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El Interior

Hay varias calles de entrada, según sea el rumbo de donde se venga. El camino de los arrieros que venían de Guadalajara, entraba por el lado de los manantiales, bañito y alfalfas de La Labor y se desparramaba por las calles, sin tomar una determinada. El camino de Florencia, subía la cuesta del río, para entrar por la calle de La Trilla. El de Tlaltenango, encumbraba por Los Palos Colorados para entrar por el largo callejón del Camposanto.

Si entramos ahora por este camino, luego de pasar el  río, dejando de lado el bajío de Los Trigos, con su cordón verde de sauces, que van ondeando de gozo a la orilla del agua, subiremos por zanjones y peladeros de tierra roja, hasta el parejo del  inmenso eucalipto, que abre sus ramas para abarcar con su sombra olorosa, el portón adusto del “descanso” y la calaverita risueña en la clave del arco.

Dejemos esto, que el contacto de las cosas de la muerte, produce una inevitable angustia y sigamos allá, donde el perfil grandioso del templo, se acomoda exacto sobre el perfil del cerro. Desde aquí, es mínimo el contorno de casas que se derraman mejor, por los otros lados de la loma.

La Maestra Ríos, Alcaldesa de muchos ánimos, mandó plantar una larga fila de álamos de hoja plateada y temblorosa, que hicieran compañía en los cortejos fúnebres, desde la salida del pueblo hasta el Camposanto, pero el increíble y vergonzoso despecho político, de alguien, tuvo el cuidado de dañar los arbolillos para que no crecieran.

Ya estamos en las primeras calles. Unos tapiales húmedos nos saludan primero; por ellos hemos de recordar, que el pueblo carga una carga asfixiante de siglos y peripecias violentas, que en determinados trancos de su historia casi lo han arrasado. Estos muros de adobe carcomido, ésta tétrica desolación de unas ruinas, nos harán pensar en la mella del tiempo, que tumba y mata las más enhiestas galanuras.

Una arquería cegada ahora, que  corresponde allá, entre tapiales y ruinas, a lo que tuvo que ser una gran mansión.

Adelante, pasamos por el corralón posterior de la escuela de niños “Ignacio Ramírez”, que fue por muchas generaciones pues su antigüedad alcanza el otro siglo, el centro escolar que reguló, impulsó y levantó, a niveles apreciables, la cultura de la población en el elemento masculino. Ahora, éste enorme local, pasó a propiedad particular, dado que hay establecimientos escolares en abundancia y funcionalidad, a la medida de las técnicas de la actual pedagogía.

Unos pasos y tenemos “el hospitalito”. Fue una casa vieja, acondicionada por el Sr. Cura Ángel Gómez a las posibilidades de la Parroquia, para dar albergue a ancianitos desamparados. Fue proverbial aquí la caridad y la heroica entrega a los pobres y a los ancianos sin abrigo, de una señorita que vivió y murió, haciéndoles el bien; se llamó Petrita Castañeda.

Antes de llegar a la esquina, la casa de Don Librado Lamas, construcción de aspecto centenario; muros altísimos y limpios, si no es por una ventanita única en toda la blanca lámina de cal; y un contrafuerte de piedra enjarrada que se adosa al muro. Frente a ésta, también esquinera, la casa de Doña Natividad González, con su zaguán alto y su puerta claveteada de remaches forjados.

Si siguiéramos por esta calle, daríamos a la casa de Pancho Cortés y de su esposa María Ortiz; más allá, Don Antonio Castañeda, o por la otra acera adelante, la de Don Melchor Castro, casona amplia y llena de corrales y caballerizas, salas y recámaras para una prolífica familia y un movimiento y actividad de todos sus hijos, en aquellos momentos de su esplendor. Más  adelante, la casa de las señoritas Guzmán, relatoras de gentes y acontecimientos del pasado y una de ellas, Mariquita, con conocimiento y habilidades, en el arte de componer luxaciones y descomposturas de músculos, todo ello, salpicado en pláticas y gracejos que atenuarán las dolencias.

El descuido de algunas gentes y de las autoridades, han dado lugar a una lamentable alteración arquitectónica de los modelos coloniales que dieron al pueblo, dignidad y nobleza,  pero aún queda una que otra expresión  de antañona elegancia.

