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El Vivir

Hay que madrugar mañana para que vayas a Los Álamos, a traer unos morillos para componer el tejabán, antes de que lleguen las aguas, si quieres, para que no levantes a tu madre, que anda todavía mala de su muela, no le haga daño el fresco, la humedad de la madrugada, llegas de paso con tu tío Melesio Llamas y ahí almuerzas; como quiera que somos de la casa y hay confianza de que te eches un taco; o si quieres de una vez, te vas hacia la sierra. Don Zenón García, ya está de acuerdo en éstas dos o tres parejitas de morillos, y a la vuelta, llegas con Don Prócoro Cisneros; o no, ya sé que eres rete vergonzoso, mejor llegas con mi compadre Salvador Luna, ahí si hay confianza. . .sirve de que los machos, descansan un poco.

Estamos en cualquier casa, un día cualquiera, al encuentro de los sucesos diarios que tejen esta vida. Las casas del pueblo son amplias y construidas todas de muros de adobe; raras son las construidas con ladrillo y todas con techos de terrado; pero los accesorios, como las caballerizas, macheros, tlazoleras y gallinero, son de teja sobre morillos delgados, traídos de la sierra. La cocina, suele tener también techo de teja, según parece, para facilitar la salida de humo.

Lo de las cocinas ha cambiado a últimas fechas, porque ahora que hay comunicación más ágil y continua a Zacatecas y a Guadalajara, muchas casas ya tienen estufa de gas y con esto, transformaron la imagen antigua: humo de leña, el fogón para tortear, al lado de la paredita o apoyo de material, donde se asienta el metate, la prensa de tortear, la olla de los “machigüis”, la batea y la jícara de barro o de guaje, donde se van acomodando las tortillas, calientitas… vaporosas.

Parte muy necesaria de aquellas cocinas, dos o tres hornillas más, para leña y carbón, donde se coloca la olla de los frijoles, la olla del atole, la calabaza o los elotes. No faltaba un trastero, ya empotrado en la pared misma de la cocina, o ya en armazón de madera, donde se acomodaban los platos. Luciendo los platos un vivo dibujo de flores, los pocillos para el chocolate o los jarritos de barro con los nombres dibujados de Cuca, Lola, Toña, etc.

Todavía quedan en las casas, los últimos rastros de aquellas cocinas; pisos de tierra dura, con sus paredes negras de humo, su zarzo colgado a medio viento, una mesita con mantel bordado de amapolas, unas sillas con asiento de mecate o de madera, y hasta unas colgaduras o estalactitas de hollín; la gente les dice “los candiles del hollín”. Ahora es ordinaria la cocina de paredes blancas, cristaleros llenos de loza, piso de ladrillo y unos calendarios de adorno, con unas caras de muchachas muertas de risa, o unos paisajes donde un castillo fantástico retrata sus almenas en el espejo de un lago.

Acaso en estas cocinas se preparan alimentos de refinada elaboración, que para la sobriedad del gusto común, bastaron alimentos muy sencillos, acordes a la austeridad de la cocina misma; si en la mañana, un jarro de café, un plato de frijoles, un trozo de cecina, un pedazo de queso y unas tortillas saliendo del comal; si a mediodía, un plato de cocido, una sopa de fideos, picadillo, albóndigas, sin faltar nunca los frijoles, preferentemente de la olla.

Platillo de fiesta de la región, sobre todo si hay invitados, son las enchiladas, preparadas al modo peculiar: tortilla freída en la manteca y pasada por un caldo de chile muy picoso y luego enrollada con abundante queso rallado y revuelto en cebolla bien picada. Si es tiempo de aguas, no puede faltar en el almuerzo un jarro de leche recién ordeñada, y mejor, si es de “apoyo”; así se llama la última leche que se extrae de la vaca y  se tiene por más gorda y cremosa. Tampoco falta el plato de jocoque, el requesón, la mantequilla, los elotes humeantes y la calabaza amarilla y dulce.

En tiempo de cosechas, primero que nada, el rito anual de las gorditas de horno, tradición obligada en los ranchos de estos rumbos y en algunas casas del pueblo, que todavía conservan el horno a propósito, a veces dentro de la cocina o en algún lugar de la casa. Las gorditas, deben llevar partes iguales de masa de maíz, refregado el nixtamal, y de queso o carbonato o royal y anís. Se ponen al horno en hojas de lata, mejor todavía en hojas de roble, que al llorar en el fuego, dejan un juguillo agridulce y perfumado que da a este pan de maíz tradicional, un sabor inigualable.

