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Familias Distinguidas

Hubo en los primeros decenios de éste siglo, un ambiente de refinamiento social, que correspondía a los signos característicos del porfirismo: tranquilidad pública, progreso general, desahogo económico de las clases acomodadas y un afán de vivir la vida en celebraciones y fiestas de familia, de aquellas familias, que formaron un nivel social de nuestros pueblos.

De esas familias, vinieron en el Teúl las generaciones actuales, a las que tocó el cambio revolucionario y el sangriento choque de la persecución religiosa, origen de una contra-ofensiva feroz, que desencadenó pasiones, destruyó, arrasó y quemó todo el pueblo.

Como quien ve a distancia el paraíso tranquilo de aquellos días, las gentes a las que tocó un poco de aquel tiempo, recuerdan el encanto de tranquilidad, la seguridad, los paseos, las fiestas, la abundancia económica de quienes llevaban las riendas en lo social y en los negocios, sin dejar de recordar también, la penuria y condiciones de pobreza extrema y a veces de tiranía despótica, que vivían las clases necesitadas.

De aquellas gentes, que formaron lo más selecto de nuestra sociedad, algunas relacionadas por parentesco más o menos estrecho, a grandes figuras políticas del momento, queremos recordar las siguientes familias con sus descendientes, hasta llegar a nuestros días:

El Lic. D. Tomás Ignacio Robles, tuvo por esposa a Doña Jesusita Castillo, que provenía de unas familias de mucho relieve social en Guadalajara. Todavía está ahí, por Pedro Moreno y Federalismo, la casona de piedra de éstos Castillo, que eran dueños entonces de Cinco Minas, acá por Hostotipaquillo. Este matrimonio, establecido en el Teúl, procreó a Clotilde Isabel, quien fue una de las esposas sucesivas de Don Jesús Mercado, papá de Francisco Mercado González; Eloísa, se casó con el señor Juan Antonio Sánchez Barragán, de Santa María de los Ángeles, Adela, que fue la primera esposa de Don Francisco Varela Riestra, que tuvieron por hijos a Alfredo, a Gustavo y Cristina, quien se casó con Don Ismael Varela, padre de Jesusita Varela, esposa de Don Amado Castañeda, que tuvieron por hijos a Jesús María, Imelda y Lupe.

Don Francisco Varela y Riestra, casó con Doña Adela Robles Castillo y tuvieron y por hijos a Alfredo y Gustavo. Después, volvió a casarse en segundas nupcias, con Cuca Álvarez, con quien procreó a Ernestina, Clementina, Alberto y Francisco Varela Álvarez.

Don Ismael Varela Riestra, ya se dijo, casó con Cristina Robles Castillo, matrimonio del cuál, proceden: Rodolfo Varela, quien se casó con Cuca Haro; sus hijos Berta, Hildelisa, Ernesto, Guillermina, Ramiro y Laura Elena. También Emiliano Varela Robles, quien se casó con Lola Correa y tuvieron un hijo de nombre Ismael, como su abuelo, Cristina y Alejandrina.

La mamá de éstos Varelas, esposa de Don Silvestre Varela, grande, fue Carmelita Riestra, originaria de Tlaltenango, hermana de Don Fermín Riestra, Gobernador de Jalisco, que empezó a volver la cara a los problemas de la zona norte y acaso por mediación o relación con las familias de estos pueblos de Zacatecas, emprendió la obra de empedrado, a la Cumbre del Escalón y a San Cristóbal, el obligado camino de arrieros de Guadalajara. Aquel matrimonio, tuvo por hijos a Silvestre Varela Riestra, Francisco, Benjamín quien se casó con Cuca Antillón, Pascual, Carmen, Ma. Isabel, Fernanda, Natalia, mamá de D. Manuel Acosta y Herminia, todos de apellido Varela Riestra. Una hermana de D. Silvestre, Cuca Varela, fue madre de D. Leopoldo Castro, abuelo del Dr. Gabriel Castro Mercado.

Una de las ramas de la descendencia de Don Tomás Ignacio Robles, corresponde a la familia Robles García, con Don Benjamín Robles Mercado, y sus hijos, Benjamín, Víctor, Ignacio y Esperanza. Doña Amelia es hija de Don Taidé García y de Doña Nicolasa Magallanes, que tuvieron además de Amelia, a Esther, a Anita y a Luisa, quien se casó con Don Cástulo Sandoval y procrearon a Ramiro, a Rosalino y a Angelita, quien fue mamá de María Luna, casada con Don Eduardo Villegas, fueron padres del Dr. Porfirio Villegas.

