

a)   El contorno

El pueblo se tiende suavemente en las faldas del cerro que lo ampara, como se anidaría un niño en el regazo de su madre. Buena fue la elección de aquellos hombres que fundaron el pueblo; desde la cumbre habían oteado a la redonda y cuando aceptaron dejar los riscos, eligieron ésta, como loma que comienza al pie del cerro y va a descansar por todos lados, menos por el de su origen, en el agua de dos pequeños ríos, que se unen junto a unos sauces viejos.

Declina la loma al bordo de los ríos, y de ahí comienza a levantarse el terreno en el cerco que circunda al pueblo: allá, las cumbres señeras del Cerro del Pantano y del Cerro Chino, los más altos; luego el Cerro del Infiernito, el de Los González, las cumbres de La Sierra y la de Los Fabianes. Todos se dan la mano, para guardar al pueblo en un amplio recinto de llanadas, que dejan ir la vista por infinitas dilaciones, con puerta abierta hacia el norte, donde no hay sino la pequeña elevación de la Mesa Grande y más allá, en el vaho azul de la distancia, la cuesta de El Tecolote que endereza hacia Atolinga y Totatiche.

Más allá de los cerros, del otro lado de su armonioso perfil, los pueblos vecinos que fijan el “dónde” geográfico, que localiza el Teúl en la comarca. Ya está apuntando Atolinga y Totatiche hacia el Norte, y con él, Temastián, el de las irradiaciones espirituales en toda ésta región y más allá, Villa Guerrero en los linderos de la sierra, con vislumbres fantásticos de un pueblo en el “finis terrae”.

Basculando de aquí al Oriente, está arriba del peñascal filoso que llamamos Las Piedras Chinas, donde dicen que asusta y hay tesoros fabulosos escondidos, el pueblo de Santa María de la Paz, tan viejo como el Teúl, pero con los matices propios que configuran su fisonomía. Fue municipio muchos años y ahora que sí, después que no, por muchos años se identificó políticamente como Congregación Ignacio Allende. En lo eclesiástico, es capellanía de la Parroquia del Teúl.

Más allá, caminando en tierra colorada y entre peñascales de piedra negra, con un aire frío y cortante, y un horizonte árido, espinado de nopales, se llega al remanso de la Presa de Excamé con su lozanía y esplendor vegetal para esta región, identificada en la geografía lugareña como Cañón de Tlaltenango. Cuando se hizo la presa, el caserío de Arroyo Hondo desparramado en la cañada, vio subir y subir las aguas; cundió la alarma y los vecinos tuvieron que ir a poner casa más arriba. El templo se quedó sólo, en una península de juguete, que se adentra al agua, y la torrecita de piedra, de noble diseño arquitectónico, retrata su soledad en el espejo del agua.

Luego está Tepechitlán, por la vega retoñada del río, un pueblo que acendra el carácter zacatecano: austeridad y dureza en la envoltura; en lo familiar, trato gentil y una ineludible disposición de servir a los demás.

Unos cuantos kilómetros adelante, Tlaltenango de Sánchez Román, que es como la capital de ésta última porción de Zacatecas. Al centro del Cañón de su nombre, que más debe decirse Valle, se rodea de las agrestes cumbres de la Sierra de Morones por un lado, por la elevación Poniente está Atolinga, otro pueblo con carácter y con historia. Tiene Tlaltenango reductos de indigenismo puro, en la tradición, en las costumbres y hasta en los últimos barruntos de su dialecto original; éstos son Cicacalco y Talesteipa.

Regresando del viaje, enderezamos ahora hacia el Poniente, por las laderas del Infiernito, cerradas de ese arbusto característico nuestro, pingüica en algunas regiones, manzanilla para nosotros; no hay entre nosotros quien no haya ido alguna vez “a las manzanillas” y no vuelva del paseo con la cara ardiente del sol y el viento helado y con un buen canasto del fruto recolectado.

