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Las Escuelas

d)   Las Escuelas

Hay a la fecha un florecimiento cultural en el Teúl, un ahínco sincero por elevar los niveles de la enseñanza escolar y un crecido número de planteles educativos de primera enseñanza en la cabecera y en los poblados y rancherías de la jurisdicción municipal, una secundaria con la funcionalidad y amplitud de los requerimientos pedagógicos más avanzados y con la posibilidad de dar cabida a las demandas de inscripción de toda una vasta zona en la región, suficientes aulas, laboratorios, equipo de experimentación de física y química, canchas de juego, patios de recreo, jardines; hay una escuela preparatoria que entrega cada año copiosa generación de bachilleres; y todavía las posibilidades de tener en poco tiempo una escuela técnica agropecuaria que vendría a llenar una necesidad específica de esta región que es por excelencia adecuada para el desarrollo de una ganadería y una agricultura con resultados más generosos.

Ya no es fácil hacer un recuento exacto de los profesionistas que en los últimos años han terminado una carrera universitaria y cumplen provechosas funciones en todos los rumbos del Estado y del país, profesionistas que han preferido particularmente las ramas de medicina, agronomía, ingeniería civil y abogacía.

Todo comienza por la década cuarta o quinta, cuando el funcionamiento de las escuelas del lugar tomaron un rumbo más definido, más responsable, mejor organizado, y la enseñanza y el saber se convierten en una necesidad que valoran y toman con responsabilidad los padres de familia, gracias al estímulo  y la capacidad manifiesta de algunos directores de las escuelas como fueron un Prof. José Montes, un Prof. Villagrana, un Prof. Jesús Campos, y luego el entonces Prof. J. Guadalupe Cervantes bajo cuya dirección alcanzaron nuestros planteles educativos una de sus mejores épocas.

Del entonces Prof. J Guadalupe Cervantes, que manifestó un entusiasmo y dedicación en las tareas del magisterio que probablemente no se han visto iguales ni en otros tiempos ni en otras personas, cabe decir que de aquí arrancó la lúcida trayectoria política que ahora está a punto de coronarlo con la gubernatura del Estado de Zacatecas.

De aquí paso a la ciudad de Zacatecas en tiempos de la gubernatura del Lic. José Minero Roque quien brindó especial estimación al Prof. J. Guadalupe Cervantes; le dio cargos de importancia en su administración como oficial mayor, secretario particular y en otras diversas comisiones, al mismo tiempo que le prestaba facilidades para que hiciera y terminara su carrera como Licenciado en Derecho.

Después viene la diputación al Congreso del Estado, luego sigue como diputado federal y una diversidad de comisiones y encargos de especial delicadeza que le confían sus superiores políticos, hasta llegar al Senado de la República de donde ahora está a punto de convertirse en Gobernador del Estado de Zacatecas.

Si el Teúl puede enorgullecerse del Lic. Cervantes Corona, las escuelas, el ambiente magisterial, las instituciones educativas que hoy proliferan, tendrán que sentirlo parte suya, como una alta personalidad política que fraguó los cimientos de su contextura en los salones de clase de las escuelas del Teúl.

A principios de siglo y desde ahí a todo lo que puede saberse de años anteriores, la educación tuvo muchas deficiencias y escolladuras que acaso puedan explicarse por la situación política y de inseguridad que vivió el país, por las pugnas ideológicas y por la falta de un impulso sincero en este campo.

De la escuela superior que se dice fundó y atendió con mucho empeño un tío del Gral. González Ortega, no hay datos precisos, si no apenas referencias confusas e inciertas. En el archivo parroquial está la constancia del impulso que por primera vez se hace notar en documentación expresa, según la cual el señor Cura Domingo Rosas establece un colegio parroquial. Esto no quiere decir que antes no hubiere habido el empeño educador de los sacerdotes destinados al lugar, pues bien se sabe que a la sombra de la Iglesia hubo desde los tiempos más antiguos un hospital, una escuela, centro de capacitación en artes y oficios.

