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Los Cristeros

d)   Los Cristeros 

Se llegó a creer que habían terminado las desdichas del pueblo. Después de las calamidades que se acababan de vivir, creyeron los vecinos que vendrían tiempos de tranquilidad y bonanza. Hubo ciertamente una pausa de seis a ocho años en que el Teúl pudo respirar un aire sosegado, soslayarse en un horizonte claro.

De este tiempo datan algunas mejoras que en tan breve período de paz pudieron realizarse, gracias al empeño y afán de progreso y comodidad del vecindario.

En este período vino el primer automóvil al Teúl. El dato lo proporciona el Dr. Porfirio Villegas, quien recuerda: “El primer automóvil fue traído por mi padre de Zacatecas, durante su período como diputado, allá por los años 1921 ó 22. Posteriormente, siendo diputado don Isidro Caloca, se llevó también otro carro que terminó sus días en uno de los corredores de la presidencia municipal. Ambos fueron Ford, Modelo T”. 

El  Dr. Villegas se acuerda también del primer radio que se escuchó en el pueblo: “El inquieto político teulense Lic. Lauro G. Caloca, fue quien llevó el primer radio. Fue antes de la Cristiana, es decir por los años 25 a 26. Naturalmente era de audífonos y personalmente fue también la primera vez en mi vida que oí radio”. 

Y este otro dato no menos interesantes proporcionado también por el Dr. Porfirio Villegas: “La oficina de correos, fue elevada a la categoría de administración, antes de la Revolución Cristera, siendo el primer administrador don Gonzalo Figueroa y el cartero Salvador Gutiérrez. El primer local que ocupó fue la casa frente al Santuario, contigua a la esquina que fue de María Caloca. 

Posteriormente estuvo de administrador un señor Iñiguez de muy mal genio que pronto se hizo antipático al grado de que no faltó quien le enviara anónimos amenazantes. Se asustó  y corrió del pueblo. Lo sustituyó don Eusebio Sánchez, don Chebo para todos, persona muy atenta y cordial, pero a quien rara vez se le vio deambular por el pueblo. Tenía la cualidad, casi patológica, de la puntualidad. Se paraba detrás de la puerta de la oficina y al sonar la primera campanada del reloj, abría las puertas al público. Casó con una hija de don Trinidad Castañeda y tuvo dos hijos, Oscar, médico y Trine comerciante. De carteros, estuvieron Juan Castañeda, Jr. y Juan Manuel Correa, esto en aquellos tiempos”. 

En este breve período de reconstrucción moral, social y material del pueblo, que antecedió al episodio trágico de la Cristera, tuvo lugar la instalación de la primera planta de luz para servicio público y doméstico, que sustituyó los faroles esquineros y los quinqués de las casas, y el primer molino para nixtamal que vino a representar un gran alivio en las tareas de las mujeres que pudieron abandonar poco a poco el primitivo uso del metate.

Acerca de esta importante mejora que en el ámbito aislado y retraído en sus tradiciones de siglos, representó para el pueblo el ingreso a la era de la luz, la modernidad y el progreso, nos habla don Felipe Ramírez, hijo de don Pablo Ramírez a quien se debió la audaz realización de aquella planta y de aquel molino…

“Mi padre tenía algún dinero, lo que ahorró cuando estuvo de administrador de la Hacienda de Pinoscuates, cargo que le dieron por recomendación del Gral. Cervantes, luego que los dueños de la Hacienda, no sé por qué, la dejaron en manos del Gobierno. El caso es que mi padre tenía unos centavitos y pensó hacer un negocio. Primero puso el molino, con un motor de vapor que fue a traer al pueblo de Tabasco, Zac. 

La traída de aquella enorme caldera y tubos de fierro pesadísimos, fue una verdadera hazaña. No había caminos, ni otra forma que montar aquello en unos carretones que se arreglaron especialmente para el caso y luego a tirón de ocho mulas pegadas a cada uno de los carros ai vienen golpe a golpe hasta aquí; pos ya se imagina cómo fue aquello. Sí caía el carretón a una zanja, eran dos carretones, le pegaban más mulas para hacer el tirón más fuerte, y pos así. 

Tenía una caldera con leña, su chimenea; arriba se llenaba la caldera de agua y el vapor entraba por unos tubos que movían el dínamo y así ya después, en el día funcionaba aquello para el molino y en la noche para la luz.