Pasos adelante, en la siguiente manzana, la casa de Pancho Correa, su esposa Cuca Alatorre y sus hijos e hijas, que todavía ahora, desparramados en el cruce de los vientos, vienen al solar de sus mayores, donde se respiró el orden, la dignidad y el refinamiento que heredaron de sus antepasados.

Así, caminando por la calle, tendríamos que llegar hasta las faldas del cerro; dejamos ésta posibilidad, para dar vuelta aquí, donde nos hemos quedado, a la calle que sube de la casa de Don Librado Lamas a la iglesia parroquial, que por éste ángulo presenta el agregado, que se hizo después de su construcción, de la capilla dedicada por un Sr. Cura Cárdenas, a la Virgen del Refugio.

Contra-esquina del templo, hubo por muchos años una pieza en ruinas conocida como “La Típica”, pues según parece, ahí se reunían y ensayaban, los componentes de un grupo musical que llegó a tener mucha significación en la vida cultural del pueblo.

Por la izquierda, en la parte que corresponde a la cabecera posterior del templo, cuyos muros se elevan aquí, altísimos, con un juego armonioso de ventanales, cornisas y almenares, está la casa de Don Román Cortés, otra familia muy respetable, que dejó aquí ya sólo el recuerdo de sus distinguidos miembros. Ésta es probablemente, una de las casas más antiguas; lo dice así el trazo arquitectónico, el cornisón de la puerta y las ventanas, la disposición interior del enorme zaguán, el corredor de enlosado muy antiguo, las penumbrosas recámaras sin otro aire y otra luz, que la de un ventanilla insignificante. Podría ser una casa al uso español, que tuvo seguramente huéspedes muy esclarecidos en tiempo de la colonia. Ahora, quedan sólo las ruinas y el abandono. Eso y el insistente rumor de una “relación” muy copiosa, es decir, de un entierro de dinero en grandes cantidades. Decires nada más.

Con mira a los muros del templo, en lo que corresponde a los ventanales que  manifiestan el Señorío y Grandeza de lo que es todavía el curato.

Por la misma acera y con vista a los muros del templo, ahora a los del curato, cabalmente en lo que corresponde a las ventanas de lo que hoy son habitaciones del párroco. Fue nada más a principios del siglo, una capilla embovedada con puerta a esta calle, para los actos piadosos de los escolares del curato; frente a lo que fueron puertas de esta capilla y ahora ventanales de dignas y elaboradas canteras, está una serie de casas con el mismo sello español y los mismos peinetones de piedra en las portadas, amén de una arquería cegada ahora, que corresponde allá dentro, a tapiales y ruinas de lo que tuvo que ser una mansión de muchas dependencias y servicios. Aquí vivieron Don Jesús María Castañeda, Don Hilario Castro y llegando a la esquina Don Pedro Mercado, cuya familia todavía, mantiene el sitio de distinción y relevancia social que tuvieron sus antepasados.

Adelante, está la casa de don Vicente Luna, en donde estuvo la Administración de Correos y la casa de aquel gran Señor que fue Don Eusebio Sánchez, todo educación y buenas maneras. A la otra cuadra, la casa de la Familia Correa, frente al corral del Rastro, formado por la tétrica y mítica “calle sola” que fue nomás recopiladero de inmundicias de todo orden; y así, casa tras casa, familia tras familia, otra vez hasta las faldas del cerro. Dejamos todo eso y damos vuelta a mano de persignar, para encontrarnos con la casa de Pancho Mercado, que ha sido ejemplo de limpieza y donde florecen con la exquisitez y las buenas maneras, las flores del jardín

Enfrente está la Presidencia Municipal, con su pórtico un tanto bajo, que se pierde entre las fincas del lado, pero con un interior amplio y luminoso de patio morisco; corredores a los cuatro lados, compuestos de macetones de buenas plantas; el jardín del centro, todavía con su viejo brocal del hace no muchos años, el indispensable pozo del lazo y un busto del Gral. González Ortega, entre rosales y pinitos enanos

Por los corredores decorados a todo color con imágenes, personajes y escenas de la Revolución, según el gusto, el empeño y la diligencia de aquel Alcalde, que no ha tenido par en los últimos años y que se llamó Leopoldo Castro Mayorga; están todas las dependencias municipales, en oficinas espaciosas, cuyas puertas magníficas, dan a la luz del corredor y el patio. También aquí, la Recaudación de Hacienda y lógicamente, el despacho de la Presidencia Municipal.