También del tiempo de cosechas son las tacachotas o tacazotas, que de los dos modos suele decirse, que son gorditas de maíz tierno, que resumen esa riqueza dorada del otoño, igual que las calabazas que se endulzan todavía más con la miel recién sacada y una porción de leche cremosa, en un batidillo delicioso, que recibe el nombre familiar de “talisnole”.

Si andamos en Cuaresma, hay que hacer honor a las comidas características de éste tiempo; cuando los llanos tienden al infinito, su parda sequedad desnuda, el bosque deja ver el ramaje descarnado en que lo convirtió la cruel helada de esta región; cuando la misma naturaleza invita a despojar el alma de todos los oropeles, para llegar a la verdad esencial de las cosas. También se refleja en las comidas, el espíritu austero de la Cuaresma: un caldillo de habas o de lenteja, con el desquite luego, de unas tortas de camarón, en un cárdeno y espeso caldo de chile pasilla, o unos nopalitos en mole y desde luego, la suculenta, aromada y empalagosa capirotada, con sus pasas, piloncillo, canela, vainilla, espolvoreada arriba, con un baño de grageas de colores.

A principios de aguas, con sus peculiares olores y sabores, ambrosía del campo fértil, de las lluvias y el sol, de los vapores de la tierra y del aire fresco del bosque, se gustan con particular fruición, los jagüites y el mechócote; aquellos ,una especie de cebollita de fécula muy dulce y que sacan de la tierra con un bastón puntiagudo que llaman “coa”; éste, un magueycillo especial que se cuece en largas horas de fuego, sazonándolo nada más con una hierba agria de principios de aguas, que se llama “jocoyole”; alcanza así un dulzor y una tan exquisita suavidad, que puede tenerse entre las comidas o golosinas más deliciosas de esta región; acaso de este pueblo solamente.

También, dentro del género de golosinas y buenos para todo tiempo, principalmente para el invierno, son el ponteduro y el pinole, el atole gordo y el tejuino, cada uno de éstos, con sus reglas especiales de elaboración.

-Te estaba diciendo de los morillos, para arreglar los tejabanes que se estuvieron goteando en las aguas pasadas. Llévate los dos machos; la yegua no, para que después no vaya a haber el achaque de que malcrío por causa de nosotros. Y vete solo, no me gusta ni tantito que andes saliendo con tus amigos esos, los hijos del difunto Valentín; les da luego por corretear y maltratar los animales, con sus payasadas de charrería. Te estoy mandando un quehacer, no una diversión; ¿luego?

Las palabras admonitorias de los padres, son todavía la última palabra; el respeto y la sumisión de los hijos, su colaboración gustosa en los trabajos que convienen a los intereses de la familia, el concepto de integración solidaria en el bien de todos, son todavía, pilares sólidos en la conformación de los hogares

Con todo esto, los jóvenes buscan el modo de hacer su propia vida, dentro del medio y conforme a las aficiones de la región. Por encima de todos los gustos, el gusto de un buen caballo, aunque ya hay aquí proliferancia de vehículos y muchos sueñan ahora una camioneta. Un coche  de esos que traen y dejan aquí los norteños. Así y todo, la charrería sigue siendo deporte de hombres, lujo de destreza y habilidades no comunes en las artes de la charrería, con su preciosismo que borda lances atrevidos de la vida, en el paso de la muerte.

De acuerdo a esta modalidad que persiste, pionera en todos los gustos y aficiones del día, hace que la casa, tenga también una conformación apropiada: el zaguán lleno de macetas, aquí preferentemente: begonias, belenes, helechos u otras plantas de sombra, da entrada por el patio, en medio de prados y macetas, hierbas de olor: romero, yerbabuena, albahaca, y entre ellas, plantas de adorno: margaritas, claveles, espuelitas, alcatraces, un rosal o una azalea sobre los muros, a veces un jazmín, casi siempre un naranjo, un limón o una lima. En medio de aquel paraíso, la entrada al corral donde se distribuyen todas las dependencias necesarias para los animales. Las casas más importantes o de amplitud especial, tienen entrada aparte para los caballos, los burros, las vacas y los becerros. En el corral se recrean a sus anchas, una buena parvada de gallinas con un gallo cantador, que lanza clarinadas al amanecer.