Para alimentar la caldera se necesitaba diariamente una tarea de leña ¿sabe lo que es una tarea? Bueno, entonces así era: los trozos de leña de su tamaño convenido, se acomodaban en una como pared que tenía cuatro varas de tendido y una vara de altura; una padercita de pura leña, de aquí a allá, todos los días. Así que a diario tenía que haber leñadores tumbando monte para mantener ese fogón. La tarea costaba un peso veinticinco. 

En la noche, ya que se suspendía el servicio de luz, se apagaba el fogón, se sacaban todas las brasas, se les echaba agua y ya, hasta el día siguiente. Teníamos una pila grande que agarraba sesenta botes de agua, para estarle cebando a la caldera, y, pos trabajoso, porque el agua había de sacarse del pozo a puro tirón de soga. 

El año de 1925 se estrenó aquí la luz, los primeros focos eléctricos; fue el día 5 de mayo de ese año. El ayuntamiento empezó a pagar diez focos y habría otros tantos o quien sabe si más, en las tiendas y en las casas. Se cobraba un peso veinticinco por cada foco, al mes. El ayuntamiento empezó a regatear, que no, que sólo pagaría a peso por cada foco, y si no, los iban a quitar. La luz comenzaba al atardecer, hasta las diez de la noche y nada más. Cinco minutos antes de cortar la luz, se daba el aviso mediante un silbatazo que se producía jalando un hilo que permitía un escape de vapor y producía aquel pitazo fuerte. 

Esto duró  solamente hasta el año de 1928 en que por cuestión de la Revolución se tuvo que suspender; después cuando se asilenció la cosa, volvimos otra vez, pero ya subió mucho el precio de la leña y ya no se podía. Luego el encargado de la forestal empezó a poner muchas dificultades y paramos el servicio de plano. Después vino don Otilio Martínez, y años después o al mismo  tiempo una planta eléctrica más o menos grande que trajo el Sr. Cura Gómez para la luz del templo, y ya acá, ahora, hace diez años por lo menos, el servicio constante y muy bueno dentro de la red regional de la Comisión Federal de Electricidad”. 

A propósito de los cientos y miles de árboles que hubieron de ser talados para el sostenimiento de la caldera de vapor a que hizo mención don Felipe Ramírez en el tiempo en que se mantuvo el servicio descrito, debe mencionarse también el arrasamiento voraz que por estos mismos años se hizo de toda la hermosa y densa serranía que cubrió cerros y llanadas en lo que perteneció a la Hacienda de Pinoscuates, antes de que sus dueños la entregaran al gobierno en un requisamiento que se anticipó en varios años a las afectaciones que vendrían después en tiempo de Lázaro Cárdenas.

Don Antonio Cortés a quien ya hemos mencionado como uno de los servidores más antiguos de la Hacienda y que con sus ochenta y cinco años recuerda con lucidez nombres y situaciones, dice que “Ai en la mesa del Madroño, ai todo eso había mucho monte, mucho, mucho”.

El conoció los pinares apretados, las extensiones interminables cubiertas de roble y palo colorado, y dice que don Gabriel Ayala y Landeros, antes de vender quiso aprovechar en lo posible la explotación de aquel monte.

“Don Gabriel hizo el trato con el comprador de que todavía por dos años tendría derecho a sacar toda la madera que pudiera. Y se juntó mucha madera allá en El Laurel; yo me quedé un tiempo allá vendiéndola; yo vendía la madera por cuenta de don Gabriel que como le digo, antes de entregar, metió como doce sierras. Había mucha, mucha madera; se hicieron como unas veinte galeras de madera ya hecha, como de aquí a la pared que está allá”. 

Y en este desmantelamiento general de todo lo que tenía la Hacienda, su riqueza forestal, sus hatos ganaderos, sus siembras, el recuerdo de don Felipe Ramírez, de nueva cuenta:

“Cuando mi papá estaba administrando la Hacienda, todavía por cuenta de don Gabriel, empezaron a venderse algunos terrenos y lotes de ganado. El Gral. Cervantes compró 500 reses, había más de mil. 