En lo que respecta al impulso oficial a la enseñanza, se tiene en diciembre de 1871 noticia de una ley del gobierno de Zacatecas para formar recursos para la instrucción de primaria que por lo que parece no dio los resultados que se esperaban, pues en la Noticia Geográfica y Estadística del Partido de Sánchez Román, dice el Ing. Juan Ignacio Matute, refiriéndose a esa contribución decretada el 26 de diciembre de 71: “vemos que no se obtiene este resultado puesto que varias escuelas de las cabeceras de las municipalidades se encuentran clausuradas en la actualidad”. Si la buena intención y el empeño de las autoridades del Estado no tiene los resultados que se esperaron se debe, según entender el mismo Ing. Matute a que la obtención de ese fondo se dejó al criterio de una junta municipal que no siempre asigna las cuotas en la propiedad y prudencia que se requiere.

Habla de esa importante recaudación y dice que su aplicación “encuentra el grave inconveniente de que eso no se puede hacer extensiva proporcionalmente entre los habitantes, sino que queda al arbitrio de la junta cuotizadora el asignar desde un real hasta un peso mensuales, lo que puede originar muchas arbitrariedades que serán tanto más sensibles porque unos pagarán con puntualidad y otros no, y los fondos reunidos con tanta irregularidad no serán bastantes a cubrir los gastos de las escuelas las cuales tendrán que cerrarse con grave perjuicio público y mayor aún para los contribuyentes que paguen con puntualidad sus cuotas asignadas”.

En este mismo estudio sobre el Partido de Sánchez Román se deja entrever ya el deseo de los teulenses por procurar la ilustración escolar de la niñez y hace saber que ya entonces “la escuelas de Tlaltenango, Tepechitlan y Teúl están desempeñadas por preceptores titulados, las demás por personas que carecen de este requisito”, y da el dato del funcionamiento de nueve escuelas en el Municipio del Teúl, todas estas dedicadas a la enseñanza de niños y ni una sola para niñas. Estas nueve escuelas tienen una asistencia diaria promedio de 191 niños y requieren de una erogación que no especifica pero suponemos debe ser mensual, de $690.00.

En la primera edición de este libro se presentaba el retrato del Lic. J. Guadalupe Cervantes Corona en su posible ascenso a la gubernatura del Estado. Aquí en plena campaña electoral que le condujo al elevado cargo en Zacatecas. El Teúl le debe importantes obras de beneficio entre todas las cuales destaca sin duda la construcción de la carretera a Guadalajara.

Todo esto, lo aclara el mismo Ing. Matute, son los datos oficiales, es lo que se ha dado como organización teórica de la enseñanza primaria en este pueblo, pues ni el número de asistencias es tal como se dijo, ni la puntualidad y el cumplimiento de los maestros satisface los mínimos requerimientos.

Habla del año de su visita, 1880 y dice: “En el Teúl la escuela de niños estaba cerrada por falta de pago al profesor, por cuyo motivo, a principios de junio el Sr. D. Margarito Vera abrió un establecimiento particular, que en el mes de junio lo vimos concurrido por poco más de 25 niños, cuyos padres podían expensar el gasto de 50 centavos que cobraba el profesor por cada alumno. La escuela municipal de niñas (sin duda se abrió este año) de la misma Villa, estuvo a punto de clausurarse también por falta de recursos de la Asamblea; pero entonces el Sr. Cura del Teúl ( el Sr. Cura Jesús Cárdenas que continuó al parecer la obra educativa del Sr. Cura Domingo Rosas iniciada diez años antes) lleno de un sentimiento loable que lo honra, considerando el grave perjuicio que resentiría la instrucción pública, dijo que se haría cargo en lo sucesivo del sostenimiento de dicha escuela, por cuya razón, ésta continúa concurrida por más de 40 niñas”.

Se entiende que a partir de estos años empieza a atenderse con más sinceridad y entusiasmo el funcionamiento de las escuelas y que probablemente de este tiempo, diez a veinte años antes de que finara el siglo, data la construcción de las escuelas antiguas del Teúl, la de niños que fue llamada Escuela Ignacio Ramírez y la de niñas conocida como Escuela Josefa Ortiz de Domínguez. La amplitud de terreno de que se dispuso para una y para otra y la construcción aunque de adobe, sólida, muros  altos, techos de hormigón, amplios y suficientes salones, dan idea de un empeño y un entusiasmo por parte del pueblo y de los maestros de la época, por disponer de una buena vez de convenientes edificios escolares.

Algo de todo esto puede entreverse en una referencia más que encontramos en el Ing. don Juan Ignacio Matute: “En el Teúl hay varios vecinos lamentando el deplorable estado en que se hallan las escuelas municipales y se propusieron reunir un fondo de 500 ó más pesos para invertirlos en un giro de empeño destinado este capital y sus productos para ayuda del sostenimiento de las escuelas mencionadas”.

