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Epílogo

Epílogo 

Amaneció otra vez. El humo de las cocinas empezó a desleírse otra vez arriba de los tejados. De nuevo sonaron las campanas. Retoñaron los árboles y los rosales de la plaza volvieron a florecer.

Después de una y otra dolorosa prueba que sacudieron la vida del pueblo, mancharon de sangre sus muros, ennegrecieron en el humazo del incendio el aire quieto  de sus calles, volvió el pueblo a despertar a la vida provinciana de sus buenos tiempos.

Las familias regresaron un día una y otro día otra. El ritmo diario del pueblo retomó su paso, porque a pesar de los pesares, nadie había hecho caso de aquel verso desolador de Ramón López Velarde: 

Mejor será no regresar al pueblo,

al edén subvertido que se calla

en la mutilación de la metralla.

El proceso de recuperación iba a ser lento y difícil. No iba a ser sencillo borrar el horror que quedó estampado en el rostro del pueblo, las fincas caídas, los “fresnos mancos” y hasta

La torre, acribillada en los vientos de fronda

Sucesivas luchas y enconados ataques fueron dejando su huella de odio y destrucción:

todas las paredes

de la aldea espectral

mostraban, en lugar del risueño aspecto de los buenos días,

negros y aciagos mapas 

por donde podía recorrerse la historia de los días difíciles que ahora recuerda el pueblo no con dejo de amargura, no con sed de venganza, sino con actitud serena, con la estoica aceptación de las cosas que habían de suceder así, y que sucediendo, han de traernos a un acercamiento entre todos, a una aproximación más íntima, a la valoración de lo que tenemos y a la guarda celosa de la herencia de virtudes, en la fisonomía entrañable que da su ser a todos estos pueblos escondidos en el tiempo y la distancia, acá en un rincón de la Suave Patria.

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En efecto, hemos de entender que somos depositarios de una herencia nacional. Lo que fue México, su sentir íntimo, el río de virtudes de su mujerío, el colorido de la provincia en sus mejores imágenes, el pausado fluir del tiempo a compás de las campanas, el aire limpio de sus mañanas en calles como espejo, la bizarría de los hombres y el sentido de los dictados de su honor, la inocencia de sus niños, el sentencioso hablar de los viejos llenos de sabiduría… cuántas cosas todavía en este rincón que llamamos y sentimos profundamente nuestro.

La distancia, la inaccesibilidad de lugar, la falta de comunicación expedita, pudieron mantener en este escondido remanso de la geografía, un hermoso girón de los tiempos que se fueron.

Hemos de sentirnos así, depositarios de una herencia, guardadores de una imagen  de la Suave Patria que por otros rumbos se ha perdido ya, o se ha decolorado en las turbaciones del vértigo enloquecedor que, bajo el signo de otras aspiraciones, otros gustos, distintas inquietudes, una diferente visión de los valores nacionales, da al país un perfil muy diverso.

Esta visión abierta del Teúl, Zac., “un rincón de la Suave Patria”, ha querido plasmar este último momento en el pueblo. Quiere ser constancia de un modo de vida que hasta este instante correspondió a aquel hondo sentir con que López Velarde dibujó la imagen de la provincia mexicana.

Porque ya vienen sonando otro “vientos de fronda”, ya viene el vértigo enloquecedor de las grandes poblaciones en el paso acelerado de la carretera. Y convertidos en el sitio a donde pueden converger ya todos  los caminos, en el lugar que pueden hollar los pies que vienen de todos los rumbos, y el ruido, y la alharaca, y las preocupaciones, y los afanes, y los gritos, y  la música, y la ansiedad y las frívolas  inquietudes de estos tiempos, empañarán  el aire de nuestro pueblo, y el Teúl será otro muy distinto.

Antes de que eso suceda, todavía en el límite en que están por perderse aquellos valores tradicionales que acendraron el perfume de virtudes que dio a nuestro pueblo un linaje más alto, este libro se ha puesto a recoger nombres, fechas, incidentes, pero sobre todo el ambiente, el modo de ser y de vivir de aquel pueblo que va a quedar de este lado de la carretera.

Bien está que cuando las nuevas generaciones tengan un instante de calma para asomarse al pueblo que hicieron y conformaron con amor muy grande los hombres del pasado, piensen y sientan y quieran ser herederos leales de un pasado; quieran conservar ese perfume lejano que puede esconderse en lo más hondo del corazón, como escondió por mucho tiempo aquellos altos valores de la Suave Patria este rincón que por siglos permaneció ensimismado en su ser.

Que las nuevas generaciones sepan vivir al ritmo de la vida nueva y acomodar la nobleza que heredaron, la integridad que llevan en la sangre, los dictados de la justicia y el honor  que recibieron de sus padres, y esa sed de belleza, y esa errante nostalgia por las cosas que están más allá de la materia perecedera, al mismo tiempo que las exigencias de los tiempos nuevos.

Así serán fieles a un pasado que tuvo significaciones de un valor indiscutible, de una grandeza incuestionable; así serán fieles a una consigna que les viene con la herencia sagrada de nuestros mayores y serán felices, como es feliz, privilegiada y llena de gracia, el Ave, cincuenta veces taladrada en el hilo del rosario.

A un pueblo que supo mantenerse el mismo a pesar de los signos del tiempo, siempre será grato retornar. Ya no tendrá validez el retorno maléfico de López Velarde que temía el encuentro doloroso, por las desolladuras que en el rostro del pueblo pudo dejar el odio y la crueldad.

Un pueblo crecido en la armonía de sus moradores, mecido en el amor puro de sus mujeres, alegrado en el canto limpio de sus niños, jamás podremos dejarlo nunca o en caso de hacerlo, regresaremos siempre llenos de la emoción de quien regresa a lo suyo, de quien se entrega otra vez en el regazo amado de su solar natal. Será un pueblo que, con todos los avances modernos guardará la íntima esencia de la Suave Patria.

 

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