h1

La Revolución de Madero

c)   La Revolución de Madero 

Las referencias del asalto de Rojas al Teúl, dejan con el viento una serie de interrogantes que no pueden ser respondidos con muchas facilidad: ¿por qué atacó el Teúl con tanta saña? ¿Hubo móviles de tipo ideológico, se consideró a los vecinos de este lugar inclinados al bando conservador?  ¿Hubo en el fondo de parte de Tlaltenango incitación a este arrasamiento del pueblo por algún tipo de rencillas que suelen ser ordinarias entre pueblos de un rumbo?  Es un hecho constatado en documentos de la época que Tlaltenango estuvo supeditado políticamente  al Teúl en tiempos de la Conquista y desde antes, y que en la colonia, en varios aspectos, entre otros el comercial, tuvo el Teúl un rango superior, ¿esto influyó acaso en los hechos sangrientos que se relataron? Por lo demás, el Gral. González Ortega, figura prominente del bando liberal, pudo ciertamente haber abogado a favor del pueblo que debió tener para él entrañables recuerdos. Rojas y él militaban en la misma línea y puede uno preguntarse si González Ortega tuvo noticia de lo que iba a hacer e hizo Rojas en nuestro pueblo, o acaso el mismo González Ortega llegó a guardar algún escondido resquemor contra el pueblo o contra algunos vecinos del lugar…

Si el Teúl fue tratado con tanta crueldad por parte del bando político que retenía el poder de la nación, podía creerse que aquello sirvió de duro escarmiento para no tratar de nueva cuenta de oponerse a los lineamientos de un régimen nacional, y sin embargo, frente  a la administración del Gral. Porfirio Díaz, toma el Teúl una resuelta actitud, la más resuelta posición de enfrentamiento a la estructura gubernamental que dio a este pueblo relieves de un revolucionarismo destacado, por sus hombres y por las acciones de sus hombres, en toda la región.

Para dar una reseña de este episodio, tenemos a la vista las memorias que escribió el Sr. Benjamín Robles Mercado, actor de aquella lucha que vivió en carne propia de principio a fin.

Estos apuntes inéditos que nos ha proporcionado con mucha gentileza el Sr. Benjamín Robes García, su hijo, tienen un valor extraordinario como testimonio presencial de los hechos y también por la mesura y objetividad en que están escritos. Si su autor fue parte de los acontecimientos podría esperarse alguna forma de partidarismo, de muy explicable pasión en el modo de valorarlos. Nada hay de eso, es tan centrado, tan equilibrado don Benjamín en su relato, que esto mismo hace más valiosa esta memoria.

También traeremos cuando el asunto lo requiera, el apoyo de don Indalecio Chávez que presenció desde su lugar el desarrollo de aquel capítulo en la historia del Teúl.

Aquí están los apuntes de don Benjamín Robles Mercado:

“Desde 1906 hay en San Juan B. del Teúl, Zac., un más fuerte descontento en casi la totalidad de las clases sociales de la población, motivado por la 6a. Reelección consecutiva del Gral. Don Porfirio Díaz a la Presidencia de la República. Digo casi, porque con excepción de un compadre del propio Gral. Díaz que radicaba en el lugar (don Julián Ornedo) y de dos o tres gentes más, la totalidad de hombres, jóvenes y hasta niños, simpatizábamos con la oposición que en ese tiempo se agrupaba en torno del General Bernardo Reyes, no precisamente porque se le considerara el redentor anhelado para reconquistar los derechos constitucionales perdidos en 1865 en Paso del Norte CON EL GOLPE DE ESTADO DADO POR EL SEÑOR JUAREZ (mayúsculas en el original) y que don Porfirio más tarde al asaltar el poder retuvo por 30 años con su nefasta dictadura; sino porque, cuando menos, el pueblo despertara y practicara un poco de democracia y se fuera preparando para las luchas tanto electorales como armadas que ya se preveían. 

Estos eran los razonamientos que el señor Ignacio Robles Castillo dirigía al grupo de amigos y admiradores que tenía en la localidad y que con frecuencia se reunían en algunas de las principales tiendas del pueblo donde se comentaban los acontecimientos políticos de la Nación. 

Los asiduos concurrentes a las reuniones eran: don Manuel Caloca. J. Trinidad Cervantes, Manuel Arellano, Manuel Campos Sánchez, Brígido E. Zacarías, Juan Covarrubias, Epigmenio Sandoval, Juan María Castañeda; los jóvenes José Luz Miramontes Antillón, José Rodríguez Caloca, Juan González Sánchez y muchos más que irán apareciendo en el curso de este relato. 

De acuerdo a una disposición de la Secretaría de Guerra del gobierno de don Porfirio de organizar en cada municipio un escuadrón de caballería o una compañía de infantería, correspondió el Teúl este último rango militar y para ello hizo su arribo el Capitán Esperón de la Flor quien habría de ser el organizador y Comandante de la Compañía. 

En el pueblo hay cierto recelo y temor, pero el ver que Nacho Robles Castillo fue el primero en alistarse como reservista, motivó el entusiasmo general y pronto quedó cubierto el número de plazas para la Compañía proyectada, principiando las prácticas militares con el rigor y disciplina con que se trataba a todo recluta. Allí estaban entre todos, Nacho y Manuel Caloca con sus figuras gallardas y el Capitán Esperón de la Flor comprendió que tenía frente a sí dos elementos que de haber seguido la carrera militar lo habrían superado en poco tiempo. 

Ya se habla de maniobras militares en que competirá el Grupo del Teúl con los de los pueblos vecinos. Su comandante lo desea porque sabe con lo que cuenta. El día que se recibió y repartió el armamento,  aunque rifles de bala rasa, de los famosos de “onza”, extra largos y  bastante pesados,  fue un día de júbilo para todos los componentes del Grupo y como primera práctica se ordenó un simulacro saliendo violentamente a marchas forzadas, a Santa María de la Paz, a socorrerla porque se encontraba atacada por el enemigo. (?)

 Se desarrollaban las actividades de esta Corporación dentro del mejor orden  y disciplina militar durante las horas de servicio o prácticas…pero de la noche a  la mañana llega la orden de suspender y disolver en toda la República las “Reservas”, no vayan a imponerse los Claveles Rojos sobre el Grupo de los Científicos y Corralistas. 

La Historia ha dado con exactitud amplios detalles del desarrollo del “Reyismo”, desde su nacimiento, vida efímera y trágico fin de su caudillo en la “Decena Trágica”

Cabe decir que aquí, los precursores del Movimiento Revolucionario de 1910, no se equivocaron al pensar que el Reyismo representaba una oposición momentánea, no el indicado para acaudillar una obra tan grande como la que necesitaba el país quedando demostrado más tarde con los del Cuartelazo de la Ciudadela donde se puso al frente de las fuerzas traidoras para atacar el Palacio Nacional.

Don Julián Hornedo con sus hijas Asunción y Carmen. Dicen que era amigo íntimo de don Porfirio y hasta su compadre y que al estallar aquí el movimiento revolucionario huyó del pueblo y abandonó sus bienes. 

El Club Anti reeleccionista 

Estamos a fines de 1909; en todo el país hay efervescencia política con motivo de las elecciones para Poderes Federales; la Camarilla de Científicos trata de reelegir por séptima vez al Gral. Porfirio Díaz, lo que da lugar en todo el país a la formación de comités o sub-comités anti reeleccionistas para postular al señor Francisco I. Madero, como Candidato a la Presidencia de la República. Con este motivo se reúne un grupo de vecinos de esta población en el local que más tarde fue el domicilio social del Club Anti reeleccionista Teulense para formar dicho Club que quedó constituido por don Manuel Caloca, Manuel Arellano, J. Trinidad Cervantes, Cástulo Sandoval, Juan María Castañeda y J. Isaac Magallanes en los puestos de dirección. 

Nuestros vecinos de Juchipila que también son ardientes anti reeleccionistas; el Lic. J. Guadalupe González quien al triunfo del movimiento maderista fue el primer gobernador por elección libre del pueblo del Estado de Zacatecas, encabeza allá el movimiento, secundado por el Dr. Narciso González, los Estrada, Roque y Enrique, don Crispín Robles y otros muchos para la formación del Club que llegó a ser de los más importantes en el Estado. 