Don Juan María Lucas Castañeda Tovar, casado con Elena Antillón Robles, tuvo por hijos a: Eufrasio, casado con Jesusita Ramírez; a Amado, con Jesusita Varela; a Juan, con Carmen Álvarez; a Lucita, con Pedro Mercado; a Cuca, con Alfredo Ureña y María de Jesús, con Ignacio Ramírez.

El Lic. Adolfo Robles Castillo, uno de los hijos del Lic. Tomás Ignacio, casó con Lupe Machain y son padres de Adolfo, de Javier y de Ma. Teresa Robles Machain, nombres muy conocidos y reconocidos en el plano social y médico de Guadalajara. De igual significación y en los mismos planos, el apellido Ayala y Landeros, que corresponden a Don Gabriel, quien con su tío Don José Landeros, fue el último dueño de la hacienda de Pinoscuates en el Teúl, después de Don Julián Hornedo, que se dice, fue muy amigo y compadre de Don Porfirio Díaz.

Don Ismael Varela Riestra, con su esposa Doña Cristina Robles Castillo y dos de sus hijas, Jesusita y Carmelita. Fue ésta, una familia prolífica y de grande arraigo, en la vida social del pueblo.

Don Julián Hornedo, se casó con Jesusita Varela Riestra, hija de Don Silvestre Varela y de Carmelita Riestra, ya mencionados y procrearon a Asunción, quien se casó con el Lic. Ignacio Robles Castillo y una  tercera Carmelita en familia, que fue mamá del Ing. Aurelio Robles Castillo, autor de la novela Ay Jalisco no te Rajes y La Ametralladora, la primera de las cuales, dio origen, a una película, que motivó controvertidos comentarios. El Ing. Aurelio Robles Castillo, escribió también, un candente libro sobre el Lic. Benito Juárez frente a González Ortega y en los puestos públicos que ocupó, trato de deslindar la confusión de límites, que ha existido entre Jalisco y Nayarit, en inmediaciones con Zacatecas.

Con la referencia que hemos hecho de algunos nombres distinguidos, tenemos la evocación de aquel vivir, en el recuerdo lejano, de algunos descendientes de aquellas familias:

Unos meses antes de su sentido fallecimiento, pudimos conversar con Don Amado Castañeda, quien, auxiliado en la precisión de fechas y nombres, por su hija Lupe, nos dio una imagen del pueblo. Nos habló, por ejemplo, del alumbrado público, por medio de faroles hechos con buen gusto, de forma trapezoidal y con finos cristales; abajo, una esfera en la cuál, dice Lupe Castañeda, que iba al combustible y al alcohol, según le contaba su mamá. Colocados al centro de las cuatro esquinas y por medio de unos tirantes, en dirección diagonal, alumbraban todo el espacio de la boca-calle y parte de la cuadra.

Se hizo memoria en esta charla, de los paseos de aquellas gentes al Capulín, a Tlaltenango, a la Haciendita; las señoritas en sus caballos enjaezados con elegancia, o bien en carruajes. Y cuenta Lupe, de un paseo muy sonado, del que le platicaba su mamá, cuando se trató de celebrar la graduación, como Licenciado, de Adolfo Robles Castillo, hijo del Lic. Tomás Ignacio Robles. La recepción se hizo, en el Arroyo del “Silguero”, por el rumbo de la Cueva Prieta. 

Una de las familias muy caracterizadas del Teúl, a principios de siglo, la Familia Robles Castillo, siempre unida y dentro de una línea, de refinado comportamiento.

“Allá se dieron cita las muchachas a esperar al doncel; mi mamá, mi tía Elvira, Elisa Robles, mi tía Carmelita, unas maestras de apellida Armas, Nila Mercado y muchas más. Mi abuelita, Doña Cristina Robles de Varela, ordenó aquello. . . 

Todo se planeó de manera, que al llegar al sitio el joven abogado, estuviera dispuesta la mesa; él vino de Guadalajara, por la barranca de San Cristóbal, naturalmente cambiando de caballo, pues se pusieron postas a esperarlo, para que caminara sin detenerse, cambiando en los sitios previstos, de caballo y de mozo. 

Sobre una peña grande, está tendido ya un mantel muy blanco, y sobre él, tres copas de cristal francés, que al ser tocadas con una cucharita de plata, daba cada una, una nota diferente, y así, al momento en que se hizo presente el Licenciado, en aquel campo, bajo aquellas sombras, frente a la expectación de aquella concurrencia, hicieron sonar cristalinas y sonoras, las tres primeras notas de Las Mañanitas, en aquel cristal francés. 

Y decía mi mamá, con gracia, que todas ellas, jovencitas, se quedaron prendadas de aquel joven, bien parecido él, gallardo, de unos veinte años y ya Licenciado y que se secreteaban entre sí: qué ganas de darle un ósculo. Pero no, eso ni pensarlo, había restricciones muy severas; apenas el saludo, con la puntita de los dedos”. 