Si el aspecto material de estas primeras construcciones escolares del Teúl no tiene en verdad ningún valor arquitectónico apreciable, a pesar de que no deja de agradar la armonía de sus ventanales altos con marco de cantera, sus salones con iluminación y ventilación que debió  parecer excesiva  en aquellos tiempos, y sus patios plantados de naranjos y con un jardín más o menos atendido y cuidado por los mismos alumnos, estas construcciones, como fueren, representan el impulso más definido y generoso en el desarrollo de la cultura de nuestro pueblo, en la adquisición de los conocimientos escolares de aquellos niños, y como tales deben ser tenidos en estima, respeto y hasta veneración de las actuales generaciones.

En estas dos escuelas, la de niños y de niñas, se vivieron los recuerdos vivos más lejanos que hemos podido recoger de las personas que en ellas aprendieron las primeras letras y se hacen memoria en una y otra escuela de los nombres de aquellos maestros que desde principios del siglo y poco más acá, desarrollaron una labor educadora que ha venido a fructificar a nuestro tiempo en el elevado número de profesionistas de que se ha hablado, en esta inquietud cultural, en este empeño por cultivar y gustar los altos goces del espíritu.

Aquí están los recuerdos de don Francisco Mercado que corresponden a los primeros años de este siglo y al funcionamiento de la escuela parroquial en tiempos del Sr. Cura Adame, entre los años de 1903 y 1910.

“Estuve en la escuela en tiempo del Sr. Cura Adame. Vivían con él o eran pues como su familia Petra y María. Y sus sobrinos, don Francisco y su hijo, que también eran profesores. Aparte de éstos, vinieron con el Sr. Cura dos maestras tituladas que hicieron mucho bien entre las niñas y las señoritas de entonces; eran Marianita y Mariquita Vallarta; ellas atendían a las muchachas y aparte daban clases de pintura, de bordado, de corte de ropa, de cocina, y las otras, las sobrinas atendían a las muchachas; les ayudaban con los más grandes el sobrino y su hijo que ya te mencioné.

La escuela estaba en los salones del curato y la entrada se hacía por lo que ahora es la notaría y la pieza contigua que tienen bóveda y eran una sola cosa, era una capilla de la Virgen del Refugio; tenían la puerta a la calle donde todavía se ven los pórticos bien hechos, de cantera con adornos, ahora convertidos en ventanas. Ah, pos por ahí entrábamos nosotros.

Tenía esta capilla un altarcito de madera y la Virgen y ahí los sábados le poníamos flores en unos jarrones y veladoras y todo eso. Ahí se celebraban las juntas de la Conferencia de la Virgen del Refugio todos los lunes.

De la escuela oficial no conocí mucho. Estoy hablando más o menos del año en 1903, cuando yo tenía unos seis o siete años de edad. Entonces se mencionaba mucho el nombre de una maestra, Trine Salas que dizque era muy preparada. La conocí después en Guadalajara, aquí no reacuerdo haberla conocido. Sabía ir a visitar allá en Guadalajara a mi mamá, porque eran muy amigas; eran ella y Sara su hermana. Otra maestra de la escuela del gobierno de la que sí me acuerdo bien, era la señorita María Sepúlveda.

Esto de las escuelas, de la construcción de las dos escuelas de que me preguntabas, te diré que ya para entonces han de haber tenido cuando menos unos veinte años”.

Ahora vamos a transcribir una conversación con don Indalecio Chávez que da a sus recuerdos un sabor amable y muy interesante; el mismo ritmo de charla, el pausado desarrollo de los hechos, parecen volvernos a aquel amanecer de este siglo, tiempo al cual corresponden las imágenes vividas por don Indalecio en nuestro pueblo.

Una elegante invitación al festival de fin de cursos en la escuela parroquial de tiempos del señor Cura don Luis M. Gómez. Entre los niños de entonces hay más de una figura que llegó a destacar en su camino.