Alrededor del patio, las piezas de servicio doméstico: la sala de recibir a un lado; es la pieza principal, donde no falta un mueble, sencillo si se quiere, sillas adosadas a la pared principal, una mesita en una esquina o en el centro, con una carpeta bordada en punto de cruz y un florero de flores de papel de china o de plástico, pues se entiende, que las flores naturales del jardín doméstico, en profusión y belleza de huertos cuidados con aliño, son exclusivas para adorno del templo.

No ha de faltar en el muro principal, un cromo del Sagrado Corazón y de la Virgen de Guadalupe y muy frecuentemente, del Señor de los Rayos de Temastián. Cuando no hay otras imágenes de la devoción popular, la Virgen del Perpetuo Socorro, San Pascual, el Santo que avisa la muerte de los enfermos graves, con tétricos toques de la pared, Señor San José, Santa Eduviges, abogada de pobres y desamparados y últimamente de San Martín de Porres, se tendrá de modo invariable el retrato de los padres de la familia, el de los hijos, que se casaron. Lucen ahí, las galas de la ceremonia nupcial, o el retrato, lleno de colorido muy vivo, con sombrero y hasta con corbata, de los hijos que se fueron al Norte y de allá están enviando oportunos refrigerios para la economía de la familia.

Con comunicación entre sí o aisladas, las recámaras de los varones y las de las mujeres: camas de lo más sencillo y austero, pero siempre limpias y con una sobrecama tejida en gancho, estrellas y rosetones, que dejan ver las habilidades de las muchachas de la casa; otras veces con bordados, donde lucen unas crisantemas amarillas o unas rosas de castilla.

Se tiene por gusto ranchero y zafío, el bordado de palomitas, sobre la funda de la almohada con un letrero que dice: duerme amor mío. Éste motivo muy común en las camas de los ranchos, es motivo de sorna entre las señoritas del pueblo.

No hay baño todavía en las casas, si bien en algunas, se aprovecha la excelencia y la abundancia del servicio de agua, que hace un par de años se empezó a proporcionar, y se ha construido en un ángulo del patio, éste, indispensable servicio. Lo común, es todavía el retrete en la parte más alejada del corral y en condiciones de higiene, que dejan mucho que desear.

-Ah y espérate, ya que me acordé de tus amigos, esos que te dije, he sabido que tienes relaciones con una de las Ramírez, María Guadalupe, croque. No quiero decir nada, ya estás grande y tendrás que pensar en eso; yo nomás te digo: que te portes como los hombres y que no des lugar a los chismes de la gente, que si la quieres para esposa. . . y ultimádamente, me estaba diciendo tu madre, que te ha notado muy retirado, que no hiciste los Ejercicios y que hace muchos meses, no cumples con los viernes primeros. Te voy a hablar claro: yo no quiero hijos masones ni comunistas.

Hay una férrea y honda trabazón cristiana en la mentalidad del pueblo, que lo hace vivir el calendario litúrgico con entrañable fidelidad. No faltan los desplantes al revés, por una cierta herencia liberal, que queda todavía del tiempo en que vecinos del lugar, alcanzaron en épocas tormentosas de la historia nacional, significación política y militar; pero ellos no es sino un barniz, para lucirlo en determinadas ocasiones y ante tales y cuales personas. Por lo demás, la fórmula velardiana, tiene aquí una vez más, valedera aplicación: “Católicos de Pedro el Ermitaño y Jacobinos de época terciaria; y se odian unos a otros, con buena fe. . .”

En realidad, ni siquiera puede hablarse de una afectuosa enemistad, sino de una cordialidad sincera y general, en las fiestas y celebraciones religiosas tradicionales, tanto como en las festividades cívicas o de personajes del almanaque revolucionario, que también son honrados con el consenso y entusiasmo de toda la población.

Puede decirse, que es general el cumplimiento del precepto dominical, como del precepto de la pascua; así también, la asistencia a las pláticas cuaresmales, la devoción de los viernes primeros, que más antes que ahora, removía un empeño general a hombres y a mujeres, en la confesión y comunión establecidas. Fiestas de mucho rebumbio y regocijo popular, la del Doce de Diciembre, que recobró el esplendor de tiempos pasados, en tiempo del Sr. Cura Filiberto García, la de la Navidad, la Semana Santa, con aquellos ritos populares en sentida recordación de cada uno de los episodios de la Pasión de Cristo y el rumor y el abejeo sordo de los mercaderes, que en las puertas del  templo, ponían vendimias especiales.

En lo personal, celebración muy significada fue y es, la primera comunión, para cuyo acto, se imponía el vestido blanco, la vela con adornos de cera escamada, el ramo de flores, el libro y el rosario, y luego…  el desayuno, con fruta de horno y chocolate.

