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Las Tiendas

Con la agricultura y sobre todo la ganadería, ha tenido el Teúl un aliento económico que le ha permitido alcanzar alguna significación entre todos los municipios del Estado. También ha tenido ingresos muy importantes, sobre todo en el pasado, por su vida y organización comercial que llegó a ocupar sitio de relevancia en toda la región.

Para aquel alto desarrollo del comercio en Teúl, se debe considerar la afluencia enorme de gentes que venían los domingos a este lugar tanto a cumplir con sus deberes religiosos como a proveerse de los artículos necesarios para su vestido y sustento.

Desde Huitzila a donde no iba el sacerdote sino en ocasiones muy especiales, la Estanzuela que dependía de esta parroquia y en largas temporadas se quedó sin sacerdote de planta, La Ceja, El Tambor, Milpillas, Florencia, todas las rancherías de la sierra de Florencia, las rancherías de Pinoscuates, San Miguel, Santa María. Todo aquel mundo de gente se daba cita al pueblo, madrugando a altas horas si era preciso, para estar a la Misa Mayor de los domingos en la hora ritual de las diez de la mañana y no antes como quiso alguno de aquellos párrocos, granjeándose una severa reconvención de sus superiores.

Ante todo la Misa que por lo mismo que era “Mayor”, tenía muchos agregados como el “asperges” del principio, que es una forma de bendición y de purificación del sacerdote y del pueblo antes de iniciar el rito litúrgico; como la lectura de las “amonestaciones” con el nombre de los que pretendían contraer matrimonio, su nombre, su edad, el nombre de sus padres, el lugar de nacimiento, los lugares donde habían vivido uno y otro; en resumen, una biografía completa que llamaba mucho la atención, satisfacía muchas necesidades y daba lugar a murmuraciones y cuentos y rabietas, sobre todo en torno de la novia. Luego la predicación que por ser la única oportunidad de dar a los fieles que solo de domingo en domingo bajaban al pueblo, una instrucción clara y oportuna sobre la doctrina cristiana, todo eso llevaba su buen tiempo. El canto del Trisagio y si era Domingo Tercero, día de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús, procesión y bendición con el Santísimo.

A la salida de la misa, casi siempre a las doce del día, venía el comercio en grandes a la plaza de abajo, convertida en un tianguis gigantesco donde se vendía de todo, y donde podían escucharse los saludos de gentes que volvían a verse después de tiempo, las novedades de la familia, la situación del país en la cosa política, el estado de las siembras, cómo se apuntaban las cosechas, el precio del ganado. Aquel rumor de oleaje en crecida, aquel murmullo sordo y grave, pero muy intenso, era un signo de vida, era una manifestación de aquel intenso comercio que se vaciaba en la plaza, después de haber recorrido todas las tiendas del lugar, que las hubo de mucha importancia y de un surtido de mercancía en la que se incluían desde sedas finas, importadas, desde bebidas exquisitas, hasta los alimentos más comunes y más ordinarios en la vida de aquellos tiempos.

Informes recogidos por el Ing. Juan Ignacio Matute, en el año de 1880, nos dan una idea de las condiciones económicas de vida y del valor que tenían los bienes de que podía disponer un campesino con la repercusión consiguiente en las condiciones generales del comercio.

Por comparación, tenemos lo que valían en Tlaltenago y en el Teúl los semovientes de esta relación, un buey $12.00 y $11.00; una vaca, $10.00; un caballo, de $15.00 y $12.00; una yegua, $10.00 y $8.00; una vaca parida, $12.00 y $13.00; un burro, $9.00 y $10.00; un puerco flaco, $4.00 y $3.00; un carnero, $1.25 y $1.00.