Tlaltenango, o sea Sánchez Román, es de tipo netamente gobiernista y por ende partidarios de la formula Díaz-Corral. 

Las elecciones presidenciales se efectuaron con resultado satisfactorio pues triunfó en el Sur del Estado y particularmente en el Teúl la candidatura de Madero. A propósito de estas elecciones, al instalarse la Casilla en mi cuartel y ya siendo la hora marcada por la ley, no completamos entre los ciudadanos presentes el personal capacitado por ser muchos analfabetas y mostrarse temerosos de alguna consecuencia posterior; previendo el instalador de la Casilla la posibilidad de que se presentaron algunos partidarios de la Dictadura y ganaran la posición de la Casilla, me nombró a mí, joven aun de 15 años escrutador segundo de dicha Casilla, cargo que desempeñé con todo el entusiasmo. 

Visto el resultado de las elecciones en este girón del Estado, las autoridades  del mismo se estremecieron de ira viendo que el pueblo manifestaba voluntad propia en sus decisiones y como venganza ordenaron el encarcelamiento de los dirigentes del Club Anti reeleccionista; lo mismo hicieron con los correligionarios de Juchipila  que fueron recluidos en la Prisión de Santo Domingo en Zacatecas. Los dirigentes del Club en el Teúl todos lograron escapar, escondiéndose hasta la iniciación del movimiento armado.

Pronunciamiento en el Teúl 

El Grupo Anti reeleccionista disperso por las persecuciones de que fue objeto y por enfermedad de su jefe el señor Manuel Caloca, no pudo dar el grito de rebelión el día 20 de noviembre como se efectuó en otras partes de la República. Fue hasta el 12 de marzo de 1911; cuando ya el señor Caloca se hallaba convaleciendo de sus males dio instrucción  a J. Trinidad Cervantes y Manuel Arellano para que en unión de todos los correligionarios del lugar y a la mayor brevedad posible se levantaran en armas. 

Los mencionados reúnen a los simpatizadores del movimiento la noche  del día referido y desde esa hora proclaman el plan revolucionario que desconoce el régimen de la dictadura y apoya el Plan de San Luis Potosí que había lanzado a la nación el señor Madero. Este pronunciamiento coincide con el ataque a la plaza de Tlaltenango por las fuerzas revolucionarias que encabeza don Luis Moya. 

El grupo de pronunciados en el Teúl se formó con las siguientes personas: jefe provisional, J. Trinidad Cervantes y además, Manuel Arellano, Manuel Campos Sánchez, Juan Covarrubias, Simón González, J. Refugio y Elías Castañeda, Brígido E. Castañeda,  Emeterio González, Crescencio Correa , J. Refugio y Cleto Varela, Simón González C.,  Zefeino Meza, J. Luz Miramontes Antillón, joven entusiasta y culto quien desempeñó la secretaría particular del señor Moya hasta la muerte de ambos al atacar meses después la plaza de Sombrerete, Zac. 

Este movimiento se inició dentro del mayor orden pero a medida que fueron transcurriendo las horas de la noche del mencionado doce de marzo, se fue engrosando el grupo de los alzados con gentes del pueblo y empezaron a tomar licor que enardeció y ofuscó los sentimientos que llevó a aquella multitud a cometer muchos atropellos y allanamientos de casa particulares para requisar armas, caballos, monturas siendo el que esto escribe víctima de un grupo de intemperantes ebrios que por la fuerza exigían la entrega de un caballo de buena sangre de mi propiedad; logré convencerlos pidiéndoles que esperaran a don Manuel Caloca a quien se lo tenía prometido para que se sirviera de él en campaña; y efectivamente, días después puse dicho caballo a disposición del señor Caloca quien a su vez, más tarde, lo obsequió al señor Luis Moya quien lo montó hasta su muerte. 

A pesar de la orgía desbordaba de aquella noche, encendida en copiosas libaciones, no hubo una sola gota de sangre. El escándalo y la ebriedad perduraron hasta el arribo del señor Caloca el 14 de marzo,  acompañado de don Marino Sánchez, Casimiro Monraz y otros más, que sometieron al orden a los alzados renaciendo en el pueblo la calma y tranquilidad”. 

Hacemos un paréntesis en el relato de don Benjamín Robles Mercado, para escuchar la versión que, tomando de sus recuerdos acerca de estos hechos, tiene don Indalecio Chávez:

“Yo no estaba la noche de la pronuncia ahí en el pueblo, porque mi padre me tenía fleteando cal; me mandaba en la tarde, al rancho, ahí dormía, me hacían mis carguitas y otro día temprano salía al Teúl; de modo que esa noche no me tocó estar en el pueblo… Ora verás, yo entonces; no pos ya estaba añejo, tenía entonces 16 años… 

Sucedió así: Don Manuel, según me informan, andaba por aquí, por Guadalajara; y en su ausencia, correspondió a don Trinidad levantar la bandera; esto fue comenzadito el once, el año de 1911, no tomé la fecha exacta. Pues ya sonó la hora del levantamiento y van y atacan a la policía del pueblo. Había en el jardín unos faroles, seis, uno en cada esquina y dos a los costados del kiosco; eran faroles de vidrio, linternitas les decían; de forma cuadrangular. Esas, las destrozaron luego luego; hicieron hechuras, las lazaron y a cabeza de silla las tiraron al suelo; puras extravagancias y maldades a fe de revolucionarios. 

Me cuentan que había prisión ahí; el alcaide era un señor don Alejito; puede que no lo hayas conocido tú ya; fue jardinero muchos años. Ese Alejito  dizque era el alcaide y que no le podían sacar las llaves para abrir las cárceles. Me contaron que lo sacrificaron: lo tomaron de los pies y lo pusieron de cabeza en la fosa del excusado: entregas las llaves o te soltamos aquí. No, pos qué, entregó las llaves y echaron a todos los prisioneros para afuera. 

La policía que estuvo compuesta de unos cinco o seis gendarmes, se desapareció. El presidente, era mi compadre Vicente González y como a los dos días me lo encontré en el Cerro de los Fabianes, escondido, andaba huyendo porque… se suponía que él pertenecía a la administración de don Porfirio. 

Entonces los revolucionarios nombraron; si establecieron gobierno y nombraron como presidente a don Manuel Correa, Dios lo tenga en paz. No duró nada, porque lo trató de aprehender la federación, los soldados del gobierno y huyó por ahí por las faldas del cerro entiendo que a escondidas de aquel lado, donde tenía su rancho; él fue el primer presidente maderista del Teúl. 

Pasó aquella noche y la siguiente: llegó don Manuel y puso en orden a los pronunciados que se dispusieron ya, el día 15 a recibir a don Luis Moya que venía de Tlaltenango donde había atacado fuertemente a los gobiernistas de aquel lugar. Sigamos con ello, la relación de don Benjamín Robles:

“Al día siguiente arriba del Teúl, al frente de sus fuerzas el jefe don Luis Moya quien después de haber atacado y tomado la plaza de Tlaltenango que defendía con todo ardor don Aureliano Castañeda, Jefe Político del Partido, secundado por los principales vecinos del lugar, gendarmes y la acordada, soldados irregulares a quienes bautizó el pueblo con el nombre de “Carnitas”, de muy triste memoria porque fueron dichas fuerzas al azote y verdugo de la gente humilde. Digo que don Luis Moya llegó a aquí después de aquel ataque a Tlaltenango que duró varias horas,  pero al fin lograron los maderistas dominar la plaza. En esta acción de armas perdió la vida al querer escalar la torre del lugar, punto fuertemente defendido de la plaza, el señor Antonio Amaro, padre de quien fuera más tarde de los más connotados generales zacatecanos y Ministro de Guerra y General de División, D. Joaquín Amaro, quien desempeñó esa cartera durante la revolución cristera. 