También entonces y con el afán de aumentar el volumen de las cosechas, el gobierno ordenó que se abrieran tierras nuevas, y se tumbó mucho monte; se quemaba y ya, para sembrar en ese campo. Al principio era muy bueno aquello, había yuntas que daban cien hanegas de maíz, y calabazas y habas…” 

Y finalmente otro testimonio de don Antonio Cortés que vivió todos los períodos sucesivos que tuvo en este sitio uno de los centros de producción agrícola y ganadera más importantes del municipio:

“De cuando tomó el gobierno para adelante, ya se empezó a sacar menos maíz. Qué esperanzas que se volvieran a ver después y ahora las cosechotas de entonces. Y ya después de repartida la Hacienda las cosas fueron peor; ahora con abonos fertilizantes y todo eso, pero ni con ese se comparan las cosechas de ahora con las que se levantaban entonces. Yo me acuerdo que a mí, mi yunta me daba las cien hanegas en aquellos años y ahora d’ionde. A menos del polvillo ese, ya casi no hay cosechas, se acabó el monte, ahora ya ve uno un peladero de tierra limpia por todos lados…” 

Otro sacerdote benemérito del Teúl fue el Sr. Cura D. Ignacio Iñiguez quien regenteó la parroquia de 1922 a 1929. A este egregio párroco tocó preparar y celebrar el Cantamisa de San Padre Agustín Caloca, uno de los mártires de nuestro pueblo. 

Tras de estos incidentes que se registraron en los primeros años de la veintena, empieza otra vez a barruntarse la tormenta que de un lado y de otro iba ennegreciendo el horizonte del Teúl, con los primeros rumores de lo que vendría hacer uno  de los episodios más dolorosos y más sangrientos que se han vivido y que recuerdan todavía muchas de las personas que presenciaron y sufrieron en carne propia los incidentes trágicos de la lucha que, por lo menos para el Teúl, no tuvo un perfil netamente religioso, sino de abierta y clara venganza entre gentes de Florencia y agraristas de San Lucas concentrados en el pueblo. Y al Teúl le tocó ser el escenario y pagar las consecuencias de aquel encono.

Mientras en nivel nacional se debatían las exigencias que vinieron a provocar el levantamiento en armas que dio en ser denominado desde entonces como La Cristera o la Cristiada, en la comarca repercutió el movimiento nacional con caudillos locales y la verdad, sin una definición clara y general de los motivos y finalidades.

Recurrimos a don Indalecio Chávez que con el sabor de su charla nos cuenta aquello:

“Por noviembre de 1926, empezó a rumorarse que un tal López de Atolinga un don Refugio Ayala, de Tepechitlán, se habían pronunciado ya contra el gobierno de Calles porque, según se decía, estaba persiguiendo el catolicismo. 

Recuerdo que por diciembre de ese mismo año, me regresaba del pueblo al Rancho de las Cruces; ai vengo y ya a la bajada, para dar vista al rancho, estaba ahí un señor familiar del Sr. Cura Ignacio Iñiguez, carpintero él, no sé si sobrino del Sr. Cura. Venía con una caja, una carga de cajas sobre una mula; yo estaba dando agua a la remuda en el arroyito. Ya nos saludamos, nos preguntamos las novedades; y él dice, hombre, yo traigo la novedad de que ahorita que pasé por Florencia llegó una partida según dicen, de revolucionarios, son como unos ocho o diez. Aprehendieron a don Norberto Muro y quien sabe en qué consistió, el caso es que tiene un balazo en la mano izquierda, sabe si sea un rozón nada más para amedrentarlo.

Dicen que le exigen tres carabinas y doscientos pesos en plata. Eso lo supe ahí de pronto y me vine porque tuve temor de que me fueran a quitar mi remuda y esas cajas de herramientas con que estaba trabajando allá en San Martín…

Bueno pos ya me vine yo y aquí me encontré con que ya tenían aviso en el pueblo; ya la gente había visto movimiento en medio de los cerros; y a pocos días ya se dijo después: Pedro Sandoval se pronunció en Florencia, pero sin más detalles, nada se sentía o llegaba hasta acá, fuera de que las defensas del pueblo se preparaban por lo que fuera.

Pos ya esa noche que llegué aquí y que supe la situación de los levantados, estaba con el pendientito, y se me ocurrió y se me ocurrió a deshora de la noche oír como que oían tiros aquí al otro lado del río, pero no, era figuración, cuestión de los nervios tal vez.