Hubo hace apenas un decenio, varias asociaciones piadosas para hombres y mujeres, a las cuales pertenecían, según el caso, la generalidad de la población. Estaba la de las Refugianas, la del Rosario Perpetuo, de las Madres Cristianas, de la Acción Católica para señoras. Las Damas Guadalupanas, que fundó el Padre Cipriano González y llevó en su tiempo, notable florecimiento, era exclusiva para señoritas. Para jóvenes, la Congregación Mariana, también atendida con grande empeño, por el Padre González; a los jóvenes, que pertenecían a élla, les decían “los Luises”. Para señores y señoras, la Vela Perpetua; y para señores, la Adoración Nocturna, que fundó el Sr. Cura Valdés, en 1936 y llegó hasta 10 turnos mensuales. Para niños y niñas, La Cruzada Eucarística o los Tarcisios, la asociación de los Santos Ángeles o las Teresitas, respectivamente. Al lado de éstas y con una actividad bien definida, las Catequistas, que tenían a su cargo, la atención de los niños y la enseñanza, sábados y domingos a las cuatro de la tarde.

     Ahora, el atrio de la parroquia, tiene un espacio luminoso y amplio,  con palmeras y el juego de una arquería, que lleva por un lado al  Auditorio José Isabel Flores y por otro, a los vestigios  de lo que fue casa-habitación de  Juan Delgado, tercer encomendero del Teúl, por 1590.

Cuando la voz del solista empalaga o se enreda en virtuosidades, que pueden reformar la realidad, viene bien el testimonio de las personas que vivieron hondamente aquel pasado, que se está tratando de configurar, un pasado que está aquí nomás, al trastumbar de veinte o treinta años, pero con el paso rápido, que ahora cambian los pueblos y las ciudades, representa ya una distancia, que se antoja infinita.

Aquí está el Dr. Porfirio Villegas Luna, su nombre, entraña un recuerdo del afecto, de respeto y agradecimiento para Don Eduardo Villegas Sandoval, espejo de finura, de cordialidad y de un afán por servir a sus paisanos, del que apenas habrá un teúlsense, que no pueda dar testimonio.

La distancia y las actividades profesionales, no han desligado al Dr. Porfirio Villegas, del recuerdo y del cariño, que en lo más hondo de su ser, guarda para su pueblo; aquí están las añoranzas que nos ha confiado y en las cuales, enriquecemos este perfil, que estamos tratando de trazar:

Cómo olvidar la escuela. Párvulos con Lupe Salcido y Lupe Herrera, que aún vive en Chicago, II. La primera en la Escuela del Curato, en la que también era maestro por aquel entonces, Don José María Godoy, y la segunda, en la Escuela Oficial. Ya entonces, se gestaban las dificultades ideológicas, que daban lugar a la pugna casi amistosa entre los alumnos de una y otra institución, muy próximas entre sí. Y el grito de agresión, que golpeaba el silencio de aquellos mediodías, a  la salida de la escuela: “¡Curateños..!”, “Gobiernistas”, sin que faltara una que otra pedrada, que no llevaba ni siquiera, a levantar polvo del suelo. Vinieron después maestros de muy grata memoria, como los hermanos Campos, Nacho y Don Jesús, también Don José y J. Carmen.

Cómo no recordar las triples bañadas, una de agua y dos de sudor, en la ida y la venida a la Media Luna, El Nene, La Labor, La Mala Mujer…los paseos a los capulines y a las peras a Florencia, a los duraznos, a los González  y luego…El arte culinario popular, que con creces llenaba nuestras aspiraciones gastronómicas: El  arroz con leche de Doña Chana, Feliciana González, sencilla y despreocupada en su vestir; el pozole de Doña Bibiana Tovar, de hablar endemoniadamente rápido, que alternaba la atención de los clientes, con la torcida de cigarros de hoja; las enchiladas de  Jesús, “la enchiladora”; la fruta de horno de Victorino, “Toringa”, mudo desde , según decían, lo trataron de colgar los Cristeros. Las melcochas o charrascas de Tomasa y su marido Víctor, que vivían allá por el “paraíso”; el pan y sobre todo, los picones de huevo, de Don Juan González, el atole blanco de las Flores, a centavo la olla como de litro, y cuántas, cuántas cosas más.