Reunidos los dos grupos revolucionarios en la plaza del Teúl, asume el mando el señor Luis Moya puesto que le fue conferido en Zacatecas y nombra a don Manuel Caloca como segundo jefe. Al día siguiente sale la columna de patriotas ya fusionados a Estanzuela, siguen a Mezquital del Oro, pasan a Juchipila donde se les une don Crispín Robles Villegas con su grupo de partidarios, siguiendo luego a Jalpa, les salen al encuentro fuerzas federales, empeñándose la acción de armas en “Tropeleras” lugar donde fue el bautizo de sangre de los rebeldes teulenses. 

Después de este triunfo siguió la columna al norte del Estado, engrosándose día a día, armándose y disciplinándose. Toman algunas poblaciones norteñas y luego acuerdan atacar la ciudad de Zacatecas cosa que verifican por sorpresa la mañana del Domingo de Ramos de ese año. 

Atacan la plaza con todo brío, entran hasta la plaza de armas, pero rehechos  los defensores de la sorpresa, contestan fuertemente el ataque y obligan a los asaltantes a retirarse con algunas pérdidas. Siguen de allí al norte del Estado, someten algunas poblaciones para luego ir a atacar Sombrerete que está fuertemente defendido y al intentar apoderarse de uno de los mismos reductos del enemigo, el señor Moya y su secretario Miramontes Antillón del Teúl, son acribillados a tiros. 

Muerto el señor Moya, asume el mando de la fuerza el señor Manuel Caloca hasta el final de la contienda armada por los arreglos efectuados en Ciudad Juárez, entre el señor Madero y los representantes del régimen porfirista, en los que se comprometió el Gral. Díaz a renunciar a la presidencia y a abandonar el país para evitarle más derramamiento de sangre. 

De acuerdo a los arreglos, se organizan en los Estados los contingentes revolucionarios, cuerpos irregulares que quedarán en pie para hacer cumplir lo pactado; con este motivo se dio a don Manuel Caloca el grado de coronel comandante del cuerpo que se organizó  en el Estado el cual quedó guarnecido en la ciudad de Zacatecas. 

Traición de Victoriano Huerta 

Con los luctuosos acontecimientos para la patria por los trágicos episodios de la Decena Trágica donde el chacal Victoriano Huerta traicionó  la buena fe del señor Madero, se inicia la segunda contienda del país, que costó miles de vidas e intereses y por poco hasta la Independencia de la República. A esta nueva contienda por la libertad, van todos los hijos del Teúl que militaron ya en el maderismo y muchos más.  Allá está por el norte del Estado el Capitán Primero J. Trinidad  Cervantes  en unión del que de igual grado Pánfilo y secundados por sus escuadrones, no reconocen por ningún motivo al usurpador. 

Así nació la gloriosa División del Centro que comandó el después General de División don Pánfilo Natera, siendo una de sus brigadas la de Cervantes ya entonces general de brigada y en la que militaron muchos teulenses. 

He aquí los nombres de algunos de los teulenses que prestaron sus servicios en la División del Centro. 

El luego General de Brigada, don Pedro Caloca Larios, entonces joven oficial, hijo del Colegio Militar que en las suntuosas fiestas del Centenario de la Independencia obtuviera el trofeo especial como triunfador en las “Carreras Romanas” y en algunos números de equitación efectuados en la celebración  del Colegio Militar en la conmemoración referida; sus hermanos, el después Coronel retirado don Ignacio y José Manuel también Caloca Larios; Lic. y Gral. Lauro G. Caloca que fue diputado federal y senador de la República; Gral. José R. Caloca, Coronel Juan González y Sánchez, Coronel J. Refugio Castañeda, Teniente Coronel Hilario Estrada, el Coronel José López Sandoval; Oficiales Brígido E. Zacarías, Isaac Magallanes, Elías Castañeda, Esteban Magallanes, J. Carmen Campos, Juan Cervantes, Antonio Varela, Tomás y Remigio Álvarez, Amador e Hilario Castro, Hilario Estrada, Prisciliano Rivas, los hermanos Casanova, Irineo y Eustaquio, Jesús y  Felipe Luna, Jesús Rodríguez, Pedro Hipólito, y muchos más que yo no quisiera dejar  de nombrar porque tienen el mismo derecho que todos  a que se les tribute cuando menos un recuerdo de gratitud por la aportación que dieron en pro de un mejoramiento cívico y social. 

Este grupo de teulenses combate por el norte del Estado y de la República a tiempo que llega al Teúl,  a mediados de 1913 el revolucionario, Julián G. Medina y sus hermanos Juan y Jesús, al frente  de 150 hombres entre los que figuraron muy especialmente Leocadio Parra, Alberto Vaca, Martiniano Hernández y Pablo González de triste memoria para el Teúl. 

Estas fuerzas proceden de Hostotipaquillo, Jal., de donde son oriundos los Medina quienes habiéndose levantado en armas contra el usurpador y siendo perseguidos activamente por las fuerzas federales, se retiran al Estado de Zacatecas, escogiendo al Teúl y Hacienda de Pinoscuates de este municipio, como centro de operaciones; aquí encontraron elementos de vida suficientes para el sostenimiento de su tropa y más tarde se ganaron el aprecio y simpatía en todo el sur del Estado y especialmente del Teúl que se libró de ser arrasado en abril de 1914 por las fuerzas del usurpador que llevaba la consigna de destruir la población. 

Establecido Julián Medina con sus fuerzas en Pinoscuates desarrollaba  desde allí una actividad inusitada; sale hoy y amaga las poblaciones de Tequila y sus alrededores para replegarse luego a incursionar mañana por Teocaltiche, Yahualica, Cañadas y así sucesivamente, causando desconcierto entre sus perseguidores que ordenan la formación de tres columnas que converjan en determinado día sobre la plaza del Teúl, cuartel de las fuerzas medinistas, para que los aniquilen y arrasen a la población. 

El día 6 de abril de 1914, sabedor el señor Medina de la aproximación  de la columna enemiga del Gral. Francisco del Toro que pretendía sorprender la plaza al poniente, sale violentamente a su encuentro hasta el punto llamado Salto Prieto, lugar donde se avistan las dos fuerzas, pero no esperando el Gral. Del Toro encontrarse con el enemigo a quien pretendía sorprender, decidió no dar combate y tras una ligera escaramuza, se retira internándose en Bolaños. 

Medina se regresa violentamente al Teúl a esperar las otras dos columnas; llega la tarde de ese día 6 y se entera que mientras él hacía huir a del Toro, otra columna de infantería y caballería al mando del general huertista Bravo, atacó el casco de la Hacienda de Pinoscuates,  lugar donde accidentalmente se encontraban las fuerzas revolucionarias que en número de 200 hombres comandaba don Enrique Estrada, González Estrada, Lauro Haro, Nicolás Barajas y Santiago Espinoza, atacándolos violentamente; los federales en superioridad numérica, derrotaron y dispersaron en poco tiempo a los revolucionarios. 

Este fracaso no desmoralizó al señor Medina y tras de tomar algunos dispositivos sale al lugar de los hechos (Pinoscuates) donde se encontraban las fuerzas de Bravo ya atrincheradas. Llegó al lugar de los federales como a las ocho de la noche y a esa misma hora los ataca con tal ardor y audacia que en unas cuantas horas los destruye, obligándolos a dispersarse. Juan Medina hermano de don Julián y su lugarteniente, en una sección de caballería que no pasaba de 30 hombres, se arrojó sobre la posición más fuerte del enemigo, donde tenían instaladas dos ametralladoras y cuando Medina trataba de lazar una de las ametralladoras para evitar su nutrido fuego, fue totalmente abatido por el fuego de la misma, quedando muerto en el campo de batalla. 