También se tiene la relación de industrias establecidas en estos pueblos: El Teúl tiene un molino de trigo, mientras Tlaltenango tiene siete, Tepechitlán dos y Atolinga tres; hay siete jabonerías en Tlaltenango, mientras el Teúl tiene cuatro, dos en Atolinga y cuatro en Tepechitlán. Tiene el Teúl en ese tiempo doce telares de lana, mientras Tepechitlán tiene diez.

Luego a propósito del financiamiento de los servicios públicos y de los impuestos con que se deberían gravarse las operaciones comerciales, para obtener los fondos indispensables que permitan la satisfacción de necesidades públicas que no alcanzan a ser atendidas con los raquíticos ingresos municipales, el Ing. Matute en su Noticia del Partido de Sánchez Román, da este dato categórico; “Las tiendas del Teúl están mejor surtidas que las de Tlaltenango y por ello tienen una realización mayor”.

De este intenso comercio debe obtenerse un beneficio fiscal que satisfaga necesidades de cada lugar: “La villa del Teúl necesita urgentemente la reedificación del Cementerio y de la casa municipal, y el establecimiento del alumbrado; para los dos primeros serán necesarios 5,000 pesos por una sola vez y 300 pesos anuales para el último”.
Una visión de este estado de cosas, apenas unos veinte años después de la visita del Ing. Juan Ignacio Matute y de su hijo Juan José, por todos estos pueblos en acopio pormenorizado de datos, está en el recuerdo de don Indalecio Chávez que vivió aquellos tiempos:

“Te hablo del primer año de este siglo. De entonces para acá comienzan mis recuerdos. Por esto, porque allá por el año de 1900 bajó mi papá a vivir al pueblo. Ya estando aquí, veía cartas de mi papá y se me ocurrió hacer una carta y la feché como las que había visto: mil ochocientos y tantos. Por presunción se la mostré a mi padre y me dijo: no, este año se numera con 1901. Por eso te digo que me acuerdo muy bien del año en que empezamos a vivir aquí y me acuerdo.

Tiendas, lo que se dice tiendas, había entonces muy buenas; por ejemplo la de don Ismael Varela que era una gran tienda, bien surtida, con mucho movimiento, con ropa muy fina, de toda. Se surtían de Guadalajara, de Zacatecas y de Aguascalientes.

Seguía la de don Francisco Varela, que también era de mucho movimiento, porque siempre tenía dos o tres dependientes aparte de él. Ahí conocí a don Ireneo Villanueva a quien algo había tratado en la escuela; él salía cuando yo entraba el primer año que estuve en la escuela oficial; ya te platiqué de eso.

Luego la tienda de don Epigmenio Sandoval y de doña Emilia, su madre; regular tienda. Ahí conocí a un señor, Telésforo Casanova en tiempos en que se acostumbraba después de que lo despachaban a uno, pedir el pilón, que consistía en un pedacito de dulce, un pedacito de azúcar, una colación; entonces se usaban mucho las colaciones; por un centavo le daban a uno un alcatracito con doce o quince colaciones. Ah, bueno pero ese señor don Telésforo que te digo, Dios lo tenga en paz; seguro sería un señor de pocas pulgas. Le decía uno: don Telésforo, el pilón. Por acá en las demás tiendas si daban piloncito; en las panaderías daban un polvito de pan, lo que quedaba en las ruedas enormes de los panaderos que salían a venderlos y a gritarlo todas las tardes por la calle.

Esto del pan, ahora verás: había panaderías muy buenas en ese tiempo: la de don Catarino Pérez, la de don Jesús Mercado que fue el padre de Pancho, pan fino, bien hecho.

Donde yo trabajé al salir de la escuela era una tienda de abarrotes, La Colmena ¿ya te acuerdas? Tenía catorce años cuando salí de ahí por la razón de que cambiaron la tienda a cantina. Esa de La Colmena fue la primera que se estableció como cantina y con el hombre que todavía se alcanza a leer en el localito. Venían desde Tequila unas barricas a lomo de mula con el licor que se vendía, pues entiendo que en grandes cantidades e iba dejando aquella recua el olor de tequila en el aire, y decían que algunos burros se emborrachaban.

