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El Cerro del Teúl

b)   El Famoso Cerro del Teúl

La sólida y bien documentada exposición que hace para este libro, el Pbro. Lic. D. Nicolás Valdés sobre “El Teúl Prehispánico” y el tradicional, atractivo que ha tenido no sólo para los vecinos del lugar, sino para muchas personas que vienen de otros pueblos, el cerro que nos cubre la espalda y que parece formar un regazo amable para nuestro descanso, piden una descripción detallada de su forma y particularidades.

Aun personas de escasa cultura, sin información ninguna acerca del pasado de la grandeza que tuvo el Teúl, antes de los españoles, tienen un presentimiento, guardan respeto y veneración por el nombre de nuestros antepasados, cuya grandeza, tuvo por escenario la conformación tan peculiar de este cerro. No podrían dar ningún dato concreto acerca de las gentes y los acontecimientos aquí vividos, pero sienten, intuyen que este cerro, entraña un testimonio muy valioso de un pasado importante.

Un recorrido personal por las mesetas y diferentes niveles del cerro, nos puso en evidencia de la intensa vida que se desarrolló aquí; pero mejor, que decir lo que nosotros vimos, queremos transcribir la relación que dan los Ingenieros Matute, que dicen lo que ellos vieron y dan noticia de las condiciones, el estado que guardaba el cerro, en todas sus partes hace cien años exactamente. Esta relación tiene ahí un valor mucho más meritorio, por cuanto da razón de las cosas antes del natural desmoronamiento, padecido en cien años y del acoso y destrucción que la ignorancia de la gente pudo causarle en ese siglo.

“El cerro que se halla a media legua de la actual villa, tendrá dos kilómetros de diámetro y se compone de dos pisos principales; para llegar al primero o más bajo, no hay más que dos accesos sumamente difíciles, el uno al N. y el otro al O., y lo demás, forma un escalón o grada, con unos relices casi verticales de 25 a 30 metros de altura, allí se encuentra una falda, que sube con menos inclinación y de trecho en trecho hasta la cima. Hay otras gradas de una altura de 5 a 10 metros, que contribuían eficazmente a la defensa natural.

Alrededor de la primera grada, había un ojo de agua, cuyo manantial subsiste hasta hoy, y abandonado apenas, daría el agua potable necesaria para una población de ocho mil personas, pero en aquella época, con más cuidado y atención, debió ser más abundante, pero sólo para abastecer en un caso de sitio, que según el arte militar de entonces, no podía ser de una gran duración.

En lados del manantial, hay vestigios de que hubo alguno edificios y aún se conservan hiladas de piedra de unos a otros, que indican que alguna vez hubo murallas o defensas, que servían de camino cubierto para la comunicación de estas fortificaciones; las pocas piedras que en dichos puntos se conservan más unidas y acomodadas, nos dan una idea clara del objeto o forma que tuvieron, así es que dejan un campo vastísimo a la imaginación y a las conjeturas.

Entre el primer piso y la cima, hay muchas piedras de varios tamaños y de forma prismática, de 20 a 60 centímetros de largo y que indican, que hacían parte de los edificios, de los cuales ya no queda ninguno; hacia un lado, hay aquí una excavación de forma también prismática, actualmente llena de agua y por lo mismo inaccesible; pero personas que alguna vez la han visto, dicen que en sus paredes, hay algunos jeroglíficos antiguos y algunos renglones en castellano. En el interior de dicha excavación, se encontró ya quebrada, en 1866, la figura de tamaño natural, cuya copia hecha entonces, se reproduce en estas páginas.

Hacia un lado del montículo superior, hay un cúmulo de materiales, que corresponde indudablemente a la principal obra, aunque la de la cima por su eminente altura, parece que debió ser el templo; hoy, sólo consiste en un rectángulo bien orientado, de 8 metros de N. a S. y de 11 metros de O. a P. y un cimiento cuadrilátero, arrimado al costado N.

Bien hicieron los antiguos en situar el pueblo en una loma, que vino a formarse en las laderas que se derraman desde el histórico cerro, núcleo de grandeza, vértice en la geografía y en la historia, que envuelve en su magia el nombre de este lugar. Arriba, en el insondable cielo, va ondeando un juego de nubes blancas con filos de sol, que ponen apenas guiños de luz en la Parroquia. A contrapunto, un caballo blanco pace displicente.

Las dos entradas, parece que estaban marcadas con escalones que hoy han desaparecido; estas avenidas, estaban  dominadas entonces, por fortificaciones construidas sobre los relices adyacentes. La parte donde se halla el manantial, conserva apenas los restos del antiguo estanque, en donde se recogían las aguas a fin de no desperdiciarlas; este punto se halla también, naturalmente defendido; así es que la obra de fortificación  para proteger a un punto tan interesante, no fue muy necesaria.