Si vencemos la tentación de las manzanillas para otro tiempo, encumbraremos a la planicie infinita de Florencia o Benito Juárez. Dicen que éste pueblo, ahora en pujanza incontenible de vida y progreso, no tiene más allá de unos cien años; que fue antes un ranchería signada por un Señor Principal que fue Don Florencio José de Flores y Navarrete, después de “lo de lo Florencio” y en la actualidad, Municipio de Florencia.

Cuando todavía era preciso llegar  al pueblo a lomo de bestia, por entre milpares que entregan la sutil fragancia de espigas florecidas. De entonces es esta fotografía.

Aquí el aire es limpio y con olor de sierra. A una altura cercana a los dos mil metros sobre el nivel del mar, se contemplan aquí llanadas, que se pierden en la lejanía, tupidos bosques de roble y encino y más allá los pinares de La Parida, Potrerillos, Llano Grande y Monte de Carrillos.

Y si trastumbamos a aquel lado de estas cumbres, nos asomaremos con escalofrío a la hondura del Cañón de Bolaños. Acaso alcancemos a divisar la cinta plateada del ahora desmedrado Río de Bolaños, enredándose entre los barrancos y persignando corriente abajo los pueblos de Bolaños, Chimaltitán y San Martín.

Volvemos grupas y tomamos caminos por el Testerazo, Los Cajones, por un lado de este cerro nuestro, que tiene la imagen maternal  como el una mujer que cobija a su hijo y que ciertamente está relacionado al nacimiento, la infancia y vida de nuestro pueblo. Vamos a tomar camino hacia el Sur; pasando de la Cueva Prieta, Las Tetillas y el Tambor, llegaremos a La Ceja y después a La Estanzuela, ahora García de la Cadena, el último pueblo zacatecano, tierra roja, aire claro, antes de caer en el vaho de las barrancas, con que comienza ahí el Estado de Jalisco.

Hacia el Oriente, están las rancherías tan conocidas y de La Presa, El Tablero, Los Álamos. Después de esta serranía, que fue oscura y cerrada de tan densa y que en los tiempos del  florecimiento de la Hacienda de Pinoscuates, alcanzó niveles de producción agrícola nunca ahora logrados, se desciende a la hondura barrancosa de Juchipila, en ese enorme y accidentado Cañón, que se comunica allá abajo hasta Mezquital del Oro.

El caserío se ilumina al claro sol de la provincia, rodeando amorosamente al templo parroquial. Más allá, la solemne quietud de unas llamadas.

Así queda trazada la composición de lugar: una blanda lomilla que se desprende del cerro y deja que el caserío caiga por sus faldas, dejando el  templo parroquial en la parte más alta, de modo que señoree desde su sitio toda la población. Las faldas descansan en la arena de dos ríos, que se hacen uno sólo, en lo que llamamos La Junta de los Ríos.

Más allá del espacioso valle, el cerco de montañas de mayor o menor elevación, que forman como un anfiteatro gigantesco de escalonados niveles, que llevan a las cumbres de Oriente a Poniente, sierras altas,  henchidas de vegetación y con paisajes de espléndida belleza, para ir a caer, también por ambos lados, en los dos hondos cañones, el de Bolaños y el de Juchipila.

Estas características que conforman la ubicación del pueblo, son únicas y favorecen las excelencias de un clima, de una regularidad pluvial, de un aire limpio y fresco siempre, y de una belleza de paisajes que, por lo menos en temporada de lluvias, son únicos en toda la comarca: profusión de flores silvestres visten de colores la extensión del valle; los ríos que llenan de agua y ofrecen a los bañistas, deleitosos remansos; los bosques de los cerros se renuevan y hay un bullicio de pájaros y una exhalación de fragancias vegetales, que embelesan profundamente.

De cualquier lado se divisa en su sitio de privilegio el caserío del pueblo, con el dibujo magnífico en piedra rosa, del templo parroquial y el índice de su torre, que apunta al cielo. El trazo rectangular de sus calles, el estilo noble de sus fachadas nos invita… Hay que entrar al pueblo.

Todavía la dormida soledad de  las calles, en la hora bochornosa en  que un sol a plomo, incandesce en los muros.


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