Como esa misma noche fue imposible levantar el campo por  la noticia que tuvo el señor Julián Medina de la aproximación de la tercera columna federal que comandaba el Coronel Carero que se venía por el rumbo del Mezquital del Oro, y por tener que dar sepultura a su querido hermano, se movilizó esa misma noche rumbo al Teúl a donde llegó la madrugada del día siguiente con el cadáver de Juan y tras de conducirlo al antiguo panteón, a donde acudió el pueblo en señal de duelo, todo lo cual se hizo con la rapidez que el caso requería; salió al encuentro del nuevo enemigo y sobre la marcha nombró una comisión  de vecinos encabezada por el señor Epigmenio Sandoval  para que fueran a Pinoscuates a levantar el campo y dar sepultura a los cadáveres. Según informe que rindió  el señor Sandoval, encontró en el campo los cadáveres de 28 federales y 16 revolucionarios, sepultando o incinerando los cuerpos según las condiciones en que se encontraban; en cuanto a elementos de guerra, se recogieron 61 máuseres de siete milímetros y 35 bolsas de lana con más de diez mil cartuchos, amén de muchas armas y parque que sustrajeron los rancheros de la región. 

Días después, cuando el señor Julián Medina volvió al Teúl, luego de la derrota que inflingió a la columna de Carero, y estando de visita con el que esto escribe, llega un ranchero del rumbo del Rancho de Las Rusias, a darle cuenta que en una cueva que se localiza en las inmediaciones de la mencionada ranchería hay una cantidad de armas y parque abandonados por las fuerzas dispersas cuatro días antes en Pinoscuates; me hizo invitación a que lo acompañara a recoger dichos elementos, a lo que accedí , acompañado de algunos oficiales de su Estado Mayor. Encontramos 32 fusiles siete milímetros e igual número de bolsas de parque de dicho calibre. 

Fue así cómo, ocurrió el triple triunfo de  don Julián Medina, sobre las fuerzas del Gral. Del Toro, sobre las fuerzas del Coronel Bravo y sobre las del Coronel Carero, cuya huida cortó en la Silleta, derrotando y dispersando sus fuerzas, y así salvó a nuestro pueblo de la destrucción y el arrasamiento que se había planeado; en recuerdo de todo lo cual se dio a una calle el nombre de Julián Medina con beneplácito de toda la población. 

En el desarrollo de la lucha revolucionaria que tuvo momentos de confusión entre diferentes bandos y jefes, cuando destacó la bravura del Centauro del Norte, por circunstancias que nadie podía anticipar, todos los hijos del Teúl que concurrieron a la Revolución, militaban en las fuerzas y zonas de la influencia villista, y por disciplina o por compañerismo tuvieron que quedar enmarcados en dicho bando, causa por la cual más tarde nuestro pueblo tuvo que sufrir desprecios y atropellos de las facciones carrancistas que se presentaron en la localidad, hasta que, consolidado en 1917 el régimen constitucionalista, el gobernador interino del Estado, R. Rómulo Figueroa nombra la primera Junta Municipal Administrativa que fue integrada por los señores Filiberto Alatorre, Brígido E. Zacarías, J. Remigio Álvarez, Francisco F. Arellano y el autor de estas líneas. 

El asesinato de José Manuel Caloca 

En vista de los atropellos y depredaciones que cometían las diferentes gavillas de carrancistas, villistas y bandoleros en general, se acordó pedir autorización el gobierno del Estado para formar una Defensa Social que resguardara la tranquilidad y el derecho de los ciudadanos. Se concedió esta Defensa y nombró jefe de ella al señor Crescencio Correa. 

Organizados los elementos que se enlistaron en la Defensa, se empezó a perseguir las gavillas que asolaban las rancherías de Pinoscuates y Huitzila logrando en poco tiempo la paz de la región. 

Días después aparece en La Lobera un grupo capitaneado por Jesús Salas y se nos ordena salir a perseguir dicha gavilla efectuándola veinte de los compañeros de la Defensa con el Jefe de la cabeza. En las afueras del pueblo nos encontramos con el señor General Pedro Caloca y Marino Sánchez; Caloca a esas fechas no reconocía aún al gobierno carrancista, aclarado esto acepta acompañarnos a la persecución de Salas, y es de justicia aclarar que si no hubiéramos estado dirigidos por tan ameritado militar hubiéramos sobrevivido muy pocos. 

Días después de aquella acción contra la banda de facinerosos que tenía asoladas las rancherías de la sierra de Pinoscuates, de una manera inexplicable fue asesinado José Manuel Caloca y su asistente J. Jesús Villegas por Miguel Marín y el mismo Crescencio Correa, caso que consternó a propios y a extraños, dado el aprecio y la admiración que se guardaba a José Manuel tanto por su valentía como por sus cualidades. 

Cuarenta años después de este lamentable acontecimiento todavía me pregunto: ¿cuál de las dos versiones que se propalaron en la época del suceso es la positiva? Una: que Marín y Correa los mataron mientras dormían en una cueva donde ellos mismos los habían alojado creyendo sincerarse  Correa de la responsabilidad con el gobierno por la insistencia con que abogó por Caloca que días antes estuvo en peligro de caer en manos de los carrancistas. 

La otra versión fue la que el mismo correa me contó a mí y a todo mundo que inquirimos sobre los hechos  y es el siguiente: “Ustedes saben que me fui huyéndole a Carreón que había jurado fusilarme por haber influido para que dejaran a los muchachos (así mencionaba a los Caloca) en libertad en el Tequezquite (donde estuvieron a punto de ser capturados por los carrancistas); así estuvimos unos días Miguel y yo durmiendo en una cueva que hay entre un risquero de peñas por el temor de que de un momento a otro fueran los federales a aprehendernos. Ese día  desgraciado nos levantamos mi compadre Miguel y yo muy de mañana para bajar a mi rancho a ayudarles a ordeñar las vacas. La mañana se encontraba con una fuerte neblina que no se permitía ver más allá de dos metros. En el momento de dar nosotros vuelta a una de las muchas piedras grandes que hay junto a la vereda por donde caminábamos y casi a quemarropa nos gritan: ¡alto! ¿Quién vive? Instintivamente contesté: Carranza, porque tuve la idea que podían ser los federales que ya andaban sobre mí. Apenas había terminado de pronunciar la palabra de Carranza, se nos echaran encima disparándonos, por lo que retrocedimos unos cuantos pasos a protegernos tras una piedra, dándonos tiempo apenas de desenfundar para contestarles la agresión de quienes nos pisaban ya los talones, no teniendo más tiempo que dar media vuelta y dispararles a quemarropa haciendo mi compañero y yo, blanco en los dos que nos perseguían, los cuales se desplomaron a tierra. Viendo que no aparecían más enemigos, nos acercamos a los caídos y cuál sería mi sorpresa al reconocer quiénes eran los que se encontraban agonizantes; ya que los reconocimos, lamentando lo sucedido los llevamos en estado agónico, primero a José Manuel y luego a mi ahijado a la cueva donde habíamos dormido nosotros para procurar socorrerlos; todo fue en vano porque en la trayectoria murió primero José Manuel y Jesús momentos después. Lo demás ustedes lo saben… 

Todo esto se lo oí contar a Cresencio con lágrimas de angustia y desesperación en el rostro. 

Queda este lamentable hecho en el número de los indescifrables, toda vez que no hubo testigo alguno y los protagonistas se llevaron a la tumba su secreto. Por mi parte, yo me he hecho las  siguientes conjeturas: ¿Cómo puede ser capaz de un asesinato un individuo valiente a carta cabal por haberlo demostrado tanto en la guerra como en su vida privada; noble con sus enemigos y amigo entre los amigos, según  lo había de mostrado toda su vida… si había puesto en peligro su bienestar y su futuro al aclarar ante los jefes militares que él protegía la rebelión  de los Caloca, según lo había demostrado nomás unos días antes al interceder por ellos y salvarlos en el Tequezquite? No, no pudo él ser tan cobarde para asesinar de una manera tan villana a quien había dado muestras  de tan sincera amistad. Tal vez me ciegue en todo esto la sincera amistad que siempre creí ver en él para mí. 

Todavía mejor, me inclinaría a creer que si el propósito fue matarlos dormidos, este acto lo haya cometido Marín, sin el consentimiento previo de Correa, dados los ímpetus morbosos que siempre habían caracterizado a Marín y que después de lo hecho, Correa con su gran entrega de amigo, haya querido liberarlo de tal responsabilidad  inventado la historia del encuentro en la penumbra del neblinazo. 