Cuando yo trabajé ahí con los abarrotes y panadería, ya se vendía cerveza, vino. Bueno vendían cerveza al copeo; era de la Carta Blanca. Oigo ahora que dicen por ahí: un cartón de cerveza y cada cartón con 25 botellas. Antes no, antes se decía: una caja de cervezas que llevaban de aquí de Guadalajara. Una mula llevaba dos cajas, o sea, 160 botellas de dos decilitros cada una. Ya existía, según eso la cervecería de la Estrella aquí en Guadalajara, pero allá llevaban la otra marca que te dije.

Había por ahí algunos curros, unos ricos principalmente; porque era una afluencia de gente, mira a la hora de la salida de misa mayor, la plaza de abajo se cubría; había partes en que de plano no se podía dar un paso; se oía un rumor como cuando se oye un colmenar.

Después el mismo patrón con quien había estado puso una tienda de abarrotes, ropa y panadería, la cantina la dejo a un compadre y me invitó a irme otra vez con él. Ya me fui otra vez. Ahí no vendían vino, pero cervezas sí y unos refrescos que llevaban de aquí; les decían limonadas; eran unas botellitas como de coca-cola, se llamaban “Ironbrew”, la gente les decía “bandurrias”, serían como de decilitro y medio, eran botellitas así; iban cerradas con alambre para que el gas no botara eel tapón.

Esto de las tiendas con su surtido de mercancía de veras en grande, como no puede verse ahora una tienda en el pueblo, suponía una organización de arrieros para traer esa mercancía al lugar. Entonces no había camiones, ni cual nada de eso, todo se hacía a lomo de bestia.

Según eso, me contaba don Manuel Correa que en sus tiempos fue arriero, tanto como Ramón Sandoval, don Francisco mejor conocido como El Ratón Sandoval, y así por el estilo; eran arrieros que sabían ir a la sal a Colima, a Mazatlán, a Manzanillo, a un lugar que llamaban Viesca donde había una clase de sal que sacaban de las lagunas. También iban por allá a traer greta, cargas de greta para los alfareros. Iban hasta por allá; que hacían veintidós días de viaje.

Decía don Manuel que se reunían muchos grupos de arrieros por aquello de que había muchos asaltantes en los camiones reales. Sus viajes aquí a Guadalajara eran de ocho a quince días y como eran muchos traían un cocinero. Ya tenían calculado el lugar donde iban a sestear, donde terminaba la jornada de cada día. El trabajo del cocinero consistía en llegar y luego luego a poner el nixtamal, poner los frijoles, cocer la carne y ponerse a moler en el metate para hacer tortillas y dar de comer a toda aquella gente.

Día de fiesta en grandes celebraciones del culto católico.ertenecen estas señales al esquema litúrgico anterior al Concilio. Solo como curiosos datos se anotan: Celebrante, D. Ángel Gómez, de espaldas al pueblo. Frontal y conopeo de lujo. En el ciprés, sitio de exposición del Santísimo. Los Ángeles a los lados. Las “sacras” de ese tiempo. Grandes cirios con adornos de cera escamada. Y muchas flores. Nicolás Ramírez, el monaguillo.

En la recua había dos o tres mulas destinadas a llevar la carga de la provisión, todo lo que se necesitaba para la alimentación de los arrieros. Vamos suponiendo que la jornada la hacían de las cuatro de la mañana, las cinco, hasta las dos o tres de la tarde; quedaba la tarde para preparar la comida y dejar arreglado ya el almuerzo para el día siguiente.

El cocinero eso hacía; siempre elegían un lugar donde hubiera agua y ya uno se encargaba de traer agua, de arrimar la leña suficiente para que el cocinero hiciera la comida de todos los compañeros, grupos de ocho o más arrieros, gente trabajada y con muchas ganas, con apetito de comer.