Luego vienen los recuerdos de la adolescencia. Los paseos al pie del cerro, a jugar cantaritos; la recolección de manzanillas en un montecito, junto a la Casa de Teja; las serenatas en la plaza o jardín “del cuadro” ofreciéndoles ramitos a las damas o  cuando menos una sonrisa. Tocaba casi siempre la orquesta de Manuel Nájar, “el Chiquillo” y su hermano Jesús. Lorenzo Cervantes, Ricardo Grey, Don Jesús Grover y qué sé yo cuáles más. A veces éramos nosotros mismos; Federico y Simón Ramírez, Nacho Robles, Teódulo Robles, Salvador Varela y éste servidor, los que rascábamos el guaje en el kiosco.

Otras veces, amenizaban la noche, las Típicas de Señoritas. Una en la que figuraban las hermanas Concha y María Sánchez, Chabela Cervantes, entre otras; el otro  grupo lo formaban las hermanas Varela, Hildelisa, Bertha, Guillermina, en fin. . .

La celebración de las Fiestas Patrias, era todo un acontecimiento, con el ajetreo y colorido pueblerino: música, tambora, banderitas de papel de china, desfile y velada literario-musical,  con la corporación de las escuelas y desde luego, la elección, coronación y baile de la reina.

En mi época, llevamos a cabo, la primera elección, siendo la elegida: Natalia Castro. Vino después, Teresita Castañeda, enseguida, victimada cobardemente; María de los Ángeles Negrete, sobrina del Señor Cura Negrete,” el compadrito”, impuesta por los centavos del Dr. Alberto Sandoval, y no recuerdo quiénes siguieron.

Cómo recuerdo, el trajín de éstas celebraciones. Algunas veces, me tocó ser el Tesorero de la Junta Patriótica y por lo tanto, manejar los dineros, que espontáneamente nos daba la ciudadanía o recaudábamos con representaciones teatrales. Estos cuadros, llegaban a la suma fabulosa de cien pesos, que nos ajustaban ámpliamente para música, banderitas, cohetes, y truenos de azufre, con los que dábamos el alba allá arriba, en las bóvedas de la iglesia. No faltaban, naturalmente, los carros alegóricos, con la Patria, El Cura Hidalgo, Los Insurgentes y el de la Reina; todo eso, el Diez y seis, después de la desvelada de “El Grito” del 15, con  muchos balazos y tamborazos.

Por aquellos tiempos, no se celebraba misa en muchos ranchos, por lo que gran cantidad de gente, acudía al pueblo, a cumplir el precepto dominical, y era de ver, cómo se desbocaba la muchedumbre. Al salir de la “Misa Mayor”, “la plaza de abajo” se convertía en un lago humano, que dejaba oír un alegre murmullo.

Celebración importante, fue la bajada de la Santa Cruz, el día 3 de Mayo. Las fiestas del 12 de Diciembre, cuando por regla general había verbena, castillos, corridas de toros “de compromiso”, etc., etc. Las corridas de toros se hacían en ruedos improvisados, con vigas y tablones. Tenían lugar en el Mesón de Don Silvestre “El Campo Florido”, o en el de Don Aurelio Rivas; había otro mesón de Don Ignacio Cervantes, acá por la entrada de la calle real del camino, que venía por Los Palos Colorados, pero éste era más chico y no se prestaba para tales menesteres.

En semana Santa, se instalaban “puestos” frente a la iglesia. Entonces no podían faltar el alfajor, la nieve raspada y sobre todo, los coquitos de aceite con los que jugábamos, golpeándolos uno con otro, perdiendo el dueño del que “hacía agüita”. Así desahogábamos la tensión, de las largas ceremonias religiosas, que se tenían durante estos días en el templo, con “calvario” vivo, donde se representaba la muerte de Jesucristo, en la cruz.

Debo decir, que estos recuerdos de mi  tierra, son siempre gratos para mí. Ahí transcurrió completa mi niñez y la primera parte de mi juventud, probablemente, la que nos dejó más huellas; por ser el abrir los ojos, los sentimientos y el corazón a una vida nueva, con muchas sorpresas e ilusiones; cuando nos sentimos dueños del mundo y capaces de las más temerarias acciones, incluyendo la de casarnos. . .”

Aquí dejamos al Dr. Porfirio Villegas Luna; volveremos con él, a propósito de otras cuestiones.

El pueblo pasa por un período de transición en todos los aspectos. La serie de adelantos que registra de unos años para acá, la proliferación de sus planteles educativos: tres escuelas primarias, una secundaria, la preparatoria, amén del anuncio de una escuela técnica industrial, sólo por lo que respecta a la cabecera, han convertido al pueblo, en centro cultural, de una zona que viene desde la Estanzuela, Huitzila, Milpillas y Florencia, con todas las rancherías circunscritas en ese ámbito, y han atraído a un sinnúmero de jóvenes y a algunas señoritas, que vienen a continuar los estudios que dejaron, allá en el nivel primario.