Algunas veces en que presencié que alguien le tocaba el tema para decirle que la creencia de los familiares de las víctimas aseguraban que los había matado dormidos, él siempre contestaba después de lanzar su profundo suspiro: Ser hombre con los amigos cuesta mucho, pero algún día se convencerán los familiares de los muchachos que yo no cometí ese crimen en la forma en que ellos piensan. 

Años después, yendo Cresencio Correa montando a caballo por ahí cerca de la plaza, en el Teúl, Salvador Caloca lo increpó a gritos y balazos a una cuadre de distancia, regresándose Crescencio con toda calma hasta que se cayó herido Salvador y una vez en el suelo, en vez de seguirlo balanceado dio media vuelta diciéndole: Ya ves, eso querías…Y se alejó a su paso. 

Tampoco se explica cómo un individuo que se sente responsable de los crímenes que ha cometido, tiene la audacia de seguir provocando a los deudos de sus víctimas… 

Es el caso que días después, encontrándose en la población el  Gral. Pedro Caloca y Enrique, hermanos de José Manuel, acompañados de otros familiares y sabedor Crescencio de que estaba el General en una tienda del lugar, le mandó  un recado diciéndole que él, Correa, no sabía matar a los hombres dormidos y que para demostrarlo le esperaba en tal y cual lugar de la población. 

Aunque el General siempre lo caracterizó su alta cordura y prudencia, no pudo desoír el llamado y acompañado Pedro Larios, se dirigió al lugar citado, entablando luego una balacera frente a frente; pero como se diera cuenta Correa que por otros lugares también le disparaban Enrique y compañero, optó por irse batiendo en retirada algunas cuadras de la población donde al fin cayeron acribillados a tiros jinete y caballo. 

Dicen que al acercarse el General y Pedro Larios hasta donde estaba tirado Correa ya moribundo, el General le soltó esta frase: ¿Era lo que buscabas, verdad? Y como Larios se disponía a rematar a Correa, el General lo reprendió diciéndole: No, a los caídos ya no se les pega, retirándose en el acto del lugar y de la población. 

Ahora contra el Carrancismo 

Desgraciadamente no ha servido el sacrificio de diez años de lucha para derrocar la dictadura de Díaz, la usurpación de Huerta y la eliminación del caudillismo militar, puesto que apenas se ha establecido el nuevo régimen constitucionalista con el lema “Sufragio efectivo, no imposición”, cuando ya el Presidente Carranza fragua una nueva e impopular, la de “Bonillas”, para el próximo período presidencial. Es por eso que nuevamente se aprestan los viejos paladines de la Revolución a oponerse a tan burda candidatura; pero esta vez no sé si por decepción o cansados de inútiles sacrificios, los luchadores del Teúl se quedan ahora indiferentes, ninguno pasa lista de presente. 

Pero viene en aquella coyuntura un grupo de nuevos elementos dispuestos a participar en la lucha y así, el señor Crescencio Correa y el que escribe, con el carácter de diputado  suplente de la Legislatura del Estado, secundados por varios jóvenes, sin indicación de nadie, tomamos la determinación de levantarnos en armas para combatir al régimen claudicante uniéndonos al movimiento de Agua Prieta. Esto fue el 20 de abril de 1920. 

Nuestro pronunciamiento coincidió casualmente con el desconocimiento al gobierno del Centro por el entonces gobernador de Zacatecas Gral. Enrique Estrada quien fue secundado por el Coronel Alfredo C. García que comandaba el noveno regimiento de caballería y el Coronel Agustín L. Martínez, comandante del 65 regimiento que se encontraba en guarnición en Colotlán. Enterados de todo esto y de que el Gral. Enrique Estrada asumía el mando militar en el Estado, nos comunicamos por la actitud y poniéndonos a sus órdenes. El mismo día y por la misma vía nos contestó en los siguientes términos: “Colotlán, 21 de abril de 1920. CC. Crescencio Correa y Benjamín Robles: con verdadera satisfacción he leído su mensaje. No podía esperar menos de los buenos hijos de la tierra de González Ortega. Mañana conferenciaré con ustedes desde Tlaltenango y mientras ustedes mismos me informan de lo que acuerden, queda como jefe de la fuerza que se levantó en esa región el señor Crescencio Correa y como su segundo el señor Benjamín Robles, en el concepto de que  si ustedes acuerdan algo diferente, aceptaré más tarde su resolución. Felicítolos  entusiastamente por una actitud que los honra y que la nación les premiará con su agradecimiento. Con elementos así aseguro desde ahora que iremos al triunfo. Afectuosamente. El General en Jefe, E. Estrada”. 

Así como lo anticipó el Jefe Estrada, al día siguiente nos citó a una conferencia telegráfica desde Tlaltenango y después de darnos sus instrucciones, nos pasó circular también telegráfica para que la hiciéramos pasar a los municipios de Juchipila, Jalpa, Mezquital del Oro y Estanzuela, juntamente con el Manifiesto que lanzó al Estado y la Nación al desconocer como gobernador del Estado al gobierno del Centro. 

El día 23 de abril llegó al Teúl el Gral. Estrada con las fuerzas que lo habían secundado, cuyo número era de 600 hombres. Al día siguiente salió rumbo a Juchipila pernoctando en la Hacienda de Pinoscuates; dio ahí tres días de descanso a sus hombres y caballos, pero al enterarse que las fuerzas carrancistas en número de 1,200 hombres comandados por los generales Eduardo Hernández, Benjamín Garza, Ernesto Aguirre y José I. Prieto lo atacarían de inmediato, y careciendo de agua suficiente en la referida Hacienda, se movilizó al Rancho de la Lobera, donde esperó al enemigo para librar los combates de los días 27 y 28 de abril, acción de armas que duró 30 horas, a la cual concurrimos Correa y yo con la fuerza a nuestro mando, colaborando así al sonado triunfo que obtuvo el Gral. Estrada. 

Al retirarse el enemigo del campo de la acción donde dejó más de cien muertos, nos ordenó el Gral. Estrada que con la fuerza a nuestro mando persiguiéramos y hostilizáramos al enemigo hasta Tepechitlán, cosa que se efectuó con buen éxito, logrando en las inmediaciones del Rancho de Asusuaque cortar de la columna enemiga la sección de infantería que cubría su retirada, la cual tras una pequeña resistencia se nos rindió incondicionalmente. 

Cumplida nuestra misión nos concentramos en el Teúl de donde rendimos parte al Gral. Estrada, haciéndole saber que teníamos 22 prisioneros capturados al enemigo, que se sirviera ordenarnos qué se hacía con ellos. Su contestación fue de acuerdo con la magnaniminidad que siempre lo caracterizó: “Recójanse a los prisioneros todos los elementos de guerra que porten y déjenlos en absoluta libertad, invítenlos a unirse con nosotros, sin ejercer ninguna presión, si no aceptan proporciónenles los medios económicos necesarios para que se retiren a donde se deseen”. Cosa que se hizo así, con la aclaración de que ninguno de dichos prisioneros se quedó con nosotros. 

Un día después del combate que se libró en La Lobera, la columna del Gral. Estrada siguió por Juchipila, Nochistlán, Yahualica hasta Tepatitlán, donde se nos une el señor Quirino Navarro con la defensa social a sus órdenes; siguieron la marcha por Zapotlanejo, Puente Grande, Tlaquepaque y Guadalajara cuya guarnición se rebeló a nuestro favor al aproximarnos; la encabezó el Gral. Isaías Castro quien hizo prisionero al Gral. Manuel M. Diéguez, comandante militar de la zona, poniendo Castro a disposición del Gral. Estrada la ciudad tapatía. 

Ahí se permaneció el tiempo indispensable para reorganizar las fuerzas que ya en número de 2,000 hombres componían la columna y dejando una pequeña guarnición en la plaza, seguimos a la capital de la República a donde llegamos a mediados de mayo, en los momentos en que era evacuado por el señor Carranza y su gabinete con el propósito de ir a establecer su gobierno a Veracruz y hacerse frente en ese Puerto, como lo había hecho antes, cuando Francisco Villa y Zapata lo obligaron a abandonar a capital mexicana. 