Contaba don Manuel muchas anécdotas de eso. Que dizque ya bien comidos, se preparaban para pasar la noche. Dormían temprano para madrugar al día siguiente, pero nunca dejaban de rezar el rosario antes de acostarse. Don Pancho, El Ratón, que te dije, después del ofrecimiento del rosario, que dizque andaba entonces de novio con la que fue su esposa, una señora de nombre María Campos; pos ya después del rosario se ponía don Pancho en cruz y con una entonación muy devota: Madre Santísima, concédeme que me case con Mariquita Campos. Era buen hombre, muy devoto y muy cantador.

Las jornadas establecidas eran éstas: en el Tambor, la primera; la segunda la hacían en El Malacate; la tercera en El Escalón, y la última en Milpillas y a veces hasta Guadalajara, es decir aquí hasta Zapopan. En el regreso se iban así: de aquí a Milpillas, La Mesa de San Juan, El Escalón, Las López, cerca de San Cristóbal; de ahí seguían calculando las distancias de modo de hacer la última jornada en el Tambor tanteando llegar siempre al Teúl, poco después de mediodía.

La llegada de los arrieros al pueblo era una fiesta. La novedad, el alboroto de aquel atajo de animales, los gritos de los arrieros mientras descargaban en plena calle los fardos enormes, los comerciantes pidiendo cuentas, cómo les había ido, qué novedades habían tenido, si no habían tenido amenaza de asalto. Y veías tú por las calles los atajos de burros, de mulas, y el tiradero de reatas tendidas o rezagadas por las calles.
El fin de formar grupos, como te dije, era también para defenderse de los asaltos. Entonces el principal sitio de peligro era El Escalón, la cumbre del Malacate y acá el Pedregal que alcanzó mucho renombre. Todavía en 1928 y todavía más acá, era peligroso ahí, sobre todo que aquí eran gavillas poderosas, y ya por acá hasta Zoquipan, asaltaban en grupos de uno o dos. En la Cueva Prieta también llegó a haber ladrones, allá muy antes. Me platicaba el mismo don Manuel que ahí en el pueblo hubo una gavilla de ladrones que operaba en compañía de una gavilla establecida en el rancho de Arroyo Seco, un poquito de este lado de Jerez; que se ponían de acuerdo los del pueblo y éstos para asaltar en El Pedregal.

Y como había mucho arriero que traía mucha mercancía, pos ahí les quitaban los animales, se llevaban los animales cargados. Algunas veces traían también dinero para pagos de las casas proveedoras; aunque ya empezaba a usarse los movimientos de dinero por medio de bancos, hacia el banco de Sonora, el de México, éstos por lo menos expedían billetes que facilitaban el manejo de dinero para no tener que hacerlo en moneda pesada y más peligrosa para que los ladrones dieran luego con el dinero.

Había un corrido que cantaba un señor Ausencio Tovar, acerca de un señor Manuel Sánchez de mucha fama. Ese señor, de ahí de la Tetilla, encabezaba un grupo de asaltantes que rumbeaban por ahí por la Cueva Prieta hasta el Pedregal.

Ahí en el pueblo también había una gavilla. Un señor me enseñó los cimientos de adobe, debajo de una cerca de piedra y me dijo: mira, estos son los cimientos de una bodega que tenían aquí los ladrones. Eran descarados, tenían hasta bodega para almacenar la mercancía que robaban. Estos asaltaban en el Testarazo, ahí por los Cajones, por la Cueva Prieto; había uno que se apellidaba… pos, por apodo a las hijas les decían las Patonas, él no me recuerdo el nombre.

Ah, espérate, ese señor Sánchez, Manuel Sánchez, del corrido de Ausencio Tovar, dizque era un tipo muy hábil, no lo podía atrapar el gobierno, allá cuando se organizó el servicio aquel de acordadas que equivalía a lo que ahora puede ser la policía judicial.