Don Amado Castañeda, hizo recuerdo de las bromas y desencantos de los jóvenes de entonces. Nos habló Lupe, de los vestidos, con mangas ajustadas de una parte y bombachas de otra y con un holán en el extremo; el vestido mismo, lleno de holanes y encajes de Bruselas. El cuello muy alto, también con holanes y la falda hasta el suelo. Sí, recordó Don Amado, tanto que nosotros de pollos, íbamos a ver a las muchachas y ¿qué veíamos? apenas la punta del zapato. Ah, pero que no lloviera y tuviera alguna de aquéllas damas que caminar por la calle, atravesar las corrientes; se les olvidaba la elegancia y “se echaban las enaguas arriba y ahí van, con la zanca descubierta; bueno, no, la bota”.

Aquellos jóvenes de entonces, tenían una visión de la vida y unos ideales tan diversos, en relación de lo que piensan y quieren las juventudes de hoy. Éste, es el joven Rodolfo Varela.

En ocasiones especiales el vestido, aparte de ser largo, hasta el suelo, llevaba una colita atrás; se les decía “vestidos de colita” que las señoritas, las señoras, sabían portar con mucha distinción. Por cierto que una señal para saber que una muchacha había cumplido los quince años, consistía en el uso del vestido largo; al llegara esa edad, dejaban de usar vestido corto y pasaban ala grupo de las señoritas.

Menciona Lupe Castañeda, algunas de aquellas finas telas, ordinariamente europeas que se vendían aquí y con las cuáles, se confeccionaban aquellos vestidos: el raso, el duplé, la cachemira, el vicky. El pelo, lo arreglaban con ondulados muy complicados, hechos con pinzas calentadas en el fuego ordinario.

La señorita María Guzmán, recuerda lo que ella vio y el asombro que dejó en su memoria de niña, la elegancia de aquéllas señoritas:

“Tenían sus carruajes, tirados por unos caballones de buena raza. Las llevaban a los toros, todas de sombrero; las subían al palco, los palcos alfombrados, todo con mucho lujo. Los muchachos, también trajeados, cuellos duros de una como pasta de celuloide y con corbata de moñito. No, y las casas aquéllas, casas con altos, con barandales, con cortinas y todo, como la casa de los Varela, la casa donde vivió D. Ismael Varela; esa casa, tenía en la parte alta, unos ventanales con vidrios, que decían que eran venecianos, cortinas de unos tules estampados y unas alfombras, bueno, de veras. Uh y los muebles, la loza. Esa familia, acuérdese que hasta para sepultarse, tenían en el panteón viejo, un catafalco de pura cantera y muy lujoso”. 

Uno de los entretenimientos muy delicados de aquella sociedad, aparte de los paseos, visitas, serenatas y corridas de toros, consistía en el estudio y la interpretación de dulces melodías románticas del tiempo, en una típica, formada por señoritas y algunos jóvenes de la familia.

El refinamiento y la elegancia de aquellas familias, tenía su mejor manifestación, en tales o cuales eventos sociales, como éste, que corresponde a la boda de Ignacio Robles Castillo y de Asunción Hornedo.

Don Francisco Mercado, recuerda los nombres de algunas de las señoritas que integraban aquel conjunto de música, en su primera época: Enedina Berumen, violín, Elena Castañeda, violín; Elisa Robles, mandolina; Ma. Luz Castañeda, mandolina; Isabel Mercado, mandolón; Ma. Carmen Varela, violín; Jesusita Varela, mandolina. En una segunda época: Hildelisa Varela, mandolón; Bertha Varela, violín; Guillermina Varela, guitarra; Imelda Castañeda, violín; Agripina Gómez, bajo; Concha Mercado y Ma. De Jesús López, guitarra y Esther Ramírez, mandolina.

Y apunta algunos recuerdos de su infancia: “Había aquí tres carrozas o carruajes; las Castañeda tenían; allá con el Lic. Tomás Ignacio y  con Don Silvestre Varela, también tenían. Eran carros de caballos, el más grande, no me acuerdo si era el de Don Ismael o el del licenciado; bien arreglado, con asientos acojinados, ventanitas con cristales y cortinas de terciopelo. En uno de ésos, salió mi hermana Chabela, de Reina y Anita García y Jesusita Ramírez de Damas, las tres vestidas del mismo color y en el carro ese, las llevaban a los toros; también servía para los matrimonios, cuando se trataba de gentes elegantes y en las tardes, a veces, acostumbraban las muchachas, ir de paseo a la Haciendita, a Tepachoca, así. . .” 