“Yo hice las primeras letras en la escuela del curato, donde fuera profesor, o mejor dicho, director de ella, el señor Anacleto Lamas; ahí me encontré con don José María Godoy que pudo haber sido más o menos de mi edad, y a mi compadre Esteban Magallanes, ambos eran decuriones; les llamaban así porque seguramente estaban mejor preparados que el resto de los alumnos, porque se hacían respetar de los demás y también seguramente porque les gustaba la enseñanza, el caso es que ellos tenían a su cargo algún grupo de los menores, al mismo tiempo que eran alumnos de la escuela. También estaba en el mismo caso don Basilio Muñoz.

Era párroco entonces, en la primera época que estuvo aquí, porque estuvo dos veces, el Sr. Cura don Ramón Vélez.

Funcionaba al mismo tiempo la escuela de gobierno o escuela oficial que le decían, y estaban las dos escuelas en riña continua: los gobiernistas y los curateños, según se gritaban unos a otros.

Ahora verás: yo fui muy fraudulento en la escuela, cuál estudiar, ni hacer tareas, ni poner atención a las explicaciones. Después, más tarde, mañana será, así iba dejando pasar los días sin aprovechamiento cual ninguno de mi asistencia a la escuela. Nos pedían determinado trocito de escritura, o alguna cuenta de aritmética: a la tarde, después, así me iba llevando todo. Así estaba haciendo ya el sexto año de primaria.

Bueno, pos que un día. Era precisa la hora de entrada, a las dos de la tarde, un compañero que se llamaba Herminio González y yo, llegamos al punto, pisando el batiente y dando los dos en ese salón grande que está entrando por el pasillo del curato al sur. ¿Sabes el castigo que me dieron? Entrando, entrando nos hincaron desde las dos hasta la hora de salida que era  las seis de la tarde.

Yo dije: no vuelvo, yo aquí no vuelvo a que me castiguen. No estaba yo acostumbrado. Mi hermano Heraclio estaba en párvulos y me lo llevé, me fui huido. A mi padre ni le avisé, ni a los profesores tampoco; me fui a la escuela del gobierno, tiempo en que era regenteada por un señor don Félix Villagrana, a quien decían el Quemado; estaba quemado, muy quemado, sin manos como quien dice; le amarraban el canutero para escribir en aquella como forma de mano. Parece que fue resultado de un incendio en una mina de Zacatecas, porque él venía de por allá”.

Dejamos por unos instantes el paso moderado de este grato relato de don Indalecio, para intercalar una apostilla del Dr. Porfirio Villegas, a propósito del Prof. Villagrana, con otros datos que él pudo escuchar de don Eduardo Villegas y que ilustran y completan el diseño fisonómico de este maestro en el Teúl, a principios del siglo:

“El Prof. Félix Villagrana “el Quemado” también fue maestro de mi padre. Él lo llamaba don Pepe, ya que probablemente se llamaba José Félix. Al correr del tiempo fue compañero también de mi padre en la diputación y por cierto siempre procuraba en banquetes o cosa por el estilo, estar sentado junto a mi papá para que lo auxiliara manualmente al comer, ya que por sus quemaduras tenía cierta torpeza. Tengo fotografías en las que aparece él; creo que este señor fue el padre del otro profesor Villagrana que estuvo en el Teúl por los treintas, antes de don José G. Montes”.

Esto dicho, seguimos con Indalecio Chávez:

“Bueno, pos yo fui a dar a la escuela del gobierno. Entonces eran maestros o ayudantes, Isaac Magallanes, don Julián Barragán, una señora que se llamaba Santos Avalos y poco después Aurelio Bañuelos Olivares.

Ah, pero me sucedió este percance: me fui en febrero. Lo primero, me preguntan en qué escuela estaba; ya les dije. Luego: qué año estaba cursando. Pos, señor, el sexto. A ver, vamos a la prueba. No sirvió; abajo. Me hicieron examen de quinto año. No sirvió. Al cuarto, no sirvió. Claro está me había pasado el tiempo con engaños y con dilaciones. Fui fraudulento, nunca estudié nada en la escuela del curato, no sirvió. Pos ya me bajaron a segundo año. Qué malo estuvo eso. Me daba contra una piedra, pero ya ni modo. Y como iba con el rencor del castigo que me habían puesto allá, ni pensar en regresarme.