Dos días después de nuestra llegada a la metrópoli, salimos a combatir al Gral. Méndez que merodeaba la Capital y no quería reconocer el movimiento  de Agua Prieta, localizándose en Cuajimalpa donde fue sitiado y conminado a rendirse; lograda la rendición de este jefe y sin pérdida de tiempo regresamos a la Capital para salir luego en persecución del  señor Carranza y su gobierno; se embarcaban ya las fuerzas del Gral. Estrada cuando se recibió contra orden en virtud de haberse recibido noticia de la derrota que infligieron las tropas del Gral. Sánchez en Aljibes a las fuerzas que acompañaban al señor Presidente Carranza quien con unos cuantos leales a su persona y causa, se vieron obligados a internarse a la sierra de Puebla donde un día después fue traicionado en Tlaxcalantongo  por Rodolfo Herrera y asesinado vilmente. 

“Asistí al Velorio de don Venustiano” 

El día en que fue traído a México el cadáver del señor Carranza y entregado a sus familiares para ser velado, me encontraba franco de servicios en nuestro cuartel, por lo que me propuse ir a saludar a un pariente y paisano que radicaba en esa ciudad, que era un excelente sastre, encontrándolo en los momentos en que cerraba su establecimiento (Av. Uruguay No. 35). Tras la sorpresa de verme, abrazos y saludos de rigor, instóme que fuéramos  a su casa a saludar a su hermana y cenar con ellos; después de la cena y de un buen rato de hacer reminiscencias de nuestra provincia, entre broma y broma me soltó la siguiente filípica: 

Como eres anti-carrancista ya debes estar satisfecho por la forma en que se quitaron al enemigo de enfrente, ¿no? Pero tengan la seguridad de que en vez de que el país mejore con ese señor Obregón, va a empeorar, puesto que ya se sabe que es muy ambicioso y menos honesto y honrado, nomás que tome la presidencia no la soltará hasta que se muera. 

Yo no quise discutir con don Fidencio por razones, una el respeto y aprecio que siempre tuve por ser me pariente y otra que en mi fuero interno opinaba de la misma manera que él, con respecto del señor Obregón, puesto que más tarde el tiempo nos dio la razón al quererse perpetuar en el poder por sí y por interpósitas personas, creándose con su ejemplo el continuismo que hasta nuestro días sufre la nación. 

Después de esta conversación me informó  el mismo pariente y paisano que él tenía tiempo de ser el sastre del señor Carranza y que llevaba amistad con la familia que por tal motivo se encontraba obligado a concurrir al lugar donde se estaba velando puesto que ese día habían entregado el cadáver de don Venustiano a los suyos, y me invitaba a que lo acompañara. 

Yo, que sentí cierta curiosidad, aparte de la admiración que tuve siempre por los méritos del señor  Carranza, me decidí a acompañarlo,  a condición de que me facilitara uno de sus trajes de civil para mudarme el uniforme que portaba; puso a mi disposición su ropero del cuál tomé un traje oscuro que me calé sin ninguna dificultad puesto que mi pariente y yo éramos de la misma estatura. 

Nos trasladamos a la casa de los familiares donde me llevé la sorpresa de llegar a una casa humilde donde la concurrencia que velaba el féretro se componía de cuatro o cinco mujeres y dos varones; yo que había pensado que iríamos  una elegante mansión llena de personajes muy importantes. 

Entramos a dicha casa, ocupamos asientos en un reducido corredorcito en uno de cuyos extremos se abría la puerta de una pequeña recámara, en la cual apenas cabía el féretro. Permanecimos sentados un corto tiempo mi compañero y yo y luego pasamos a la pieza donde estaba el ataúd que a través del cristal dejaba ver la cara y busto del ilustre desaparecido; satisfecha nuestra curiosidad, regresamos a ocupar nuevamente nuestros asientos. Un momento después se acerca a Fidencio una señora con apariencia de sirvienta y le dice: “Señor Fidencio, que si hace el favor de rezarle un rosario al Señor don Venustiano”, a lo que contestó él que con mucho gusto lo haría. Sin más preámbulos se encamina y se arrodilla frente a la puerta donde estaba el féretro y tras de santiguarse y sacar del bolsillo un elegante rosario, da principio a la oración. 

Yo me sentí apenado si dejaba solo al pariente en dicho acto y me vi precisado también a ir a arrodillarme junto a él para acompañarlo en el rezo, el cual me pareció eterno puesto que rezó un rosario de quince misterios y con letanía y sabe cuántas oraciones más. 

Cuando nos retiramos de la casa y en son de broma me dijo: “Hasta que se me hizo, muchachito protestante, hacerte que rezaras un rosario como lo hacías tú mismo con tu santa madre, en paz descanse”. 

Distribuido el régimen carrancista, es designado Presidente interino de la República el señor Adolfo de la Huerta y como homenaje a su designación se organizó el gran desfile en la metrópoli, al que concurrimos todas las fuerzas que en número de 30,000 hombres se encontraban en el Valle de México. 

Con motivo de que con las corporaciones que comandaba el Gral. Enrique Estrada  se constituyó la Segunda División del Noroeste del Nuevo Ejército, nuestro cuerpo, al mando del que para entonces era Gral. Brigadier, Agustín L. Martínez, pasó a ser del primer Regimiento de Caballería en dicha División en el que comandó el Tercer Escuadrón que estaba formado en su mayoría con elementos teulenses y quedó integrado de la siguiente manera: 

Capitán Primero Comandante, Benjamín Robles; Capitán Segundo. Antonio Ruvalcaba; Teniente, José M. López Sandoval (que alcanzó después el grado de general Brigadier), Juan Tovar y J. Carmen Campos (el Chato). Sub-teniente, Bonifacio Castañeda, Antonio Varela y Victoriano Cervantes. Sargento Primero, Cristóbal Enríquez; Sargentos Segundos, Abigail Robles, Feliciano García, Ponciano Rivas; Cabos y Tropas”. 

En los tiempos difíciles de la vida del Teúl que recuerdan todavía los viejos, aparece la figura del Padre Cipriano González que no desamparó la parroquia ni a los feligreses, a pesar de los riesgos que tuvo que padecer.

Y aquí dejó Don Benjamín Robles Mercado sus apuntes. No consignó ya los nombres de aquella tropa compuesta en su mayoría por gentes del Teúl. Tal vez trató de recoger la lista completa… el tiempo, sus atenciones, luego la enfermedad y su muerte dejó truncas estas interesantes Memorias de las cuales hemos seleccionado las partes que nos parecieron más ajustadas a los propósitos de esta obra.

Don Benjamín Robles según lo conocieron las generaciones actuales, fue un señor reposado y cordial, de conversación amena, de sonrisa fácil, todo educación y buenas maneras para quien quiera que se acercara a él.

Nunca quiso abandonar su pueblo, aun cuando tuvo muchas instancias y posibilidades de vivir en un medio más cómodo en cuanto a servicios en general; prefirió la vida luminosa y tranquila de su casa que fue por cierto una de las casas que en trazo señorial resultó mejor librada de los repetidos lances violentos de nuestra historia. Ahí, a la sombra de aquellos viejos “truenos” que desparramaban con su florecilla el suave perfume que los caracteriza, pasaba las tardes platicando de mil temas o enhebrando los recuerdos de aquellos andares en tiempos de la Revolución.

Tuvo empeño en el adelanto del  pueblo y de su peculio costeó la balaustrada del atrio que daba casi al frente de su casa, una balaustrada de noble línea en cantera labrada que mejoró notablemente el aspecto exterior de la Parroquia.

Y viendo las necesidades y agobios de la población cuando a repetidos intentos se trató de proporcionar el servicio de agua potable, con resultados siempre negativos… situación que prolongaba el suplicio de quienes tenían que levantarse mucho antes del alba para ir a recoger el esmirriado charquito de agua que se había juntado en los manantiales que se tenían como “pozos de agua de beber”, consiguió antes que las autoridades federales, la introducción  de una tubería especial desde el Pozo de él Capulín, con cuatro tomas de agua a público abierto, en sitios estratégicos de la población; un servicio por el cual le guarda el pueblo un reconocimiento muy grande y muy sincero.