Al fondo de la Presidencia, se acondicionó un espacioso local, para reuniones de tipo social, celebraciones y actos oficiales. Se le da el nombre de Auditorio Municipal y en él y en sus accesorias, tienen dormitorio y estancia, los soldados destacados aquí.

Por la misma acera, rumbo al Poniente, y frente a unos naranjos que cargan el polvo y la fatiga de los años, está la casa y botica de Don Epigmenio Sandoval, un personaje pintoresco, dicharachero, siempre joven, que ejerció el oficio de Médico Empírico, con notables aciertos, y fue protagonista de anécdotas y sucedidos, que tocan lo curioso y lo grotesco.

Enfrente, la casa de Don Ignacio Álvarez, ahí mismo, donde fue casa de don Jesús Mercado y panadería, que dicen tuvo mucho nombre y exquisito gusto, en la elaboración de un pan como para chuparse los dedos; a la contra-esquina, la tienda de Don Ramón Rivas y dando vuelta a la derecha, en la manzana misma de la parroquia y el curato, en propiedades que pertenecieron por cierto a la parroquia y al curato, la tienda de Don Isidro Campos, de los Carrillo después y a la fecha de don Efrén Godoy.

A nuestra vista, el jardín municipal, circuido de naranjos, que en veces blanquean de azahar y en veces amarillean de naranjas, tentación y sufrimiento de la chiquillería, que no ha de mirar siquiera el fruto prohibido, porque el día que comiereis de él, ese día a chirona iréis a parar.

Los dos espacios dedicados al cultivo de plantas ornamentales, con sorprendente esmero, lucen unos matojos, cargados de rosas y unos cedritos de cuerpo cónico, que no tienen ciertamente la fragancia que aletea arriba, en un cedro inmenso de olor, que hace sombra a la estructura del kiosco. Éste, tiene un acento porfiriano inconfundible; así, la base circular, adornada de unos rosetones de cantera ya gastada por las embestidas de la “grey astrosa” en el correr del tiempo, así la “sombrilla” con  fimbria de encajes de hojalata y una línea airosa y leve. Hubo bancas de fierro, pero ni así resistieron los embates del tiempo y del recio galope de la muchachada, y tras una resistencia del medio siglo o cosa así, han sido reemplazadas por feas y pesadas bancas de cemento, con el consabido letrerito que da razón del donador.

Hubo en esa plaza, un pavimento de enormes losas de cantera amarilla, que daban su Señorío y Nobleza al lugar, pero vino un necio afán de modernidad y en lugar de reponer aquella pieza o la otra, resentidas por el uso, se tiró todo al río y se puso pavimento de ladrillo de mosaico. Lo mismo llegó a hacerse y por las mismas causas, con el embanquetado de las principales calles y desde luego con las que rodean la plaza.

Alrededor de la plaza, los comercios del lugar, algunos todavía con los nombres que han sobrevivido a sus dueños que les dieron re-nombre. Que ahí estuvo la de Don Ismael Varela, que ésta fue la de Don Francisco Varela, aquélla fue de Don Epigmenio Sandoval y ésta de Don Telesforo Casanova, nombres, recuerdos traídos de los albores del siglo y más allá.

Un portal hacia el Poniente, construido en dos etapas y bajo indiferente inspiración; parte en pilastras y capiteles bien hechos, de cantera rosa, y con una segunda planta, adornada de cornisas y pilastrones y con balconería de fierro y ventanales bien armonizados; la otra es de material ordinario, con enjarres y una planta que dista mucho de la elegancia y acabado de la primera.

Esta tienda del portal, con puertas y ventanales en tres lados, pues está en la cabecera de la manzanita, que divide las plazas de arriba y de abajo, es sin duda, el mejor establecimiento comercial del pueblo. Entre sus dueños anteriores, se menciona a un señor Reinaldo Arellano, después fue de Don Eduardo Villegas y luego, por mucho tiempo, de Don Catarino Muñoz.

El jardín municipal circuido de naranjos, que en veces blanquean de azahar y en veces amarillean de naranjas. . .No podía faltar, el  inconfundible kiosco porfiriano.


Pasando esta cuadrita, llega uno a la “plaza de abajo”, que ha sido por tradición, el sitio del tianguis dominguero, con vendimia antes abundante y variada, según cuentan, y a últimas fechas, todavía antes de su pavimentación a cuadros de vil cemento, ya pobre y menguada.