Todo esto, ha empezado a cambiar la fisonomía interior del pueblo, que de aquel silencio apenas turbado por el canto de los pájaros o por el repiquetear de las herraduras y de las espuelas de un caballero en su caballo, que vienen haciendo temblar un rastro sonoro en la quietud de la calle; de aquel ritmo lento y medido, en el paso de las gentes que caminaban con displicencia, con acompasada tranquilidad, al paso lento del sol y de las sombras, del sol en la calle, hoy empieza a advertirse el vértigo de las exigencias de un horario exacto.

Hay que estar a las siete de la mañana en la secundaria y en la preparatoria; el servicio de teléfonos, se abre al punto de las ocho de la mañana. A las nueve, se abre la sucursal del banco y las oficinas municipales. Los camiones que hacen servicio desde Florencia rumbo a Tlaltenango, pasan aquí a las siete y media de la mañana. A las cuatro de la tarde, llega el camión que viene de Guadalajara por San Cristóbal de la Barranca. Ya no se deja ir el tiempo al antojo blando de una vida sin exigencias; ahora se regula por el reloj que mide, que acosa, que empuja a latigazo exacto la vida del pueblo.

Ha cambiado la fisonomía espiritual del pueblo. Muchos aspectos de la vida actual, difieren de aquella otra, que se vivió hace apenas diez años.

Son ahora muy distintas éstas, de aquellas muchachas de inevitable rebozo, dentro de las cuatro paredes insalvables del hogar, sin otro afán que el de los quehaceres de la casa: hacer las tortillas, lavar los trastos, acarrear agua para beber, regar el jardín, barrer el patio y las piezas, lavar y planchar la ropa y ayudar a la madre en la atención de los hermanos más pequeños. Ya hay una vida social al exterior en las muchachas de ahora, muy distintas de aquéllas que no tenían otro gusto ni otra comunicación fuera de su hogar, que el sentarse por las tardes en la ventana y ponerse a bordar primores en un bastidor redondo, mientras se desleía en la distancia, la melodía romántica o la balada campirana de los primeros aparatos de sonido eléctrico, que llegaron al pueblo, y el pensamiento bordaba quimeras, y el corazón alentaba ensueños, dichas presentidas, cuando el paso de un caballero en su caballo o el carraspeo convencional de una galán, causaba sobresaltos y hacía palpitar en frenesí las arterias de la ilusión.

Hoy, las condiciones de vida de la mujer han cambiado y ya hay un sentido más flexible en la educación y en la disciplina de los padres. Las escuelas, han propiciado mucho el cambio de mentalidad y ya el noviazgo de una hija, de una hermana, no constituye un tabú, el baldón de la familia. Ya se ve con naturalidad, el paseo de una pareja por las calles o la plaza del pueblo, en digna y natural convivencia.

Factor determinante de ésta transformación, fue el servicio de luz eléctrica las veinticuatro horas del día, dentro de la Red Nacional de la Comisión Federal, hecho que presenta un cambio radical, como el de la noche al día; las noches aquellas, la noche que asusta a la rana, según el verso de López Velarde, tiniebla espesa, que envolvía las calles del pueblo desde la última penumbra de la tarde, hasta el primer claror de la mañana.

Hubo intentos de servicio de iluminación eléctrica a cargo de don Pablo Ramírez, que en 1925, trajo de Tabasco, Zac. e instaló aquí una turbina de vapor, alimentada por una “tarea” diaria de leña.  Puso el primer molino e instaló un generador, que alimentaba no más de dos docenas de focos rojizos, en las calles y en las principales tiendas. Vino la Revolución Cristera y se suspendió el servicio; cuando se calmaron las cosas, hubo otro nuevo intento y por unos pocos años, volvió la luz en el pueblo, hasta que la caldera se agrietó de tal modo, que ya no fue posible trabajar. Don Otilio Martínez, puso después, una planta de luz alimentada por diesel, hasta el año de 45 ó 48 más ó menos, y de ahí siguieron algunos años de oscuridad plena, de noches ciegas y frías, no aluzadas sino por las estrellas y alguna lámpara de gasolina o por la luz temblona y humeante, de algún mechero de petróleo.

Un cedro viejo, negro de tan verde, dio sombra a las tradiciones pueblerinas, que se modifican lentamente. También el cedro, se murió de viejo.