Luego llegaron los días de su última gravedad. Una fuerza misteriosa le hizo sostenerse por varios días, en angustioso sufrimiento hasta que fue posible que viniera desde su Parroquia de Ayo el Chico, el Sr. Cura D. Filiberto García con quien pedía él verse y hablar antes de morir. En cuanto tuvo el cumplimiento de ese deseo, murió tranquilamente entre los suyos el 20 de octubre  de 1975.

oOo

Las tres decenas del presente siglo estuvieron verdaderamente llenas de calamidades y sufrimientos; basta recorrer la serie de infortunios, de riesgos, de carencias, de amenazas, padecimiento y muerte que sufrieron nuestros padres en aquel tiempo, para concluir en un sentimiento de admiración a la fortaleza; a su recio temple para salir de aquella cruenta escolladura, con la decisión y el empeño de luchar hacia delante.

Después de los primeros años del siglo en la dulce embriaguez del Porfirismo, en que se vivió en condiciones de tranquilidad y bonanza que no se han vuelto a presentar, vino el torbellino violento de la Revolución con sus luchas, sus facciones, sus asonadas, sus bandos contrapuestos, su confusión y el sufrimiento, la zozobra y la pobreza del pueblo que asistió al desarrollo de aquella sangrienta explosión de pasiones y ambiciones.

Y para agravar el momento histórico que puede alcanzar hasta el año veinte, se presentan casi al mismo tiempo, el Año del Tifo, el Año del Hambre y el Año de la Fiebre Española… como si se hubieran desencadenado todas las fuerzas del mal contra la población de México, con recrudecimiento mayor o menor en algunos lugares.

Las gentes de antes recuerdan muchas escenas dolorosas causadas por el hambre que llegó a causar la muerte de muchas personas; fueron dos años seguidos sin cosecha en nuestras tierras, en parte por el abandono en que permanecieron a causa de la Revolución, por la inseguridad y riesgos en la vida de los ranchos, como también por la sequía que se registró en dos temporales seguidos. Dicen que muchas personas acosadas por la necesidad, comían hierbas, raíces, cualquier cosa que les permitiera sobrevivir a medias. Esto ocasionó un debilitamiento general de toda la gente, la anemia, la disminución de defensas en el organismo, y vinieron con ello las dos graves epidemias que recuerdan todavía muchas personas.

Tenemos a la mano dos informaciones muy completas y muy valiosas, por cuanto que sus autores don Indalecio Chávez y don Benjamín Robles vivieron y vieron por sí mismos lo que cuentan; aquí está el relato de don Benjamín Robles:

“Durante el período de 1913 a 1917 vivió toda la República y en particular los pueblos, dolorosos años de sufrimiento, a consecuencia de la guerra fratricida que cada lunes y martes se hacía  sentir aquí cuando irrumpían en la población partidas de revolucionarios unos y de bandidaje otros; quedó la municipalidad en completa miseria y para mayor abundamiento de males, se desarrolló en 1916 una fuerte epidemia de tifo que ocasionó la muerte de centenares de personas, juntamente con una escasez general de víveres al grado de que también murió mucha gente por hambre, y tanto que este aciago un año fue bautizado con el nombre de “Año del Hambre”. 

El siguiente año fue asolada la región por la epidemia de la” Influenza Española” que al igual que el tifo y el hambre, causó innumerables bajas en la localidad y jurisdicción , llegándose el caso de caer enfermos de dicho mal, al mismo tiempo, todos los miembros de una familia, encontrándose en el mismo caso las de los vecinos. Hubo enfermos que morían allí y allí quedaban entre sus familiares enfermos dos o tres días sin ser sepultados, hasta que afortunadamente dos o tres personas de la localidad, entre ellas el señor Filiberto Alatorre quien ya había sufrido el ataque de dicha epidemia, organizaron una ambulancia compuesta de dos valientes a quienes se equipó con un carrito de mano para que se recogieron los cadáveres y los llevaran al panteón donde eran sepultados en fosas colectivas que se abrían para enterrar a los muertos del día que no bajaban de quince o veinte entre los del lugar y ranchos inmediatos. 

Estos dos acarreadores de muertos son dignos de ser recordados por los heroicos servicios que prestaron, ya que sin ellos, los cadáveres, muchos por los menos, habrían sido destrozados por los perros y los cerdos, además de que habría facilitado más la propagación  del terrible mal. Estas personas fueron Reyes Cisneros y Martín Gutiérrez”. 

Don Antonio Cortés fue un viejo servidor de la Hacienda de Pinoscuates; él da razón de cómo era todo esto, el volumen de las cosechas en tiempo  de don Julián Ornedo, o después cuando don Gabriel Ayala Landero, tiempo que empezaron a establecerse grandes aserraderos que en poco tiempo han dejado todo esto convertido en un triste peladero. Y recuerda también las manifestaciones que tuvo en toda esta región el hambre, la fiebre, las asonadas de los Revolucionarios.

“Pos sabe de que llegaban los revoltosos a la Hacienda, venían como endemoniados; estaban ahí los carretones de maíz, trigo, la cosecha, lo que fuere… Usté diría, van a llevarse todo eso, pos bueno. Y nada, llegaban y prendían fuego a aquellos montones de maíz, a destruir todo, a quemarlo. Llegaban y mataban al ganado, nada más como una venganza, como una intención de perjudicar a la gente. 

Bueno, pos se acabaron todas las reservas de maíz que había en la Hacienda, casi se acabó el ganado, con eso y con las malas cosechas pos se vino el hambre. Ora vera la revuelta comenzó se me hace que por el doce y esto del hambre vino a ser el dieciséis, por ai. 

La gente comíamos quelites y mechócote; eran unos magueyes chaparritos y sacaba uno la penquita y la escobetita se ponía a cocer y sabía re bueno, y con eso se mantenía la gente; de todos modos hubo gente que se muriera de hambre, una que otra. 

La Hacienda quedó sola de modo que ni a quien acudir, a quien pedir ayuda. Don Gabriel cuando prendió eso de la Revolución arrancó y se fue; hasta el carro dejó ahí en la Hacienda. Era un carro bueno, ya de motor; sabe por donde entraría, pero como por ai por aquel lado, es parejo, una vez entró el carro hasta la Mesa del Madroño; allá estaban las sierras y allá fue don Gabriel en carro a ver la trabajada”. 

Desde otro punto de vista, con el enfoque que corresponde a las familias de condición económica y social bien establecidas, tenemos la impresión que guarda de aquellos días y de aquellos incidentes, don Francisco Mercado:

“El Año del Hambre... Me acuerdo que venían los arribeños a vender lo que podían; percales y telas que se usaban mucho  antes y que cambiaban por maíz, porque venían con mucha necesidad. Fue el año que pegó aquí el tifo y después la fiebre española. De tifo se murieron algunas gentes, pero no igual que en la gripa. Del tifo, que me acuerde, se murió Herlinda Sandoval, se murió Trine Correa y no me acuerdo de otras conocidas. 

El hambre casi no se sintió, más bien eran gentes de afuera que se concentraron aquí buscando qué comer. A los que trabajaban no les faltaba nada, la gente que siempre ha estado sin trabajo, esa sí sufrió; porque ya tú ves, muchas gentes viven ai nomás de los animales y el maíz, si no hubo maíz, tuvo que haber pobreza más que en otros años. 

Ahora que todo eso venia a empeorar las cosas, porque aquellos fueron tiempos de muchos sustos y de muchas penas para toda la gente. De repente llegaban los soldados con su caballada, muchísimos soldados de a caballo que exigían a la gente que les pusiera tantas hanegas de maíz o pastura para sus animales. Luego venían los otros, y lo mismo; y todos, préstamo para acá, préstamo para allá, y si no te cuelgo, te ajusticio. Así fue aquello, las enfermedades, la pobreza de la gente y el peladero de lo poquito que uno tenía, por los dos lados…” 

Y luego los recuerdos de don Indalecio Chávez, con el acopio de nombres y datos que fuerzan siempre, con prodigiosa memoria, su agradable conversación:

El Año de Hambre fue terrible para la pobre gente que venía peregrinando su hambre desde Jerez, desde Villanueva, ai de esas regiones. Mira, entre semana, veías más gente de la que hay ahorita  en la plaza: cordón de gente de puerta en puerta, tocando, pidiendo un taco. 

