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D. Filiberto Alatorre

Hay gentes que han nacido para hacer el bien, para ayudar y servir a los demás. Tal parece ser el caso de Don Filiberto Alatorre, un hombre, que dedicó toda su vida a hacer el bien al pueblo y a la gente del pueblo, en diversas maneras. Los datos y referencias sobre la actividad y servicio de este hombre, los tomamos principalmente, de conversaciones con personas que lo conocieron y trataron. 

Don Francisco Mercado, hace memoria: 

“Si, sí lo conocí, cómo no. Eran él, su hermana Cuca, Sabino y Marcos, papá de Cuca chica, la esposa ora de tu pariente Pancho Correa. . . Un hombre muy bueno, si, muy servicial. Hizo muchas mejoras, sobre todo, lo que hizo en el Santuario; y luego su servicio como Médico; iba mucha gente a curarse, le tenían fe y los aliviaba.” 

Doña Amelia García, nos dice que era su padrino y que realmente era su habilidad, acaso natural, por intuición nada común, en el tratamiento y hasta en las intervenciones quirúrgicas de algunos enfermos, que llegó a practicar aquí, con el asombro de médicos muy calificados, que en Zacatecas y en Guadalajara, llegaron después,  a hacer elogios de lo que hacía Don Filiberto. 

“Mira, él tenía por aquí una tiendita de abarrotes y ai pasaba las secas, pero en las aguas, se iba a Guadalajara, allá tenían casa, por ahí en Morelos 67, para ser más exactos, llegando a la Calzada. Ah, bueno, resulta que por allá, se hizo amigo de unos médicos, que según eso, lo invitaban al Hospital y por el trato con ellos, por lo que pudo ver, se enseñó algo a curar y aquí llegó, a hacer curaciones muy buenas. 

A mí me pegó flebitis cuando Ignacio nació y él me curo. Tuvo que operar una vez a Elisa Robles, parece que una operación muy delicada, y la realizó con mucho éxito. Ya aliviada, los familiares quisieron llevarla a Zacatecas,  para estar seguros de su alivio; y los médicos reconocieron, que la operación había estado bien. Dizque él estaba temeroso y le dijo a la familia: “a Dios y una dicha y nos vamos; si nuestro Señor nos ayuda, esta operación, podrá resultar bien, si no, yo les advierto el peligro, a mi no me culpen, porque ustedes lo saben, yo no soy Médico; voy a hacer lo que pueda. “Y así lo hizo, con un instrumental, seguramente improvisado o muy deficiente, no sé, pero ya te digo, los Médicos, quedaron sorprendidos. 

Luego, otra vez yo me enfermé de una muela, que ya ni hallaba ni qué hacer  y me la sacó. Porque yo ya tenía ocho días de no dormir, de no comer. Fui y le dije: Ay, padrino, aunque sea con una piedra. Y me dijo: te la voy a sacar, hija, te la voy a sacar. Déjame ver si consigo una inyección, para adormecerte, porque así nomás, cómo. Yo le dije: sáquemela, aunque me muera, pero ya sin muela. Pos me la sacó; encontró la inyección, no sé donde, pero yo descansé. 

Y así toda la gente: Que venga don Filiberto, que me cure Don Filiberto. Le tenían confianza, porque era un hombre sencillo,  y muy servicial. Y luego lo veían muy piadoso, con todo lo que hizo en el Santuario”.

Ahora, tenemos de nueva cuenta, los recuerdos de Don Francisco Mercado, en lo que se refiere particularmente a los trabajos de Don Filiberto, en las dependencias del Santuario, que es sin duda alguna, el templo más antiguo del pueblo. A éste respecto, encontramos en los apuntes históricos, que sobre el Teúl publicó Francisco Varela Álvarez, referencia sobre la antigüedad del Santuario, tomando en cuenta el escudo franciscano en relieve de piedra, muy bien trabajado, en la parte alta del frontispicio y sobre una hornacina que muestra una imagen de La Inmaculada, acaso por corresponder este sitio, precisamente, al viejo hospital de los indios, que los franciscanos tenían, en todos sus centros de evangelización y dedicado cabalmente a la Limpia Concepción de María.

Según dice esta misma fuente de información, hay una cruz incrustada, en el muro posterior de este templo, con una inscripción muy borrada que se cree  que dice: “Sebastián, año1745”y puntualiza Francisco Varela: “Se cree que dicho templo, fue construido en el siglo XVII”, pasando por alto la fecha consignada en la lápida y fiándose de las inscripciones que dijo haber visto en las tumbas, que había en los alrededores, pues sin duda lo que ahora es el atrio y parte de la escuela, correspondió al camposanto de aquella época.