Con la instalación del nuevo servicio eléctrico, en posterías nuevas, en transformadores y líneas de conducción a la medida de las necesidades, el pueblo resplandeció en nueva vida, y pudo disponer ya, de todos los aparatos eléctricos que tiene la vida moderna, y sus calles, sus plazas y su iglesia, refulgen luminosas y hermosas. Y el pueblo ha sido otro, en un cambio de la noche al día, de la oscuridad a  la luz.

Otro adelanto notable, que ha dado nuevo ser al pueblo, fue el de la instalación y servicio de agua potable. Después de diversos fracasados ensayos de perforación de un pozo Artesiano, en diversos puntos alrededor del pueblo. Horadaciones de mucha profundidad, se hicieron en la falda del cerro, en el rumbo de La Labor y en el bajío de Los Trigos, sin que pudiera encontrarse un manto de agua suficiente, a satisfacer las demandas del consumo del pueblo. Así estuvo luchándose casi por diez años, hasta que en 76, 77, se discurrió aprovechar el agua de los manantiales, de La Hacienda, al Oriente del pueblo; se ahondaron y limpiaron los veneros y se construyeron canales de alimentación, en la parte a donde pudo llegar por natural gravedad, donde se colocó una bomba, que la lleva a un buen tanque de almacenamiento, en las faldas del cerro y desde aquella altura, se distribuye en abundancia y excelente presión, a todas las tomas domiciliarias que a éstas fechas, andan casi a cuatrocientas.

Éste servicio, causó una de las satisfacciones más grandes y uno de los adelantos más significativos, que ha registrado el pueblo en su historia. Antes, no había el servicio, sino el de los pozos de lazo y éstos profundos y no en todas las casas. Para el uso doméstico, para las plantas, para los animales, había que sacar bote a bote, cántaro a cántaro, el puñito de agua, de profundidades de diez metros o más.

El agua para beber, tenía que traerse de manantiales y pozos de “agua de beber”, como el del Palo Mocho, de agua muy gruesa y dulce que, con ser de los más abundantes, tenía para muchas gentes el inconveniente de estar a la falda de la loma, abajo del Camposanto; el de La Cueva, muy estimado por venir el  agua, “agua negra” de una filtración, en el peñasco mismo y estar cerrado el pozo, en un recoveco de la misma roca; el del Tío Juan Cruz, de agua zarca y de muy buen sabor, en la parte Sur-Oriente del pueblo, también nacida y recogida, en un depósito cavado en la roca. Nadie ha podido saber, ¿quién fue ese tal Juan Cruz y cómo se originó el nombre de este pozo?

Hubo otros pozos muy populares dentro de las mismas calles, pero el agua de éstos, no se tenía por adecuada para beber, y se le empleaba para los usos domésticos en general y para los animales; entre éstos, el de El Aguacate, Las Gradas, La Cantera. Hubo otros pozos, que sólo tenían agua en la temporada de lluvias, como el de Las Peñitas, Los Pocitos y El Capulín.

En la época de estiaje, en que se esquilman naturalmente los veneros, era necesario madrugar antes que el alba y aun velar en la noche, para alcanzar a llenar el cántaro.  La “parada” de botes, pues era tan menguado el llorar el agua que, de no hacerlo así, no se dispondría de agua para beber.

Problema también de mucha incomodidad, fue el de los sitios a donde se tenía que ir a lavar. No había dificultad en la temporada de aguas, en que cualquier parte del río o el Arroyito Zarco y hasta el de La Cueva, ofrecían remansos limpios, de agua corriente, donde podían bajar a lavar las mujeres, tendiendo su ropa sobre los pastos verdecidos o sobre los jarales, que le daban una particular fragancia campesina.

El problema más angustioso, sobrevenía en las secas, cuando las mujeres tenían que cargar aquellos fardos de ropa y caminar río arriba, buscando un charquito más hondo, o tomar camino hacia los manantiales de La Providencia o bien, madrugar y ganar alguno de los dos o tres lavaderos, que se rodeaban de los veneros de Los Trigos, bajar hasta la junta de los Ríos o ir a los Bañitos de Don Domingo y pagar veinte centavos, por el derecho de un lavadero con el inconveniente de que aquí tenían que sacar agua, de una noria, al lado de los lavaderos.