Pasan unos días y en el mes de febrero, esto ya en el 27, hicieron la primera entrada; fue el día 25, según me parece. Llegaron acá por la calle donde vivía don Prudenciano Robles; parece que se dividieron en dos fracciones, unos atacaron por una calle y otros por otra. Esta de don Prudenciano hacia esquina la calle con mi casa que es la tuya; ahí oía yo el rumor y mi remuda; tenía mi remuda y oigo el tropelito y se me ocurre, no estoy seguro, se oía el murmullito; eran como unos cinco de caballería que iban rezando, no entendía bien lo que decían, pero se comprendía eso, qué rezaban en voz alta. 

Yo estaba en la puerta, detracito, pero ya me metía a asilenciar mi remuda que empezó a rebuznar con el movimiento de la caballada. Dicen que estaba aquí Alberto Arellano que ya figuraba en el cuerpo de la defensa y que logró escapar a caballo por la salida del Testerazo. Y el rumor, el pánico, el susto de la gente. La campana dando el aviso, seis campanadas era la señal; que ya vienen, que ya vienen…” 

Esta fue la primera entrada de los Cristeros. El primer golpe asestado con la inclemencia y el odio pasional de quien quiere destruir al enemigo, pues de hecho al 25 de febrero de 1927 corresponde cabalmente el primer incendio de casas y comercios perpetrado por el grupo de revolucionarios que bajaron de Florencia.

No fue este el primer incidente. El primer encuentro de inconformidad con la aplicación de la famosa Ley de Cultos de Plutarco Elías Calles que propendía al sometimiento incondicional de la Iglesia, con registro de los sacerdotes, autorización oficial para que ejercieran su ministerio en los lugares donde así lo determinara el mismo gobierno y sobre todo el inventario de los bienes de la iglesia, había desencadenado una reacción violenta en el pueblo contra las autoridades municipales entonces constituidas en la persona de Francisco Sandoval Román como presidente y don Silvestre Quintero como secretario.

Fueron comisionados los señores Rito González y Juan Castañeda A. para practicar el inventario de los bienes de la parroquia, pero un grupo de mujeres se hizo presente entablando una violenta discusión para impedir el mencionado conteo de los objetos de culto. Estas mujeres fueron Catalina Muñoz, Carmen Luna, Carolina Flores, Concepción Rosas de Acosta que tomó la palabra a nombre de todas y varias más.

Al  anochecer de ese día como no cejaran ni las señoras y señoritas en su propósito de evitar el manejo de las pertenencias del culto por parte de los comisionados, ni por parte de éstos la intención de dejar de hacerlo, se posesionaron de las alturas del templo parroquial un grupo de particulares, con el fin de velar por el templo durante la noche; provistos algunos de pistolas y arma blanca. Figuraban en el grupo los señores José María Godoy, Desiderio Vargas, Marcos Luna, Félix Rivera, Francisco Escobedo y algunos otros.

En estos datos estamos siguiendo a relación que da en sus apuntes históricos sobre el Teúl el  Sr. Francisco Varela Álvarez, quien refiere que entre las doce y la una de la madrugada, se oyeron nutridas descargas de balazos entre unos y otros al tratar de marcar el alto a los señores de la defensa integrada por Isidro Caloca, Juan Castañeda Álvarez, J. Carmen Campos, Cirilo Cervantes, Ramón Villarreal y algunos otros.

Resultó gravemente herido Juan Castañeda, recibiendo varios balazos mientras los de la defensa lograron aprehender al señor José María Godoy, Marcos Luna, Félix Rivera y Francisco Escobedo, habiendo escapado Desiderio Vargas.

Se puede decir que éste fue el único enfrentamiento más tenso que hubo entre vecinos enmarcados de los bandos de pugna. El Teúl recibió siempre el ataque de las fuerzas revolucionarias y tomó desde entonces la fama y la definición como pueblo al lado del gobierno, por lo que aunque hubiera habido aquí personas muy inclinadas a la parte cristera, no lo manifestaron, o no trataron de tomar parte en ninguna ofensiva contra los defensores del lugar por parte del gobierno y mucho menos contra los federales.

Aquel incidente de que se hizo mención, no tuvo mayores consecuencias. Las determinaciones del gobierno se llevaron adelante y los sacerdotes del lugar, Sr. Cura Ignacio Iñiguez y Pbro. Cipriano González suspendieron el culto público y anduvieron escondiéndose, primero en casas particulares y luego se alejaron de aquí, meses antes del primer ataque formal de los Cristeros.