Todavía otro recuerdo de Don Pedro Mercado: “Las mujeres vestidas siempre de largo. La tienda de Don Francisco Varela, tenía telas muy finas, que traía de Zacatecas. Mi papá, también tenía buen surtido de telas. Me acuerdo que mi mamá, tenía un vestido azul plúmbago muy fino, que se movía y daba el efecto como de unos rehiletes; lo regaló, para la imagen de la Purísima. Los vestidos de cola, se usaban para salir a la calle; se tomaban aquí el vestido, para no arrastrarla y ya cuando entraban a una casa o a una iglesia, la soltaban. Era mucha elegancia, ir caminando y dejar que el vestido arrastrara, así por detrás”. 

Uno de los paseos tradicionales, en que se daba cita la aristocracia del pueblo, en exhibición de belleza, porte y elegancia. Entre los concurrentes a este paseo, en la parte alta del cerro, puede ser identificado entre muchas y muchos, el Lic. D. Tomás Ignacio Robles.

¿Y qué comían aquellas gentes?, cuáles las horas, los platillos, la forma de servir a aquellas mujeres y a aquellos hombres. Sólo vamos a traer un botón de muestra, tomado de la conversación con Don Pancho Mercado de estampas vividas en su casa a principios del siglo:

“El chocolate, era de uso obligado en todas las casas. Aquí en mi casa y con todas las gentes, chocolate. El mozo venía a las cuatro de la tarde, a comprar la tablilla de chocolate y el pan. Le preguntábamos a mi mamá: ¿por qué los Varela llevan el pan a las cuatro?; y nos respondía: porque con ellos, la merienda es despuecito de las cuatro. La gente, decía mi mamá, ya está acostumbrada a la hora de sus alimentos y así tiene que ser. Entonces, ¿por qué nosotros merendamos tan tarde?, ¿por qué? Porque aquí comemos tarde y tarde tiene que ser la merienda. Además, la merienda consistía en un pocillito así, de chocolate, una piecesita de pan y nada más. Mi papá, tomaba además, un vaso de leche, camote, cajeta o calabaza. De los derivados de la leche, se hacían cosas muy buenas. 

¿Al mediodía? Bueno, al mediodía, caldo, sopa, algún guisado de carne. Entonces había buena carne, de muchas variedades y se preparaban con detenimiento, o en las ocasiones que así lo pedían y en forma sencilla, para los días ordinarios. Aquí entonces, un kilo de carne de cocido costaba seis centavos. Don Gabriel, era el mozo de la casa y por ai le preguntaban: ¿oiga, para qué lleva tanta carne?, pos no son más que Doña fulanita, Don fulano y los muchachos ¿quién se come tanto? Ah que Doña Emilia, respondía él, ahí comemos hasta que nos llenamos. Casi los señores no comen nada, pero estoy yo, la criada y luego, cuanta persona va llegando, amiga de Don Jesús, la invitan a comer y come. Luego, la viejita que tienen ahí, recogida de caridad, tiene solitaria, toda la tarde, come carne y bebe caldo, así que poco resulta todo ésto…”

Meriendas, comelitones, una olla así de grande de cocido, el pipián, lo que fuere, pero no podía faltar, un pelo en la sopa; lo señala la señorita Guzmán, al mencionar, al lado de todo aquello, la actitud de los ricos hacia los pobres, a veces desconsiderada y dura:

“No, cállese, los ricos eran crueles con sus trabajadores, su servidumbre, los medieros en el campo; los tenían subyugados, apretaditos, que ni siquiera les daban ropa usada y luego, dicen que les apuntaban en el libro, todo lo que les daban: tanto de jabón y de jabón tanto, de modo que al revés y al derecho, cobraban aquello. Y no, no, la pobrería se la pasaba con limitaciones: tortilla, frijoles y ya diga que les iba bien; ¿cuál leche?, ni carne, ni queso, ni nada. Sus garritas, para medio cubrirse, un rebocito a la señora, y a darle al quehacer, hombres y mujeres, todos al servicio de aquellos señores; éllas, en los quehaceres de la casa y ellos, en el trabajo del campo, cercando, haciendo leña, abriendo tierras nuevas, atendiendo, en fin. Y si viera que lo hacían de buen agrado. No había reclamación, queja o así, disgusto de nadie; los pobres también tomaban su papel de buena paz y contentos, felices, usted los hubiera visto. . .

Ah, porque eso sí, quehacer y trabajo, había mucho para todos. Eran casas de mucho movimiento, de muchos negocios; digo las casas de los ricos de veras, como la casa del Lic. Robles, con mucho ganado y tierras y todo eso. Ah, otro señor con mucho ganado, mucho de veras, Don Esteban Sandoval, ora su abuelo; mire, entraba el ganado y la calle llena aquí por la calle del camposanto y daba vuelta acá por la calle, que decimos de los zapotitos y todavía la punta de allá se perdía, no se le alcanzaba a ver fin. . .”

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