Muy vagas son las ideas que uno se puede formar, de la distribución y relación de los antiguos edificios que este cerro contenía, pues parece, que las generaciones posteriores, se han propuesto destruir y hacer desaparecer tan interesantes y curiosos momentos, que tan dignos de cuidado son…

En muchas de las actuales casas de la población del Teúl, se han aprovechado de las antiguas piedras, tanto en los cimientos y paredes como en algunos cercados de corrales o huertos, cuando que más cerca y baratos hubieran encontrado estos materiales para sus construcciones. Llama mucho la atención en el cerro, la multitud de piedras de moler o metates, que se encuentran esparcidas por todo él, y que indican, que hubo allí una gran población, pues aun suponiendo que esta clase de utensilios se usaran en las casas en doble número que el que hoy se acostumbra, la población que los usaba, debió pasar de ocho mil almas.

En casi toda la cima del cerro y más principalmente cerca de los campamentos o pedregales, se hallan muchos fragmentos de obsidiana, como restos de fabricación de armas y muy pocas de ellas, en estado perfecto, siendo de advertir, que en muchas leguas a la redonda del Teúl, no se encuentra esta clase de producción volcánica, lo que indica que los teules, traían de lejos la obsidiana, para hacer las puntas de sus armas y  que sólo dejaban aquí los restos de las que se inutilizaban, pues  se sabe, que este material aunque duro, es quebradizo. Debemos considerar también, que el uso de la obsidiana para las armas, revela un grado de adelanto mayor, que el uso de la piedra córnea o del pedernal…

Hay la creencia popular, de que los restos humanos que se han encontrado en este cerro, eran de un tamaño extraordinario que indicaban una raza de una corpulencia mayor que la actual; pero entre la multitud de huesos más o menos destruidos que allí hemos visto, descubrimos un diente incisivo y un molar algo gastados, pero de un tamaño igual a los de la generación actual, así como también, unas falanges de la mano”.

En la meseta del cerro, se localiza más de una cabaña, en cuyos muros se emplearon piedras rectangulares de cantos casi pulidos, que pertenecieron sin duda a los edificios primitivos, escalinatas y murallas que hubo aquí.

Dejamos aquí la minuciosa e interesante descripción de los Ingenieros Matute. Las observaciones que hacen sobre la ubicación de los montículos de escombro, que debieron pertenecer a las edificaciones, corresponden exactamente a lo que ahora puede verse todavía; lo único que habrá cambiado, será la disposición de la fuente, que ahora ha sido limitada a una especie de tanque, construido de cemento, como para facilitarle al ganado la manera de beber. Del agua que se está desbordando continuamente, se ha formado una ciénega llena de verdura.

Parece que cabría hacer un reparo solamente, en la descripción que hemos transcrito, en lo que se refiere al aprovechamiento de los actuales vecinos del Teúl, de las piedras que pertenecieron a los edificios de los indígenas en lo alto del cerro; piedras que suponen los Ingenieros, se hicieron rodar desde la altura para cimientos, muros o cercado de la parte del pueblo, que queda en el pie del cerro. No creemos que esto sea así y que ni siquiera en tiempos pasados, hayan tratado de servirse de la piedra como lo sugieren; hay en sitios más próximos al pueblo, yacimientos o “cortes” de piedra de buena calidad y en condiciones de ser transportada fácilmente hasta el pueblo. Ahí están los “saques” de piedra, cantera rosa de grano fino, que se usaron para la reconstrucción de la torre, en la misma orilla del pueblo, hacia el lado del Pozo de Juan Cruz.

Suelen hallarse en la meseta, piedras como la de la gráfica, con puntos y rayas bien marcados, que pertenecen tal vez a un sistema de numeración, un calendario o registro de sucesos importantes, cuando el cerro, tuvo tan grande significación en estos rumbos.

Frente a la descripción que hemos dejado en páginas anteriores, vienen al caso, ilustran y completan la visión del cerro, estos apuntes de Antonio Flores C., cien años después, con lo que ahora  aparece en este cerro, que no hace muchos años adquirió  en propiedad Don Jesús González, quien tiene tantas tierras de cultivo y de agostadero, en todo el municipio y fuera de él, que bien podría donar al pueblo, esta propiedad, la cual sería cuidada por todos, como el escenario de un pasado de grandeza que, debería enorgullecernos.

Las observaciones de Antonio Flores, están muy lejos de las valoraciones técnicas de los Ingenieros, parece al contrario, una visión demasiado elemental y simple y con todo eso, interesante y oportuna.

“El cerro, es un cerro redondo que mide aproximadamente de cuatro a cinco mil metros de circunferencia; alrededor, es de roca maciza que mide en algunas partes, hasta veinte metros de altura.