El ahora párroco de Tapalpa, Sr. Cura D. Cipriano González, refiere aquellos últimos días de su estancia en el Teúl y del último acto culto público:

“La suspensión del culto fue el primero de agosto de 1926. Yo estaba ahí. Hubieras visto esa despedida… Cuando ya el Sr. Cura avisó que el templo quedaba al día siguiente cerrado. Era un gritar de la gente; el templo, la iglesia en la noche, repleta. Hubo una Hora Santa que fue lo último ya para recoger el Depósito Eucarístico. Una cosa tremenda. Eso de. No, a mí se me escalofría el cuerpo nomás de acordarme de ese día. 

Yo quería ya tanto a la gente del Teúl y la gente que me quería tanto también. El ver ya la cosa como rota, como destruida la amistad, el trato, el servicio de nosotros con el pueblo. Ah, se me hacía una cosa durísima. 

No, ya al día siguiente, el pueblo amaneció triste, la iglesia cerrada, el pueblo como un camposanto. A los cuantos días salió el Sr. Cura. Todavía duramos como unos cuatro o cinco días, pero no celebrábamos, no teníamos nada para hacerlo, ni tampoco una autorización por parte del prelado para administrar los sacramentos. 

Siempre ya empezamos a decir misa en las casas. Yo vivía entonces en la casa de Cuca Alatorre y ya empecé a salir por ahí con mucho reserva a decir misa en las casas; no, espérate, vivía en la casa de Pancho Arellano, junto a la casa de Primo, su esposa doña Primitiva. 

Así vino el día en que me aprehendieron. La orden aquella de Barba González de que todos los padres tenían que estar registrados. Entonces nombraron de párroco al Teúl, para que se registrara en Zacatecas, al Sr. Cura Trinidad Mora; mientras llegaba don Trinidad para entregarle o para que me dijera a dónde me iba o para que me quedara… 

Bueno, un día estaba oficiando en casa de las Chávez, Gabriela y Aurora. Ya allí llegaron por mí. A un Dominus vobiscum, los vi ya en el zaguán.  Era Francisco González, pos de la defensa. Ya era entonces era presidente don Ezequiel Guzmán y su secretario don Jesús Grover. 

Me aprehendieron y me llevaron a la cárcel. Terminé la misa, fui a tomarme  un amargo, porque ya no desayuné y a la cárcel. Ellos querían ponerme en el curato, con los agraristas, pero opinaron que no, mejor en la cárcel, en el cuartel, con los soldados y con la orden terminante que le dieron al Capitán Zapata que tenía el mando del pelotón, que no dejara entrar a nadie. 

Pero dónde se iban a aguantar los del Teúl. El primerito que fue a verme que se metió si no por la fuerza, sí tuvo que hacer muchas pesquisas  para entrar, fue Juan Castañeda, chico. En seguida fue Jesusita Estrada, de quien tengo recuerdos imborrables; me llevó cama,  me llevó todo lo que necesitaba. 

Me tuvieron ahí catorce días, pero los capitanes, David Lira y Zapata dieron licencia de que entrara toda la gente. Me quisieron muchísimo los soldados que ya después se iban a jugar brisca conmigo ahí al cuarto. 

El primer día dijeron que me iban a matar. El segundo día en que continuaba el temor de que me sacaran a media noche a fusilarme, las mujeres,  los Chávez, las Damián, Nacha Campos, se pusieron todas de acuerdo, se metieron a mi cuarto y no se salieron en toda la noche pero no me dejaron dormir porque aquello estaba apretado de viejas. 

Después de eso, a los catorce días, el Sr. Alvarado, Vicario General de la Mitra movió influencias en México y de Sánchez Román llegó la orden por radio-comunicación. Entonces ya me llamó Ezequiel y me dijo: Aquí está ya el anuncio de su libertad, pero se sale inmediatamente de aquí del municipio. Yo le dije: mira, me voy a salir porque ya tengo el oficio del Sr. Orozco que me manda a otra parte… Porque sabes, Ezequiel era de mis músicos, de la Misa de la Divina Providencia  cada mes, gente buena, y por eso tenía confianza de hablarle así. La orquesta que tenía entonces, una orquesta muy buena que tenía en la iglesia lo contaba a él entre sus mejores músicos. Por eso. Me había mandado el Sr. Orozco a Mazatlán, vicaría de Zapotlanejo. 