Mi padre me reprendió duramente. Tuve que decirle todo y se disgustó con justa razón. Pero bueno, después de todo, hubo buena suerte, porque iba mejorando mis conocimientos. En febrero fue eso; en mayo me reconocieron a tercero. Bueno pos que ai me fui, me fui. Luego en septiembre me reconocieron a cuarto. Desde luego algo llevaba de la escuela de acá, no digo que fuera de a tiro en blanco. Total, que cuando terminó el año, porque antes terminaba el año escolar en diciembre, ya estaba haciendo el sexto año y me dieron mi diploma.

Los diplomas aquellos eran unos esqueletos especiales con el escudo nacional dorado; el nombre del alumno con letras doradas, una cosa muy bonita.

Éramos al fin ocho alumnos de sexto año. Nosotros salíamos siempre al último de todos los demás. Era el director un señor Librado Álvarez. Los de sexto salíamos al último y teníamos por costumbre despedirnos del director diciéndole: estamos a sus órdenes. Está bien.

A algunos nos ordenaba: a ti te toca mañana venir temprano para que barras, para que riegues las plantitas. Ya te acuerdas; has de haber conocido la escuela que decíamos de niños, por la calle que pasa detrás del templo, Escuela Ignacio Ramírez. Era grande, casi toda la manzana. Tenía el primer patio lleno de naranjos y un jardincito que nos tocaba regar en la forma en que te digo, sobre todo cuando por algún motivo no lo hacía el mozo de la escuela.

Es que en la escuela había un mozo; pagaba el gobierno un mozo para los quehaceres de la escuela. En la de niñas había una señora, Pachita, que era la afanadora. Acá en la escuela de nosotros era un Ignacio González, naturalitos, pos no sé de dónde serían. Era él y un hermano, prietitos, prietitos. Porque acudían de los alrededores y se acomodaron estos hermanos en el quehacer que te digo.

Este es probablemente el testimonio más antiguo del esfuerzo que empezó a hacerse a fines del siglo XIX por formalizar la enseñanza escolar. Y como se tomaba nota hasta de la actitud del alumno “que obedecía con gusto”.

Y por cierto me acuerdo una vez: se enfermó Ignacio y entonces el profesor me propuso si quería suplirlo. Sí cómo no. Pagaban tres pesos mensuales. Yo estaba viviendo en casa de los Caloca, mi padre estaba en el rancho y me había dejado con ellas; éramos vecinos y estábamos muy familiarizados. En cuanto hubo oportunidad le pedí permiso a  mi padre y estuve desempeñado allí el puesto de mozo de la escuela: barrer, acarrear el agua de beber y regar los arbolitos cuando no le daban tarea de que lo hiciera a algunos de los alumnos, barrer la calle que era enorme, por tres lados, ya te acordarás; la calle, los sábados en la tarde y también traer un viaje de agua de beber para servicio ahí de los alumnos. Se traía diariamente una parada de cántaros que pasaban ahí en el poyo a la entrada del pasillo. Ponían unos jarritos de barro de esos que hacían en el pueblo. Si alguno era escrupuloso y no quería beber donde bebían todos, llevaba su jarrito de su casa.

Ya después de esto a, mi padre me acomodó a trabajar en una tiendita de abarrotes que existe hasta la fecha, es La Colmena. Salí de ahí después por ser menor de edad, cuando el patrón puso después negocio de cantina y era prohibido que hubiera chicos.

Dejamos a don Indalecio Chávez para traer de nueva cuenta de parte del Dr. Porfirio Villegas Luna, un detalle curioso a propósito de otro de los maestros mencionados en el relato precedente, don Julián Barragán. Esto dice el Dr. Villegas al respecto:

“Se ha referido don Indalecio a otro profesor de apellido Barragán, citado alguna vez por mi padre quien me contaba acerca de él,  que alguien que quiso molestar a este maestro por alguna disidencia de orden personal, le compuso el siguiente ovillejo:

Tienes panza de pelota

J,

Cara de indio apache

H,

Das pasos de haragán

Barragán;

Te estoy formando tu plan

Para apagarte la vela

Y tumbarte de la escuela

J.H. Barragán”

A partir de 1911 y por las circunstancias históricas de aquel tiempo que tuvieron resonancia muy fuerte en el Teúl, se alteró el funcionamiento de las escuelas oficiales pero siguió funcionando de alguna manera la escuela del curato, según los datos que ofrece el señor Francisco Madero:

Después del Sr. Cura Adame vino el Sr. Cura don Luis M. Gómez que trajo a un profesor llamado don Evaristo y otro ya de edad cuyo nombre no recuerdo. También estuvo en este tiempo como maestro un señor Ramón Delgado de trato muy amistoso. Mis compañeros en ese tiempo en la escuela, eran Artemio Miramontes, Jesús, un Jesús que después tomo el oficio de hojalatero, Ramiro Temblador, Fabián Magallanes, Rafael Sandoval, Daniel Castro y Enrique Varela; estaban también conmigo unos Lozano, Jesús y Trinidad, que se encargaban de poner los faroles de la iluminación de las calles; en el día los limpiaban de humo, servían el petróleo y al empezar a oscurecer los prendían de uno en uno, con una escalera de tijera, dos cuadras aquí alrededor de la plaza.