En ese tiempo fue jefe de la acordada, ahí en el pueblo, don José Ávila. Fue una medida de don Porfirio: por toda la nación se formaron grupos de policía que se llamaban como te he dicho, para acabar con el bandolerismo. Y sí, acabó. En el Teúl se acabaron. Don José colgó a muchos. Cuentan que se hizo de un compadre que era de los mismos asaltadores, que le aceptó la invitación porque le convenía asociarse, tener trato con ese compadre. Ese era el guía. Dizque iba con él: compadre ¿quién falta? Pos que ai está fulano, ai está zutano. Platicaba esto Jesús Guzmán que fue soldado de don José. A ver, compadre ¿ahora quién? No, pos allá anda perengano. Y a la segura se iban.

Cuenta don Jesús que dizque al último ya muy después: Oye, compadre, ¿quién falta? No, pos ya no, ya muchos se fueron de aquí y otros que ya colgaste; pos no, ya no hay. ¿No? Cómo no, faltas tú; y también lo echó al palo.
Era un señor, dizque algo agradable; muy, pos como decimos ahora vulgarmente, meloso. Dizque se restregaba las manos, dizque cuando ya tenía listo al que iba a ajusticiar, se restregaba las manos y decía: amiguito, amiguito, prepárese porque va a morir; hágame sus encargos, hágame sus encargos, hágame sus encargos. Dicen que hacía así, que así era.

Y don Jesús Bobadilla me platicaba; él se crió en el rancho de Los Cedros; cuando él era joven, ahí en la mesita que llamaban de las Piedras del “Silguero”, viniendo del Teúl para acá, ya para empezar a bajar a la cañada, ahí había unos encinos que se acabaron ya; yo conocí todavía tres encinos en una cejecita de peñas. Me platicaba don Jesús que chico él, su padre lo había mandado a un encargo al pueblo y que iba pasando y que ahí estaba don José Ávila con su preso para ejecutarlo. Lo vio pasar y le dijo: a ver muchacho, espérate. No pos él pensó, platicaba don Jesús: ya me van a colgar a mí también. Presenció, dice que presenció cuando colgaron ahí a ese pobre hombre. Dice: cosa que me impresionó muchísimo ver aquello y luego que me dice don José, luego que ejecutaron a aquel pobre hombre: mira, muchacho, te dije que esperabas para que te des cuenta el paradero que tiene el hombre que se dedica a robar.

Contaba tantas anécdotas. Que dizque había un señor cura, en aquellos tiempos, que tenía un hermano que también figuraba en las cuadrillas de bandoleros. Tenía el señor cura un par de caballos muy buenos y el hermano le pedía prestado el caballo y que decía la gente; eso platicaba también mi compadre José, dizque decían: pos el cura no irá pero sus caballos sí”.

Un tejido de historias dramáticas, de riesgos, de abusos, de zozobras, de acciones violentas, de ejecuciones justicieras sostuvieron entonces el desarrollo comercial del Teúl en sus mejores años, cuando fue centro que atrajo todas las poblaciones y rancherías de su rumbo, conforme a una tradición, a una necesidad que no habrían podido soslayar: la de la asistencia a misa dominical y la de llevar para la semana “los encargos” de rigor. Eso, y venir a darse gusto, saludar a los amigos, a los parientes que concurrían de otros lugares, a tomarse un tequila, un vasito de “mistela” en las tiendas catrinas, comprar un vestido, un rebozo, para la esposa o las hijas, un sombrero de Sahuayo o unos huaraches “garbanceados” para sí o para los hijos.

Los portales con sus tiendas amplias y bien amuebladas, las otras tiendas que rodean la plaza de arriba y las que aún quedan en la plaza de abajo, son como un testimonio de aquel movimiento, de aquella vida comercial, de aquellos días mejores que en lo económico vivió este rincón de “la Suave Patria” a principios de siglo.

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