Tiene sólo dos subideras, una al Norte y otra al Oriente. La subidera del Norte, descansa en una cueva que tiene una longitud aproximada de diez y ocho metros y una anchura de unos cuatro metros; su altura es de unos tres metros. Desde ahí se contempla la distancia, de los últimos cerros que se pierden en la cumbre de El Tecolote o en La Mesa Grande, las Piedras Chinas. Y, abajo, se divisa el corte geométrico de las calles del pueblo, se localizan las casas, que tienen alguna característica y casi se alcanzan a oír los ruidos y las voces del pueblo.

Ésta es la cueva del cerro, lugar de reuniones y festejos. Al frente se alcanzan a columbrar distancias infinitas, el verdor matizado de las llanuras, que se remansan en la sierra de Atolinga o en la majestad del Cerro Chino.

La subidera del Norte, tiene doce gradas, que según dice la gente, aquí fueron formadas por los indios en la misma roca”.

Nada tuvieron que ver los indios con este graderío. Hacia 1899, Don Primo Arellano, un vecino connotado, que pudo tener información de la importancia histórica del cerro y que gustaba  de subir trabajosamente hasta la cuerva, para disfrutar desde ella, del espléndido panorama que se ofrece a los ojos del fatigado explorador, mandó construir las gradas, trabajo que realizó el maestro albañil Don Hipólito Maldonado.

Después de las gradas, que hicieron relativamente cómodo el ascenso hasta la cueva, pidió y pagó Don Primo Arellano, porque se hicieran algunas adaptaciones en su interior, como la banca hacia el borde exterior, que da seguridad y tranquilidad a los paseantes, y a base de escoplo y picadera, la banca, que se conformó al fondo sobre la misma roca, a lo largo de la cueva, con una especie de brasero amplio, para las familias que hacen aquí día de campo, y la fuentecita que mana de la misma roca, arreglada en forma de pileta, con una cruz realzada en la roca y la fecha de estos trabajos. Dicen que el Sr. Cura Vélez, bendijo una vez este manantial.

Con éstas aclaraciones, tomadas de los apuntes del Sr. Alfredo Vázquez del Mercado (q.e.p.d), seguimos la descripción de Antonio Flores:

“El cerro tiene dos faldas al lado, una por el lado Sur. En la primera falda del Norte, se encuentra la cueva. Al subir la segunda falda, se encuentra una parte pareja en una extensión muy amplia, y en su centro, la copa del cerro, que mide unos doscientos metros de radio.

Algo le dice a uno, que la parte plana, es el lugar más importante en lo que se hizo o se vivió en este cerro, pues hacia el lado Oriente, se ve un lugar que se dice, fue el Palacio de la Tribu de lo que hoy, todavía hay huellas, o sea montones de piedras de rostro labrado. Estos montones de piedra, que fueron juntando en diversos sitios, para dejar la tierra libre para poder sembrar, corresponden a las casas, que según dicen, eran como unas doscientas, o sea que vivieron aquí, doscientas familias por lo menos.

Así se ve el pueblo y las distancias ,desde la cumbre de este cerro, que bien merece ser declarado Monumento Nacional, como escenario de hechos, decisivos en la historia de la Nueva Galicia y acaso de la Nueva España, desde el momento, en que el mismo Virrey Mendoza, vino aquí, cuando la Rebelión del Mixtón.

Según las demostraciones que quedan, el camposanto estuvo situado al lado Poniente del Palacio, porque se hundió la tierra y se descubrió un cadáver, que se cree que fue de un Rey, porque estaba sentado en una silla de piedra y tenía corona y algunos objetos, como latón o cobre. Esto sucedió hará como unos treinta años y se sabe, que Don Jesús Mayorga, que ya murió, andaba sembrando con su yunta y de pronto, con la punta de la reja, descubrió el agujero que fue haciendo él, ya después más grande y más grande, hasta que se encontró esa sepultura.

El  hombre no sabía, que aquellas cosas tenían un valor histórico muy grande; se trajo por curiosidad algo de aquello a su casa, cuando a los pocos días, le va cayendo la policía de Zacatecas para llevárselo preso. En realidad, él no tenía delito, les explicó todo cómo había estado, le quitaron lo que se había traído y en eso paró todo. Las cosas que se sacaron de aquí, tal vez se encuentren en algún Museo de la capital del Estado. Todavía viven gentes, que pueden acordarse de aquello; Don Jesús, desgraciadamente, ya murió.

Para el lado Sur del Palacio, se encuentra una cueva, a la que la gente llama aquí la cueva encantada. Dicen que nadie se ha atrevido a penetrar por aquella hendidura cerrada, casi al paso por maleza y hierbas, que  crecen en el rincón húmedo. Hay animales y serpientes, pero dicen que más adentro, hay una explanada abierta y allí están escondidos, los tesoros de los indios; pero que para tomarlos, hay que luchar con un chivo, que es el demonio y decir “sin Dios y sin Santa María”. También dicen, que adentro hay plantíos de hortalizas y que una señora, sale a vender sus verduras en algunos días del año. Eso dice la gente”.

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One comment

  1. Un abrazo y mil gracias por recuperar este giron de historia local



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