Ahora hay agua en abundancia y se alivió aquella pesadilla. Dicen que el agua que sale de las llaves no es tan buena, como era la del Río de Florencia, agua zarca y gruesa, que despercudía y blanqueaba la ropa a la primera jabonada, pero que de todas maneras, se tiene ahora una comodidad en la que se estuvo soñando durante muchas generaciones.

Con agua y luz en orden y seguridad pública, desde que se acuartela aquí un piquete de soldados y con el aliento de las escuelas que han creado un medio ambiente juvenil, alegre y entusiasta, el pueblo, tiene una fisonomía, un espíritu nuevo, que no conocieron ciértamente nuestros antepasados.

A pesar de todos los cambios y de los estímulos que han transformado al pueblo, éste acuerda todavía, sus actitudes fundamentales al diapasón de moralidad, de rectitud que le fijaron las generaciones pasadas. Hay conceptos fundamentales, hay expresiones y vivencias íntimas, que siguen siendo las mismas, a pesar de todos los cambios y adelantos.

Con todas las novedades que llegaron por la carretera de terracería, de otras partes, el gusto de la música moderna, los modos de vestir en ellas y en ellos, las fiestas y reuniones, en donde se convive en abierta familiaridad, los paseos a la Cueva del cerro o las tardeadas en La Cunita, los bailes de postín con conjuntos musicales, traídos de la capital; con todo ello, ha quedado intacto el honor de la mujer, relicario inviolado de las virtudes que ennoblecen al pueblo.

“Inaccesible al deshonor . . .” floreó López Velarde a la mujer de México. Ellas representan en el pueblo, la salvaguarda más firme de los valores morales y religiosos, que mantienen, retienen y sostienen, la auténtica, entrañable, tradicional imagen de esta familia. . .que vale por el río de virtudes de su mujerío. . .

Otra prueba de ésta sedimentación, que no sufre alteraciones ni en el tiempo ni en los cambios, que ha traído el tiempo, es el lenguaje; las expresiones ordinarias en las gentes del pueblo, fórmulas establecidas, que consuenan con el diapasón cristiano que rige lo más hondo de este ser. Si Dios me da licencia; buenos días les dé Dios; quédense con Dios; Jesús te ayude; los dulces nombres de Jesús, María y José; Ave María Purísima; Dios mediante para enero; primero Dios, en las cosechas iremos. . . Ni lo mande Dios; Dios no lo quiera. . . Éstas y otras por el estilo, son expresiones naturales y ordinarias, en labios de todas las gentes, que guardan una herencia venida de muy lejos y sostenida en el tiempo y las impugnaciones, que por cierto, no han faltado.

Éste es el pozo de Las Gradas, que  antes de que hubiera servicio municipal,   dio agua a un populoso barrio y fue uno de los cinco manantiales en piedra viva, que tiene el pueblo y le fueron dados, cuando los naturales consintieron en  bajar del cerro. Lo dicen las crónicas  de antes.

Todavía, cuando las campanadas lentas y graves anuncian la hora de la bendición con el Santísimo, se suspende la plática, los hombres se quitan el sombrero, dondequiera que estén y la mayoría se santigua devotamente. Manifestación de este espíritu, es el empeño que ponen los agricultores en implorar la ayuda de Dios, al comenzar las siembras, el episodio más importante y de mayor significado en la vida del pueblo. Así, pide la bendición de la semilla, se asiste a la misa del buen temporal, se pide al sacerdote que vaya al barbecho y diga oraciones, rocíe con agua bendita las milpas atacadas por la plaga; se presenta a su tiempo la ofrenda anual del diezmo y se vive a plenitud el gozo de la cosecha, cuando los campos amarillean de flores y empieza la tarea mejor del corte o de frijol “en greña”, dan cuenta de la abundancia de la cosecha.

Son los días mejores del pueblo. Las nubes se manchan de un gris doloroso; los arroyos se secaron ya y un olor agrio, una ácida fragancia de pajonales en sazón, invade el ambiente limpio, desnudo y frío, con viento de temprana helada, que llena la calle y el horizonte del pueblo.

Las campanas, tañen dolientes por el alma de los muertos y donde hubo un prado de flores, se eriza un espinero punzante, mientras la estrella de la tarde, fúlgida y exacta, parpadea sobre los campos, que van envolviéndose en penumbra rojiza; después descenderá la noche ciega y fría y un viento como puñal filoso, desgarrará la carne de los campesinos, que se quedan a campo raso, a cuidar la cosecha. . .


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  4. Esto me suena a las platicas de mi Abuelo Pacual Villegas Rivas Originario de El Teul en Zacatecas. Bellas anecdotas sin duda alguna.



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