Don Francisco Mercado, alcanzó a ver todo esto, a principios del siglo y hace memoria de lo que él vio: “Aquello estaba muy triste. No había corredor, no había nada. Era un terreno baldío, como atrio, enfrente del templo y unos dos cuartuchitos a la entrada, todo lo demás, era campo abandonado y sucio. En esas dos piecesitas, daban albergue, a las gentes pobres o enfermas, que no tenían por aquí, quien les hiciera duelo. Ahí las llevaban; tenían ahí unas camitas y ahí las gentes de la Conferencia del Refugio, iban a atenderlas, a llevarles alimento; ahí se morían, ahí las velaban y de ahí las sacaban a sepultar”. 

Ésta referencia, hace pensar en el uso tradicional, que se tuvo de éste lugar, como hospitalito; costumbre y aplicación, que se siguió conservando por mucho tiempo, hasta que Don Filiberto, pensó en acondicionar aquello de una manera más digna. Prosigue Doña Amelia García:

Ésta, es una de las primeras fotos de Don Filiberto Alatorre, en plena juventud y con el alma henchida, de aquellos ideales de servicio a los demás, que significaron su vida.

“Como entonces, el Santuario estaba en ruinas, compuso y arregló todo. Compró las fincas de todo el rededor y techó los salones, limpió los patios, donde ahora está la escuela; construyó el corredor y mandó hacer el pórtico de cantera, con su cancel de hierro forjado muy bonito; plantó naranjos, en fin…Ahí, en esas piezas restauradas, puso su consultorio; ahí le traían los enfermos de los ranchos, ahí los curaba y ahí todo, hasta que los despachaba buenisanos. Todo al amparo de la Virgen de Guadalupe, cuyo templo, también remozó y hermoseó. . . 

Él me apadrinó también en mi matrimonio, que fue precisamente, en el Santuario, que tenía como una joyita de limpio y bien arreglado. Él sabía de los gastos de culto: si cera, si cortinas, si música, en la fiesta del día doce. Él componía y tenía aquello a su cuidado, como si hubiera sido el capellán de esa iglesia. . .Bueno, es que él, era el dueño, él había comprado todo el terreno, las fincas, que mandó arreglar. Ahí vivía con Cuca Grande, su hermana, porque él no fue casado; de modo, que como un Juan Diego junto a la primera ermita de México”. 

Don Francisco Mercado, hace memoria de la buena voluntad con que el pueblo ayudaba a Don Filiberto, para sus trabajos de restauración del Santuario:

“Mi tía Lupe le daba cien, doscientos pesos cada mes; de aquéllos pesos de entonces. Y así toda la gente le ayudaba, con muy buena voluntad, y él, le daba fotografías a la gente, como un recuerdo. Yo todavía tengo por ahí, la fotografía de cuando colocaron la primera piedra del pórtico. Están ahí en el atrio, ahí están los ciriales y los padres. Decían las gentes, que aunque él no pusiera nada, con tal de que se entendiera con todo el trabajo, con eso había”. 

Podemos decir, que es éste, un grupo de “jóvenes bien”, en un ayer, que conviene a principios de mil novecientos. Su vestir es elegante, sin que falte la ostentosa corbata, y la afición perruna, que comparte con ellos, el Párroco, que es, según parece, Don Ramón Vélez. En honroso centro, D. Filiberto Alatorre, estimado y respetado en su cultura, en su afán de servicio y en su acción benéfica, en varios aspectos de la vida del pueblo.


Así estaban las cosas, cuando empezó a verse con cierta incomodidad, según asienta don Francisco Mercado, el hecho de que Don Filiberto, tomara todo aquello como propiedad, como dueño absoluto para hacer y deshacer, en todo lo del Santuario. Así se explica el cambio de actitud, por parte del pueblo:

“Ya después, le quisieron quitar el manejo, la ingerencia que él tenía, cuando vino no me acuerdo qué señor cura. Tenía un jardín muy bonito, porque encargaba plantas finas, y dicen que cuando le quitaron, lo quitaron a él de ahí, de coraje, alguien echó manteca hirviendo a las plantas, para que se secara todo. Yo no vi eso, pero así dicen. . .” 

Por su parte, Doña Amelia García, tiene su explicación y da noticia de los últimos días de este benefactor del pueblo:

“En una de las veces que regresó a Guadalajara, después de la temporada de lluvias, que pasaba allá, regresó ya malito. Parece que le causó una impresión muy fuerte, eso que sucedió cuando Marcos, el papá de Cuca; una cosa que hubo de los Álvarez y los Castro; total, que él sintió mucho aquello y fue a curarse a Guadalajara; allá se le agravaron los males y murió, lejos de su tierra y de su iglesia”. 

Según datos que nos proporcionó el Dr. Porfirio Villegas y que tomó de la tumba de Don Filiberto, la fecha exacta de su muerte, fue el 29 de marzo de 1925. Había nacido el 28 de marzo de 1869, así que su vida fue de 56 años justos.

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