Frente a la plaza, al Sur, la tienda de Don Cástulo Sandoval, con estantería de madera, labrada en primor y buen gusto, y la casa adjunta de ventanales con rejas bien trabajadas y un sello de distinción nada común. Esta casa ve a otra de balcones bien construidos, en lado Norte de la plaza, que ha sido asiento de talabarterías tradicionales en el quehacer y las artesanías del pueblo. Hacia el Poniente, fondas, un despacho de cal y materiales de construcción, taller de soldadura que fue de Don Juan Sandoval; por ahí la casa de Don Apolonio Campos y hacia la esquina Norte la familia Varela Antillón donde acaso tengamos oportunidad de saludar a Enrique, Roque y Roberto o Aurora.

La plaza misma, tiene el lujo de unos fresnos redondos y de fronda siempre brillosa y verde, “dignatarios de cúpula oronda” que han cobijado el movimiento comercial y los juegos de los niños y las fiestas cívicas, así como las reuniones populacheras, que vienen bien a las dimensiones de esta plaza. Ahora, con su suelo ardiente, de cemento y unos cuantos fresnos, avejentados y macilentos, con recuerdo nomás de esplendores pasados

De la plaza de abajo hacia el Sur, podremos subir por la calle donde vive Don Vicente Ruiz, o más allá, hasta la casa de Don Vicente Robles, y por aquí, recorrer todas estas calles de la parte alta del pueblo, al pie del cerro, donde viven Don Trinidad Arellano, hasta el extremo del pueblo del cerro, donde tiene casa, tenería y huerta de duraznos: Don Prudenciano Robles, hombre justo y venerado como patriarca de los tiempos viejos. Por éstos mismos cruces y sube-y-bajas, están en las casas de Don Jesús González, el “Recaudador”, según se le conoce, Don Abigail Robles, Don Enrique González y dando vuelta por allá, bajaremos por la calle ancha hacia las casas de Don Telésforo Rivas. Don Aurelio Rivas, dueño de uno de los mesones de mayor renombre en el pueblo, escenario de jácaras y saraos y donde, por su amplitud, se han escenificado buenas corridas de toros y hasta las primeras presentaciones que hubo aquí de cine, cuando una compañía ambulante, “El Mundial”, venía cada semana y a razón de huevo, daba las entradas.

La llamada “plaza de abajo”, sitio tradicional del tianguis dominguero, circunstancia que hizo a Yáñez, situar aquí una de las escenas candentes   de su “Pasión y Convalecencia”.

Por aquí, andan también las casas de Don Silverio Curiel, Don Juan González y de Don Rodolfo Varela, para llegar otra vez al ángulo Sur-Oriente de la plaza de abajo y desde aquí divisar la calle que desciende por las casas de Don Bernardino González, de Don Jesús Campos, de Don Valentín, de Doña Reyes Tovar y de Don Manuel Castañeda, hasta aquella esquina, donde vivieron su infancia Elías y Catarino Cervantes. Llegar al puente y asomarnos a la presa de los caballos, manantiales de agua abundante, pero salitrosa, que no han  sido aprovechados convenientemente, si no fue en irregulares plantíos de hortaliza. En esta casa se construyó y funciona desde hace unos veinte años el Hospital donde hay médico de planta y enfermeras. De ahí, siguiendo la dirección del acueducto que apunta, cansado con el peso del tiempo, hacia las laderas, que bajan al río, dejamos una casa grande, como hacienda olvidada, como mansión encantada, de Don Benjamín Espinoza. No vamos a bajar al río ni a remontar por él hasta los campos y sembradíos de riego, que permitió apenas la presa que llamaron, de Don Cesario Sánchez.

Seguimos por la plaza de abajo hacia el Norte, pasamos por la tiendita de las Sritas. Campos; al lado de abajo, divisamos la casa de Don Leocadio Sandoval y por allí, a la vuelta, podríamos encontrarnos con Don Heraclio Chávez, con Don Indalecio, con Don Faustino Muro y llamar a la casa de Doña Carmen Serrano; al lado de arriba y ante el perfil de aquí, especialmente majestuoso de la parroquia y de la torre, alcanzaremos a divisar la casa de Don Pablo Ramírez, donde estuvo el primer molino y la primera planta de luz; en seguida, la casa de Don Abraham Cortés, donde vivió don Julián Hornedo, compadre de Don Porfirio Díaz, y la de la Srita. Marcelina Cortés, casas amplias, con Señorío de Nobleza y con portadas y canales y cornisas bien labradas. En la esquina está el baluarte o el fortín, los dos nombres son comunes aquí, para esta construcción levantada al vapor, pero con solidez, como un recurso de defensa, cuando atacó el pueblo, el célebre y de triste memoria “Antonio Rojas”.