Me salí y al día siguiente me buscaban para que fuera a entregar por inventario lo del templo; que los libros y que los ornamentos y que los santos; pos ya qué quedaba de todo eso, ya se lo habían acabado todo. 

Yo salí  al rancho de don Leocadio Sandoval, porque ya no quise alargar la separación. Había muchas esperanzas para entonces de que se volviera a reanudar el culto y mientras anduve  por las casas, anduve haciendo preparativos dizque para arreglar el templo muy bonito para el día que se abriera el culto. 

Pues total que tenía que salir y dejar aquellos preparativos. Fui con Nacha Campos y le dije: mire, Nacha, aquí están todas estas cosas que se mandaron a hacer. Vamos a arreglar el templo, ora verá qué bonito. Vamos a arreglar el altar, vamos a poner esto y vamos a poner lo otro. Y acuérdese de estar apurando a las muchachas para que se preparen todas sus vestidos blancos, no vaya a suceder que de pronto nos den la noticia de los cultos y todavía no tengan todas sus vestidos. Trataba de darle idea cómo íbamos a poner las cosas, pero sin hacerle saber que yo ya estaba destinado a otro lugar. 

Primero me fui del rancho de Los Correa. Uy, Basilita, las muchachas, Juan Manuel, José de Jesús, ¡qué familia tan buena! ¡Cómo me cuidaron durante toda la Revolución! Pero no, esta vez tuve miedo que la gente fuera a seguirme, como el rancho está muy cerca del pueblo, Total, me fui al rancho de don Leocadio Sandoval, y de ahí salí para Guadalajara. Hubieras visto el cuadro de todos los rancheros de Santa Ifigenia. Los hombres se recargaban cada quién a un árbol cuando me vieron montar ya a caballo y se pusieron a llorar a grito abierto; las mujeres ya ni se diga. Todo aquel cuadro me hizo a mí también soltar el llanto y ai vengo a llore y llore que no dejé de hacerlo hasta que llegué a la Estanzuela. 

Hasta entonces me di cuenta lo que significó el Teúl y cómo se entrelazó ese afecto, precisamente porque viví con la gente aquellos sustos, y aquellas amenazas, la muerte de tanta gente, el dolor, la pobreza en que quedaron las familias…” 

Por no entrar en una relación detenida en este calvario que vivió el Teúl en esos años, los ataques, el incendio del pueblo, la evacuación de los vecinos con plazos perentorios, las arbitrariedades y excesos de que se hizo víctima inocente al vecindario, por parte de los bandos contendientes; todo lo cual no contribuiría sino a revivir un escozor que el tiempo ha apagado; la hostilidad mal disimulada que llegó a existir entre los pueblos que encabezaron de alguna manera las partes en conflicto. Si en buena hora se ha superado esa situación para el acercamiento que debe existir entre los pobladores de la comarca, no queda ahora sino anotar como testimonio histórico, como registro de hechos que deben guardarse en la relación de acontecimientos memorables, las fechas exactas en que tal o cual incidente tuvo lugar.

Alguna vez, cuando las pasiones se hayan apagado del todo y la distancia de los hechos al margen de miras personales, pueda darles su perspectiva exacta, tendrá que escribirse el desarrollo de la lucha cristera en estos pueblos, con los sucesos particulares, el encarnecimiento, el enardecido furor con que se persiguieron mutuamente los dos partidos.

El Beato Padre José Isabel Flores Varela, sacrificado en Zapotlanejo, Jal., el 21 de junio de 1927, y beatificado por el Papa Juan Pablo II el 22 de noviembre de 1992, es otro de los hombres egregios del Teúl.  Su nombre figura hoy en la lista de los bienaventurados de la Iglesia Universal.

El relato, habrá de hacerse sobre el esquema de las fechas que presentamos aquí, fechas que corresponden a los momentos cruciales de la lucha:

1 de agosto de 1926, suspensión de cultos,

25 de febrero de 1927, primera quemazón,

3 de febrero de 1928, segunda quemazón,

5 de marzo de 1928, tercera quemazón y destrucción de la torre,

En mayo de 1928, últimas fincas quemadas.

29 de junio de 1929, reanudación del culto.

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4 comentarios




  1. Que bueno que ya hemos cerrado este ciclo



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