En las esquinas había unos alambres cruzados y de ellos en el centro de la boca-calle se suspendía el farol. Eran unos faroles grandes de vidrio, así como lo que decíamos linternas, pero grandes, así: de arriba más anchitos y más angostos de abajo que era donde ponían el depósito de petróleo. Yo no te sé decir a qué horas los apagaban.”

Buscando todas las referencias que fuera dable encontrar acerca del desarrollo escolar, del ambiente de cultura, de los sistemas y técnicas de enseñanza que caracterizaron la actividad educativa de aquellas fechas en que las dos primeras escuelas del Teúl formalizaron su funcionamiento, hemos venido a darcon la maestra Leandra Vargas, jubilada desde el 30 de julio de 1942, de acuerdo a la aplicación del decreto respectivo dE 1932,ella nos da sus recuerdos y lo que hacía  en el desempeño de sus funciones de maestra:

“Fui maestra desde 1915; ya en mi tiempo de maestra no usábamos por acá el Silabario de San Miguel; teníamos para el caso un librito con ejercicios para enseñar a leer. Si no podíamos tener el librito ese para todos los alumnos,, entonces nos servíamos del pizarrón y ahí íbamos poniendo las letras que cada uno copiaba en su pizarra ¿se acuerda de las pizarras? No, usted, no. Quién sabe qué hubieran parecido ahora los sistemas que empleábamos para enseñar a leer a los niños; dicen que ahora enseñan muy rápidamente a leer. Yo enseñaba a leer en tres meses, poquito, palabritas poquitas. Primero que conocieran y pronunciaran la letra, ya después, que las fueran juntando hasta formar la sílaba y luego la palabra. Todo por sonidos. Yo nomás tenía párvulos. A los tres años me vine al Teúl, vine  ya aquí  a la escuela de niñas. Entonces la escuela tenía un salón enorme, muy grande, con ventanas a la calle; ahí  se dividían dos o tres grupos.

Por aquel tiempo en que vine, la directora era Aurora Nava; ah, no, ella fue después. Cuando yo me vine era Felipita García. Cuca Ramírez me nombraba a una Marianita que estuvo a principios del siglo, pero yo a ella no la conocí.

De la escuela de los niños con la que teníamos muy poco trato, me acuerdo de un maestro de nombre Luis Lozano, de un señor Fermín López y ya últimamente de don Vicente Villagrana”.

De aquellos ayeres a la fecha las cosas han cambiado mucho y da gusto a las horas de salida o de entrada en las primarias, en la secundaria, en la preparatoria, oír el bullicio, las carreras, los gritos, la alegría desbordante de esta juventud que por un momento estremece al pueblo, lo saca de su estado habitual y lo hace efervecer en este abejeo de vida, rumor de la juventud, aliento de esperanza en un mañana que tendrá que ser lógicamente mejor, puesto que se consolidan cada día las bases  de una formación sólida, más amplia, más limpia, en las generaciones de mañana.

Bajo otra luz, bajo una nueva esperanza verán las generaciones actuales de este rincón entrañable de “La Suave Patria”.

Alumnos de la escuela oficial los años 1924-25. Con los maestros: Cuca Ramírez, Ma. Carmen Cervantes, José Campos, J. Jesús Campos, Chabela Cervantes, pueden ser identificados con alguna facilidad: Lorenzo Cervantes, Teódulo Robles, Jesús Mayorga, Francisco Sandoval C., Trinidad González, Enrique González, Roberto Mayorga, José Rivas, Ignacio Robles, Leopoldo Castro, Guadalupe Arellano, Edmundo Robles, Porfirio Villegas, Benjamín Robles, Filemón Sandoval y posiblemente Jesús Cervantes Corona.

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