Dejamos allá y seguimos por la calle, a pasar por el mesón y la casa de Don Ignacio Cervantes, hombre de influencia en la vida política del pueblo, quien realizó como Presidente Municipal, la obra de los empedrados del pueblo, al estilo y conformación, de lomillo enmedio y desagües a los lados, que han caracterizado a los pueblos de Zacatecas.

Por aquí vamos a encontrar a Don Ángel Torres o a Don Justo Carrillo y a Don José Ávila. Al llegar a la esquina,  a la izquierda, podremos divisar las casas de Don Valentín Haro o de Don Luis Arellano; o  a la derecha, tendremos la de Don Martiniano Orozco; pero si preferimos seguir hacia adelante, daremos a la casa de Doña Sara Arellano y más allá, y si es que no se nos ocurre, dar vuelta al Pozo del Aguacate, llegaremos a La Huerta, caserón destartalado y viejo, que tuvo sus momentos de grandeza, cuando perteneció a Don Cástulo Sandoval. Se cultivaron aquí hortalizas, frutales, especialmente membrillo y durazno, y las acequias, cantaban el himno de la vida entre plantíos de trigo o de alfalfa y matas de rosa de castilla, florecidas hasta más no poder.

No llegaremos hasta allá, ni nos asomaremos al Panteón Viejo, que tiene los últimos despojos de los catafalcos, que pertenecieron a la Familia Varela, con preciosismo de molduras, monogramas y gavetas, realizadas con todo primor; mejor daremos vuelta por la casa de piedra, antigua construcción, envuelta en leyendas y misterios, que se quedó sin concluir; de aquí enfilaremos de nuevo al Sur y pasaremos por la casa de Don Jesús Grover, que da de calle a calle y tiene árboles y flores que invitan a descansar un rato; mientras, podríamos escuchar un vals antiguo, una vieja y dulce canción, que nos podría interpretar Don Jesús y sus hijos, chicos aún y ya con una definida y notable vocación musical.

Vamos más al centro; pasaremos por la casa de Don Refugio Aranzazú, de Don Diego Caloca, por la del Gral. Caloca, Don Ignacio, y enfrente, la de Don Francisco Sandoval Vaca, quien fue antes de Don Salvador Sandoval Román, la de Don Leopoldo Castro, y la que fue de Don Francisco Sandoval Román y pasando la boca-calle, si es que no volteamos a las de Don Rito González y Don Marcelino Escobedo, llegaremos a la casa digna y bien trazada en sus portadas de cantera y sus ventanales, de Don Eduardo Villegas; enfrente la de Doña Chabela Sandoval, la de Toña Flores, y más adelante la casona honda de Don Pedro Ramírez.

Todavía nos falta recorrer otras muchas calles y dar vista a la fachada siquiera de otros muchos teulenses, que han hincado raíces profundas a lo largo de varias generaciones. Ni siquiera hemos mencionado los nombres de los vecinos de la calle que viene a pasar frente a la puerta de la iglesia, comenzando por la que fue de Don Esteban Sandoval, Don José y después Don Benjamín Robles, la de Don Santiago Cervantes, ahí donde antes de ser arrasadas por el fuego, estuvieron las mansiones muy elegantes de Don Francisco Varela, de Don Ismael Varela, de Don Taidé García. Todos ellos, para terminar en la escuela de Niñas Josefa Ortiz de Domínguez que, como la de niños que mencionamos antes, datan de más allá del siglo y representó un centro de enseñanza importante en el pueblo y en la comarca.

La imagen del pueblo, el trazo regular de sus calles, las casas que fueron mencionadas al simple aliento del recuerdo. Pero ¿quiénes viven ahí? ¿Cómo viven? ¿Cuál es su horario?, ¿Las actividades y el hacer de estas gentes? Será bueno vivir un día en una de estas casas, con una familia cualquiera. Hay que hacerlo.

Este fue uno de los lugares característicos: el pórtico del atrio y “el fortín” antes de que   fuera embadurnado. Se dice que fue construido  a mitad del siglo pasado, cuando el bestial ataque de Rojas.


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