Esas gentes si sufrieron la pena negra; en cuanto a los habitantes de aquí, pos habría algunos que también sufrieron hambre, pero no igual. En mi casa, decía mi madre que hubo día que se gastaron 15 litros de maíz, por todos los pequeños socorros que le daba a la gente; y ya verás, los Berumen, hombres de mucha comodidad, don José, don Anacleto me hicieron favor de protegerme, dándome a vender 120 hectólitros  de maíz para el pueblo, con lo que yo alcanzaba a sacar que los diez, los doce litros diarios de maíz que era el gasto de mi casa. 

El año de 1915 hubo muy buenas cosechas, buenísimas, pero acá para el Cañón, en San Martín no tuvieron nada y el maíz de aquí fue a dar allá. Venían los de San Martín no tuvieron nada y el maíz de aquí fue a dar allá. Venían los de San Martín y cambiaban fruta por maíz. Otros se lo llevaron a base de rifle, si, había partidas de dizque revolucionarios que andaban tras el maíz. Luego se vino la cosecha mala de 1916 y comenzaron los problemas. 

Después del hambre vino el tifo, aunque de esta enfermedad no se dieron aquí casos muy declarados. En noviembre de 1918 comenzó la Gripa Española. Dicen que aquí trajeron el contagio dos forasteros que llegaron no sé de dónde, aquí se enfermaron y aquí se murieron; ya de eso, siguieron un hermano mío, Reginaldo y mi compadre Telésforo Rivas que era entonces el presidente municipal. Yo era regidor del ayuntamiento que entonces se componía de diez miembros, diez y su síndico. 

Bueno pos ya al enfermarse mi compadre Telésforo me nombraron a mí presidente sustituto; les aguanté diez días porque caí enfermo también; siguió de mi don Fernando Caloca como presidente sustituto, también él se enfermó y a los pocos días murió. Siguió mi compadre Catarino Muñoz, hombre, también el cayó enfermo; después de él don Sotero Muñoz; total, para no hacerte larga la cosa en ese año y por cuestión de la epidemia hubo como diez u once presidentes en plan temporal. 

Ahora verás, comenzaba uno con fuertes calenturas, con escalofrío, tos, resequedad del pecho, como un catarro fuerte. Se  extendió la noticia de que era bueno tomar vino tequila con limón; era el preventivo, decía la gente. Dizque un médico lo había recomendado mucho y pos yo, bueno me gustaba el remedio. Y pos era tiempo en que había mucho limón, de modo que no resultaba muy costoso el remedio. 

Nombrándose medicina, había pastillas, había píldoras y cocimientos de hojas de borraja, poleo, albácar, hojas de limón. Y mandaban gente a Guadalajara a traer medicinas; y la gente en la desesperación, en la angustia de aquello, salía a la orilla del pueblo a asomarse a ver si ya los divisaban, a esperarlos y les arrebataba los envoltorios de píldoras, lo que fuera. Que por los remedios naturales no se apuraban: era tiempo de limón, había mucho limón para que tomara toda la gente el que quisiera. También recomendaban mucho que se hirviera el agua, la leche, que se tomaran muchas precauciones para no contagiarse de los enfermos; y ponían zahomerios dentro de las piezas y afuera, en los patios, en las calles, unas fogatas con alguna hierba que decían que era buena para purificar el aire. Ah, también decían que era muy bueno tomar leche de burra, que es de mucha substancia para fortificar el pulmón; y pos todo eso. 

Se tomaron todas las precauciones y el mal avanzó, avanzó dando lugar a una mortandad de gente que, bueno… Mira, después que pasó, se levantó una estadística que comprendía el Teúl, Florencia, Santa María, Huitzila, Milpillas, y se sacó que en el año de 1918 del cual nada más los dos últimos meses correspondieron a la epidemia, hubo aquí arriba de mil defunciones. Y para eso, tiene que pensarse que muchísimos no alcanzaron  registrar a sus difuntos, sobre todo en los ranchos: la familia enferma; murió uno, murió el otro, ¿quién iba a tener la tranquilidad de acordarse de ir a registrar aquel caso? Apenas tomaban sacar de ahí el cadáver; se veía con frecuencia que bajaban gentes con algún muerto de la sierra; los traían atravesados en un burro, cuál parihuela, ni cuáles miramientos de nada, lo que se quería era dar sepultura a aquel cuerpo, como se pudiera. 

Ya verás que llegó a saberse de gentes que quedaron muertas en el campo. Era tiempo de cosechas y en el montón de maíz que se acostumbraba hacer en algún lugar del barbecho; ah, pos ahí; el cristiano que estaba cuidando el montón, pasaban los días, le llegaba la enfermedad, sus familiares en el pueblo si se ofrece también enfermos; total que ahí les llegó a muchos la muerte y ahí quedaron. Yo creo que nunca se ha visto no volverá a verse otra cosa así. 

En el pueblo, cuando se vio la situación de muchas familias que no sabían qué hacer con sus muertos, se organizó, se puso un servicio para recoger cadáveres de las casas. Mira, había un tal Reyes a quien decían por apodo La Ratonina; él se encargaba de llevar los muertos al panteón y lo curioso es que a pesar de un contacto así, no llego a enfermarse. 

Traía un carretón de mulas con llantas de fierro, y todo el día, aquellos días tristes del principio de invierno, con las calles polvosas, un cielo como manchado de nubes cenizas, el pueblo sólo… y aquel repicar de las llantas de fierro, el tin-tin-tin de aquel carretón macabro  en los empedrados de la calle y en medio de aquel silencio. 

Estaba uno en su casa, ponle que con enfermos y oía el traqueteo de aquella carreta fúnebre y se le enchinaba el cuerpo; ya hubo otro muerto por aquí, con seguro que ya le llegó la hora a don fulano, a doña zutana, de aquí a los vecinos. El Reyes aquél como si nada, entraba a la casa, cargaba el muertito al hombro, lo echaba en su carreta y vamos al que sigue. Vez hubo en que cargara hasta ocho cadáveres en un solo viaje. 

Y te digo, él no se enfermó. Aclaro que no cobraba por aquel servicio ni un centavo; las personas agradecidas querían regalarle algún dinero. No, no, les decía él, mejor denme una botellita de vino; decían que diario andaba borrachito y que por eso no le pegó la fiebre. 

Ah, bueno, no cobraba, porque el servicio aquel había sido acordado por el gobierno; don Juan Castañeda hizo el favor de facilitar ese carro contoi y bestia, una mula. 

A estas tres calamidades que te digo, el tifo, el hambre y la fiebre que se vinieron una detrás de otra, dio la gente en llamarlas “las tres pelonas”; yo no te sé decir si esto vino porque entonces empezó a usarse la melena en las mujeres, un corte de pelo largo que se había usado hasta entonces, y a muchos les parecía aquello muy raro y ridículo, y se hablaba de las pelonas. Aunque también puede que haya sido porque las tres calamidades causaron muchas muertes y la muerte, ya tú sabes, la representamos con una calavera de cráneo pelón. Total que hasta compusieron el corrido de Las Tres Palomas y como una forma de librarse de ellas, la gente empezó a poner en sus casas, tres cruces pintadas con cal blanca. Me acuerdo que por esos días tuve una vuelta a Zacatecas, y ya verás que todo el camino, en las piedras de los cercas, en las casitas de los ranchos, en las bardas de adobe de los pueblos, donde quiera, se veían aquellos tres cruces de cal. 

Unos años después como que quiso reconocer la fiebre, hubo alguna cosa así como brotes del mal, repetidos de tiempo en tiempo y la gente les dio el nombre a cada una de estas recaídas. Me acuerdo de los nombres, fueron: El Abrazo de Carranza, La Gorra de Vicente, El Porrazo, El Zapatazo; ocurrencias nomás de la gente que a pesar de todas sus desdichas todavía tiene humor de andar haciendo bromas”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: