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Los Templos

c)   Los Templos

Cuando se hizo mención de los trabajos realizados por don Filiberto Alatorre en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, se habló de la antigüedad de este templo, tomando como referencia una fecha, 1745, que aparece grabada en el muro posterior, al exterior. Con la fecha aparece también el nombre de Sebastián, lo que hace pensar si acaso se trate de una lápida que se tomó del cementerio que estuvo aquí, como se acostumbró entonces, y que los deudos de Sebastián por conservar su recuerdo hayan hecho que se incrustara esa piedra en el muro del templo que para entonces debió tener tal vez un siglo de construido.

Porque en el estudio sobre el Partido de Tlaltenango que hemos venido citando, los ingenieros Matute que recorrieron, observaron, registraron, analizaron, todo lo que encontraron a su paso, dieron con las campanas del Santuario que había en aquel entonces y de ahí  sacaron conclusiones precisas sobre la antigüedad de este Santuario.

“Al frente de la parroquia del Teúl está una pequeña callejuela que conduce al frente de la pequeña iglesia del Hospital que se halla casi abandonada y que revela ser muy antigua y fundada por los franciscanos, pues tiene las armas o escudo de esta comunidad, que son el brazo con manguillo y el desnudo, y aunque en dicha capilla no hay un ninguna fecha visible, la campana tiene 1570 ó 1670; la primera fecha casi confirma lo que dice la historia, que muy al principio de la conquista después de la toma del Mixtón, los franciscanos se establecieron en el Teúl”.

El P. Nicolás Valdés en su documentado estudio histórico que honra este libro, da noticia de la visita pastoral que en enero de 1673 practicó el Sr. Obispo D. Francisco Verdín, ocasión en la cual visitó el hospital de la Purísima Concepción e inspeccionó el libro de cuentas. Que en esta misma visita se dejó constancia de los dos altares colaterales del templo parroquial, funciones que indudablemente  realizaba el actual Santuario ya que el actual templo parroquial comenzó a ser construido el año de 1772, por Fray José Gutiérrez a quien ayudaron eficazmente en los importantes trabajos, Fray Francisco Pazos y Fray Manuel María Marentes. Siguieron trabajos, Fray Simón Sánchez, Fray Manuel Ballesteros, Fray Antonio María Covarrubias, Fray Juan José Haro, todos religioso franciscanos, hasta el año de 1800 en que tocó a Fray Nicolás entregar la administración parroquial al clero secular, que empieza a hacerse cargo del curato con el Pbro. Juan Lucas Robles originario de este lugar; le siguieron en 1803 José Vicente Besares, luego el Pbro. Lic. Gregorio Alonso y Valle, hasta 1806 en que recibió la parroquia D.  José Norberto Pérez que permaneció aquí hasta el año de su muerte, 1821. A él, según reza la inscripción puesta al pie de su retrato que conserva la sacristía parroquial, se debe la terminación de la iglesia y casa cural.

A don Norberto Pérez le tocó hacer frente a los trabajos de colocación de bóvedas que a la altura majestuosa de los muros, debieron suponer muchas dificultades y un avance muy lento y costoso. Todo esto se hizo mientras se fraguaba la Independencia de México, y la incertidumbre, y las amenazas, y la presencia en la región de combatientes de un bando y de otro, no propiciaba ciertamente unas condiciones adecuadas para obra de tal magnitud.

Una vista del Santuario donde estuvo el hospital de los indios a la fundación del pueblo y donde se edificó la primea capilla, antes de la construcción actual que sirvió de templo parroquial hasta fines del siglo XVIII

Sin duda que el estado que vivía toda la Nación hizo que se resintiera especialmente  en los pueblos una grave crisis económica y careciendo aquí de la ayuda de los feligreses en la medida en que lo necesitaba, y presionado por la obra misma que no podía dejarse a medio camino, el Sr. Cura D. Norberto Pérez tuvo en el Mayordomo que dirigió los trabajos un apoyo muy grande por cuanto que éste, que debió ser persona de posibles, se hizo cargo del pago de  la raya semanal a los albañiles y operarios del trabajo; pero luego tuvo que verse en angustioso trance para cubrir, por su parte, al Mayordomo, el monto acumulado de lo que él había invertido.

En tales circunstancias no le quedó más remedio que acudir al Obispo de la Diócesis, entonces el Excmo. Sr. don Juan Cruz Ruiz de Cabañas, para que la ayudara a hacer frente a los gastos de la construcción. En forma especial le pide autorización para disponer de las aportaciones de los fieles que reciben un sacramento determinado, para aplicar ese dinero al sostenimiento de los trabajos.

En el archivo de la Arquidiócesis de Guadalajara hay una comunicación del Sr. Cura Norberto Pérez que establece en alguna manera la tirantez de recursos en que se está trabajando, y pide ayuda al Ilmo. Sr Cabañas.

Detalle del nicho que corona el frontispicio del Santuario, con la escultura de la Inmaculada que tuvieron por patrona todos los hospitales de indios y el escudo franciscano de los misioneros que vinieron aquí.

Estos son los términos del documento:

Ilmo. Sor Dr. Juan Cruz Ruiz de Cabañas:

Muy reverendo señor: Están en mi poder veinticinco pesos de la dispensa de Dn. Dámaso de Robles y Da. Josefina Herrera y aunque en el superior despacho se indica que lo que les imponga lo ponga en poder de Dn. Eugenio Moreno, no lo hago ahora por suplicar a V. S. Ilma. Como debidamente suplico tenga la bondad de aplicarlos a la obra material de esta Parroquia así como las que en lo sucesivo se causaren.

Igualmente suplico a V. S. Ilma. en vista de las graves necesidades con que se está construyendo dicha Parroquia y estar ya debiendo cantidad de dinero al Mayordomo que sigue costeando la raya semanaria, aplicar todos los derechos de fábrica espiritual existentes y futuros, sacando solo los gastos necesarios de ella pues con los quinientos que de ésta se dignó V. S. Ilma. aplicar en fines de mayo del corriente año, tomé pagar al Mayordomo lo que había puesto ya de su bolsillo quedando siempre en la misma necesidad la que espero socorra V. S. Ilma. con mis súplicas en la presente.

Dios Nuestro Señor guie la importante vida de V. S. Ilma. Teúl Agosto 16 de 1809.

Exlmo. de V. S. Ilma. Su más rendido subdo. Servidor y capellán.

José Norberto Pérez.

Treinta años después de la muerte del Sr. Cura Norberto Pérez acaecida el 10 de enero de 1824, se da cuenta en el archivo parroquial de las condiciones en que se encontraba el interior del templo y de las limitaciones económicas que tenía  que soportar el párroco, no ya para continuar los trabajos y colocar los altares que convenían a la grandiosidad del edificio, sino para su sostenimiento mismo.

Se trata del Sr. Cura don Bernardo Fernández, quien con detenidos pormenores y angustiosas expresiones, informa así a sus superiores eclesiásticos:

Ciertamente el estilo de la torre que fue construida años después de terminado el templo, no corresponde a las líneas de la majestuosa fábrica. El vecindario no repara en ello y ama su templo con todo el corazón

 

 

Esto fue a finales de mil ochocientos. Dijo el párroco, D. Agustín Rosas: es necesario construir la torre de tan magnífica iglesia. No puede haber un pueblo sin torre, porque sin ella no hay pollada. Y venciendo obstáculos y violenta oposición de algunos truhanes, trajo a don Feliciano Torres de Zacatecas que por dos mil novecientos pesos se comprometió a construir esta única y  y singular torre que enorgullece a nuestro pueblo.

“La iglesia parroquial de esta Villa me fue entregada con solo un altar portátil, puesto enmedio del pavimento de la iglesia. El altar mayor empezado, teniendo únicamente dos tercias de vara de altura; el fondo, que recibí para construir éste, consiste exclusivamente en seiscientos cuarenta y tres pesos, y una parte de la piedra que debe invertirse. Dados estos recursos, no se cuenta otro de soportar ni cubrir el compromiso de la obra, pues ésta tiene deficiente mil cien pesos que concluida adeuda a los arquitectos; dos terceras partes de piedra que me faltan, el acopio de cal, en cuyo material estoy gastando semanariamente veinte y aun veinticinco pesos, material que además de ser tan caro no rinde nada por su mala calidad. A más de esto debo considerar los gastos de dorado y pintura, siéndome preciso tener que componer algunas bóvedas de la iglesia y sacristía.

Para llevar adelante esta empresa me ha sido forzoso arbitrarme algunos recursos, siendo el principal la piedad de los fieles a que he ocurrido proporcionándoles medios fáciles y seguros de realizarla. Al efecto, he abierto una suscripción voluntaria de los principales vecinos de esta Villa, lo que me ha dado resultado una… (Palabra ilegible) que me produce diez y seis pesos cuatro octavos cada quince días.

A continuación de ésta abrí otra de mujeres, la que no surtió efecto por razón de que sus padres o maridos eran contribuyentes; ocurro a los infelices a los que conozco y sé que al paso que crece su pobreza se aumenta su piedad, los invito con proponerles que cada uno me de un solo octavo los domingos, cuando venga a Misa; he procedido de esta colectación que personalmente hacemos yo y el padre ministro, colectando el padre en la Misa que yo celebro, la miserable cantidad de ocho, nueve o diez reales y colectando yo, en la que celebra el padre, diez, doce o catorce reales. A la elevada consideración de UU. SS. Dejo si estos recursos serán suficientes para salvar los compromisos.

El elegante pórtico del templo tiene en los elementos de que está compuesto, detalles expresivos que hablan del buen gusto, del temperamento y hasta la vegetación característica de la región. Vale la pena un estudio cuidadoso de todos esos elementos.

La sacristía de esta parroquia se encuentra totalmente sin paramentos sagrados, pues me bastará decir que una casulla blanca, servible y que es la más necesaria, no se encuentra para celebrar. La casa cural se halla en estado de ruinas, contando únicamente con una sala, dos recámaras, una asistencia, la pieza de la Notaría, y una cocina toda servible, aunque sí muy maltratada. El resto de la casa, unas piezas están enteramente caídas y otras al arruinarse enteramente. ¿Qué dinero me será suficiente para hacer estos reparos? ¿Y de dónde lo tomaré? un pobre cura, con un beneficio cural a la verdad, pero muy pobre y miserable, como es el mío que me haría no sólo tocar a las puertas de la indigencia, sino que aun me cubriría de una miseria inflamante, como en muchos años me ha sucedido y lo peor es que fue después de servir los curatos de Toluquilla, Mazamitla y San Cosme”.

Según parece, trata el señor Cura Bernardo Fernández, con todo este lloroso cuadro, que se le autorice la venta de doce solares de la Cofradía del Santísimo Sacramento ya que sigue diciendo en su exposición que las personas que arriendan esos terrenos no pagan la suma  convenida y aun tienden a usurparlos. Saca cuentas y dice que de su producto, unos quinientos o seiscientos pesos, se obtendría por réditos al 5 por ciento, la suma anual de ciento veinticinco a ciento treinta pesos…

Al parecer aquí andan todos los propósitos de esta carta tan lamentosa, pues no cabe aceptar que el curato apenas construido, con veinte o treinta años de uso, esté en las deplorables ruinas que se pintan en la misiva de don Bernardo Fernández, ni que las bóvedas del templo, apenas terminadas, tengan necesidad de una reparación propiamente, sino acaso de alguna restañadura o acabado en partes donde pudo quedar algún trabajo defectuoso.

El altar mayor del templo tal como quedó inicialmente: el templete más bajo y una conformación del altar distinta a la de ahora. Los adornos mismos y las cortinas de los altares laterales, muy característicos de aquellos tiempos.

Sin duda que el párroco es recto y bien intencionado, pues no se ha atrevido a hacer nada por su cuenta, y quiere que los superiores eclesiásticos lo autoricen a vender esos terrenos, acaso por salvarlos verdaderamente del riesgo de algún aprovechado que en aquellos momentos en que se fraguaba ya la embestida que despojó a la Iglesia de sus bienes, trataba de quedarse con ellos; o acaso porque quería en efecto disponer de una cantidad segura para continuar las obras del templo.

Con detalles interesantes continúa don Bernardo Fernández su exposición:

“En estos días me han ofrecido los herederos del Sr. Cura Eulogio Guzmán, ( fue cura por 1852; esta carta está firmada en 1854) entregarme cuatrocientos cincuenta y cinco pesos, cantidad en que el expresado señor cura Guzmán vendió un terreno llamado La Labor de Acasquillo, perteneciente a la Archicofradía del Santísimo, con la obligación  de poner a réditos los cuatrocientos pesos en que vendió la referida Labor de Acasquillo, más como quiera que este señor no cumplió con lo dispuesto, sino que retuvo hasta la muerte en su poder los ya referidos cuatrocientos pesos, sin imponerlos a réditos, de aquí resulta que los herederos pagando esto, la suma asciende a la cantidad que me ocupo, siendo cuatrocientos el valor y cincuenta y cinco los réditos vencidos en dos años nueve meses. Pagados estos, ruego a esa Superioridad me ordene desde ahora qué inversión podré dar a esta suma y juntamente a la que produzcan los doce solares del Santísimo en caso de que se me conceda licencia de enajenarlos..”

Las ponderaciones de esta comunicación, como se ha dicho, están encaminadas a obtener el permiso necesario para la venta de los solares que  pertenecían al curato y formaban toda la manzana donde  actualmente quedó enclavado. Y debió tener noticia en esos años de las intenciones que se tenían de tomar aquella propiedad, pues años adelante estuvo notificando ya a sus mismos superiores del reparto que hizo don Jesús González Ortega “del corral y algunas cosas pertenecientes a la casa cural”.

Las a autoridades de la Diócesis entendieron y atendieron a las sugestiones del párroco y antes de dos años se anota en el Libro de Gobierno que venimos revisando, un asiento del tenor siguiente:

“En veintitrés de enero de mil ochocientos cincuenta y seis, yo el Pbro. don Bernando Fernández, cura párroco de esta feligresía, previa la superior licencia del gobierno eclesiástico, vendí a don Pedro del Mercado uno de los tres solares que formaban el antes llamado cementerio de esta iglesia parroquial, en la suma de sesenta y seis pesos, cuyo dinero he recibido y corresponde a treinta y seis varas frente al solar de sur a norte, a razón de dos pesos por vara, según valúo de perito aprobado por el superior de gobierno eclesiástico, cuya licencia original aparece en poder el expresado don Pedro del Mercado, la que exigió de mi parte para su mayor seguridad”.

En la misma forma hay constancia de venta de otro solar a don Víctor Suárez, con fecha 9 de febrero de 1856, aunque vuelve a mencionarse este señor, años adelante a propósito de una casa donde el Sr. Cura Eulogio Guzmán (año de 1852) estableció una escuela de niños; luego hace saber don Bernardo Fernández que “de dicha casa se apoderó don Víctor Suárez, más de la manera que lo hizo no sé, y me ha sido imposible averiguarlo”.

Como fuere, por esta vez, tiene ya el producto de tres solares y trata de que sus superiores le indiquen qué aplicación ha de dar ese dinero. Aquí la comunicación eclesiástica al respecto:

“Señor Cura del Teúl.- Impuesto del oficio de usted del 15 del actual, contestó: que puede usted con los ciento setenta y tres pesos, procedentes de los tres solares del antes llamado cementerio, emprender los gastos necesarios para la reparación de los ornamentos que tanto necesita esa parroquia. Por lo que hace a la suma procedente del mueble de San Antonio, ya en comunicación anterior dije a V. que como la donación de dicho mueble se había hecho con el único y exclusivo objeto de fomentar el culto de dicho santo, no podría dársele otra inversión sino es que la persona donante consintiera en que se hiciera el gasto de la compostura del altar y demás cosas pertenecientes al expresado culto. Por lo mismo, si esa persona conviene en que se haga el gasto como quedó expuesto, puede usted verificarlo que también le concedo licencia.

Dios Nuestro Señor guarde a usted muchos años. Guadalajara. 28 de marzo de 1856. Pedro, Arz. De Guadalajara”.

Don Bernardo Fernández fue cura propio de esta parroquia por espacio de trece años, de 1855 a 1868, tiempo en que se realizó infatigable acción en el fomento del culto, en la propagación de la doctrina cristiana y la práctica de la vida piadosa, tanto como en la realización de aquellas tareas, materiales que pedía el templo que le dejó don Norberto Pérez apenas en bóvedas, pero todavía sin enjarres, sin su correspondiente altar terminado, sin torre.

Y así como pintó un cuadro desolador de abandono y pobreza cuando trató de obtener licencia de sus superiores para disponer del producto de algunos bienes de la Cofradía del Santísimo como de los solares que rodeaban la casa cural, al retirarse, para entregar la parroquia a su sucesor, da un informe muy suscrito de todo lo que tiene y todo lo que deja.

No es posible transcribir inventario tan prolijo; espigamos aquellos renglones que convienen el caso, para dar una idea de las condiciones materiales en que se entregaba el templo parroquial al señor cura Domingo Rosas:

“Altar mayor y presbiterio: Altar mayor de piedra estucada dorado en muy buen estado. Un cuadro grande de la Santísima Trinidad (buena pintura) con su marco dorado y su ráfaga dorada. En  el nicho principal,  con su vidriera muy buena, un bastidor estucado y dorado, con una imagen grande de muy buena escultura, de la Purísima Concepción,  con un ropaje de talla, sus sarcillos de piedras finas y un arco de flores, todo nuevo. Cuatro arbotantes de metal dorado que sirven al mismo nicho. Dos bustos de medio cuerpo, colocados en los medallones laterales del altar; uno de San Pedro y otro de San Pablo. En los mismos laterales y en sus peanas, estucadas y doradas, dos imágenes grandes de muy buena escultura y nuevas, una de Señor San José, con un ropaje de talla, con floreo de oro y plata, y otra de San Juan Bautista, con vestido también de talla.

El altar mayor tal como aparece ahora, con  su porte majestuoso y lleno de luz y con una desnudez y austeridad que es la misma de los espacios abiertos y luminosos de esta región y del carácter de estas gentes.

El templete con sus cortinas de tela de seda nuevas, su peana grande de madera estucada y dorada y un arco de flores de lienzo en un muy buen estado. Dos ángeles grandes de escultura y vestidos de talla, con sus peanas pintadas, todo en muy buen estado.

Diez y seis ramilletes de flores de lienzo de bastante uso. Un santo Cristo de regular tamaño, de muy buena escultura, con una cruz y peana de madera maqueados.

Doce candelabros grandes de madera, maqueados. Dos visos para el sagrario, uno nuevo con su buena pintura, su vidrio y su marco dorado y otro de bastidor forrado en raso usado pero en buen estado. Una ara nueva, con sus correspondientes reliquias sagradas, con su paño también muy bueno.”

Conviene retener mentalmente esta descripción tan abundante en datos sobre la riqueza artística y de imágenes de tanto mérito como la de la Purísima que estuvo en la parte principal del templo, para unos años adelante, cuando en la abominación de este templo se dé cuenta del estropicio sacrílego y arrasamiento y destrucción  de todo, consumados por Antonio Rojas.

Sigue el inventario en muchos detalles que eliminamos, para traer solamente la relación de imágenes que pone en el capítulo dedicado a la sacristía:

“Una imagen grande (crucifijo) del Señor de las Aguas, con su cendal de tela  en lino, corona y cruz todo nuevo. Una imagen grande de escultura de regular tamaño de Sr. San José, con ropaje de raso y galones viejos; corona de papel, vara, nuevas. Una imagen grande de escultura, nueva, de Nuestra Señora de los Dolores, con todo el ropaje de tela de seda, con sus respectivos galones de oro, ya usados, daga y resplandor de plata, también ya usados. Dos cuadros grandes de muy buena pintura y muy antiguos, uno de Santa Rita y otro de Santa Gertrudis, con sus marcos dorados, muy viejo todo. Un retrato al temple, colocado en la pared, del memorable Sr. Cura D. Norberto Pérez.”

Sigue el capítulo de ornamentos con la enumeración de los que tiene la parroquia y luego pasa al curato donde hace una descripción del estado de sus piezas y dependencias de servicio. Este inventario tiene fecha del 8 de julio de 1866, con firma del Pbro. Bernando Fernández que entrega y del Sr. Cura Domingo Rosas, que recibe.

Conviene notar con respecto de las pinturas de Santa Rita y Santa Gertrudis que se mencionan como “cuadros muy antiguos” ya para esa fecha, que éstos con el crucifijo del Señor de las Aguas, sea quizá lo único que se conserve a estas fechas después de por lo menos dos embestidas salvajes que ha sufrido la iglesia parroquial con todos sus objetos de culto y algunos de indiscutible valor artístico. En el caso de las pinturas mencionadas que llenas de lamparones y decoloradas andan por ahí, al observarlas detenidamente el señor Ignacio Ramírez, pintor y restaurador muy ameritado de Guadalajara, dijo que los angelitos, particularmente, son de tal gracia, hay una delicadeza sonrosada y tal belleza en el conjunto, que Rubens no habría dudado en firmarlos como suyos.

De todo lo que dejó apuntado don Bernardo Fernández se colige que al entregar él la parroquia ésta ofrecía ya un aspecto muy decoroso y hasta un cierto lujo en lo que se refiere a la belleza, calidad y riqueza de sus imágenes. Sin duda que trabajó con mucho ahínco y supo disponer con mucha inteligencia de los recursos económicos que le proporcionaron los fieles para dejar las cosas como las dejó.

Unos diez o doce años después, cuando don Juan Ignacio Matute visita, estudia, observa y toma datos sobre el Partido de Tlaltenango, deja una descripción del templo, de su altar y hasta de la torre que ya para entonces había terminado el Sr. Cura Rosas, pues según dice Francisco Valera, se inició el trabajo de la torre el 15 de noviembre de 1875, con la dirección del arquitecto don Feliciano Torres.

El Ing. Matute que vio todo aquello, lo describe así:

“En la parroquia del Teúl hay un buen altar de orden corintio, adornado con estatuas de mediano mérito que representan a la Purísima, San Juan Bautista, patrono de la población, San José, San Pedro y San Pablo, siendo estas dos últimas las más bien acabadas.

La iglesia del Teúl es espaciosa, con buena luz, bien construida y cubierta de una bóveda que tiene solidez y gracia; por no dejar, los cruceros no corresponden en su anchura con la nave principal, así es que el cimborrio que se eleva en la intersección no hace armonía con el resto del edificio. 

La torre de esta parroquia, de construcción moderna, se hizo mientras fue cura el Señor de la Rosa que dejó buenos recuerdos entre sus feligreses; dicha torre es de orden compuesto con adornos del renacimiento y un airoso remate que termina en una cruz de fierro en donde está asegurado el para-rayo. Hay también un reloj en dicha torre de cuyo mérito no se puede juzgar por no estar bien atendido”

Por lo que hace a la construcción de la torre, en el Libro de Gobierno de la parroquia hay datos interesantes que muestran todo el proceso de la obra. En cuanto el reloj público que vio Matute en la torre, hay que decir que de éste no quedó nada en los azares que ha vivido el pueblo en las sucesivas luchas revolucionarias y que el que se tiene actualmente fue comprado por el Sr. Eduardo Villegas Sandoval, en la segunda vez que fue presidente municipal, año de 1931, contando con la aportación voluntaria de todo el vecindario.

Imagen de San Juan Bautista. Patrono de la población que no es ciertamente de las más antiguas de la parroquia y lamentablemente tampoco goza de una veneración acorde al título secular que tiene en el pueblo.

El Sr. Cura Domingo Rosas sólo duró cinco años al frente de la parroquia y así alcanzó a realizar el trabajo de construcción  de la torre, para lo cual comienza por presentar el proyecto de la obra y pedir la aprobación de las autoridades de la Diócesis, según se lee en el comunicado siguiente:

“Sr. Cura don Domingo Rosas: Damos contestación a dos oficios de U., uno de fecha 13 y otro 14 de los corrientes, diciéndole que hemos visto el diseño que U. mandó hecho por el perito que se ha comprometido a construir la torre y así mismo el tanto o copia del contrato que éste ha celebrado con la Junta de Vecinos presidido por U. y todo es de nuestra aprobación , celebrando el laudable empeño de aquellos buenos fieles para cooperar a la mayor hermosura y decencia del templo de Dios, no menos que el celo de U. para aprovechar tan favorable circunstancia. Sólo tenemos que recomendar a U. que vigile constantemente esa importante obra para que vaya haciéndose desde un principio según las mejores reglas de construcción  para que se logre tenga con la bella forma que presenta el diseño, la firmeza y duración necesarias y se aprovechen los sacrificios de los fieles. Dios Nuestro Señor… Guadalajara, 21 de abril de 1873″.

No vuelve a ser mencionada en el Libro de Gobierno la obra que se realizó con una rapidez increíble, pues en menos de dos años y con las limitaciones técnicas, con la estrechez económica de aquel tiempo, es verdaderamente sorprendente el empeño del vecindario y el impulso y dinamismo del párroco que sacó hasta el fin los trabajos de la torre.

Por lo que luego se ve, no solamente tuvo entusiasmo al Sr. Cura Rosas en los trabajos materiales, sino que tomó empeño en el establecimiento de una escuela para niños, aspecto que por aquellos tiempos estaba sumamente descuidado, como podrá verse en lo relativo a los edificios primeros que sirvieron de escuela en la población.

Como fuere, el Sr. Rosas quiso establecer por cuenta de la parroquia un pequeño colegio y sus superiores lo felicitan y lo animan a poner el mayor interés en su funcionamiento:

“Por el oficio de usted, quedo entendido de que se han vencido ya las dificultades que al principio encontró para el establecimiento de un pequeño colegio en ese lugar y espero que no dejará de la mano este negocio puesto que estoy persuadido de que será muy útil para despertar por ese rumbo en la juventud la inclinación al estudio. Por separado se le darán a usted las instrucciones sobre las bases y métodos que convendrá adoptar para dicho colegio, consultando en todo a la sencillez para que sea realizable el proyecto y el buen resultado. Dios Nuestro Señor. Guadalajara, 28 de  septiembre de 1872, Pedro, Arzobispo de Guadalajara”.

Después de este párroco benemérito del Teúl, aparecen otros sacerdotes de quienes no hay alusión particular en los archivos parroquiales, hasta el caso del Sr. Cura Jesús Cárdenas designado a esta parroquia en 1888, que permaneció aquí  sólo por dos años y así construyó la capilla de Nuestra Señora del Refugio, según aparece en apuntes de Alfredo Vázquez del Mercado, en cumplimiento de una manda que prometió cuando estuvo a punto de naufragar cerca del puerto de Manzanillo.

Alguna confusión hubo de parte de las autoridades eclesiásticas cuando el Sr. Cárdenas solicitó permiso para esta construcción, pues aquellas mencionan como titular de la capilla a la Inmaculada Concepción  y se levantó en honor de la Virgen del Refugio:

“Sr. Cura D. Jesús Cárdenas. Concedo a U. la licencia para construir una capilla en honor de la Inmaculada Concepción en el cuadro que se forma con los muros del presbiterio y crucero del lado del Evangelio de esa Iglesia Parroquial, conforme al planito que se me remitió, siéndome relativo al último solemne novenario de Nuestra Señora del Refugio, Dios Nuestro Señor… abril 8 de 1888, Pedro, Arzobispo de Guadalajara.”

Antes de dos años está terminada la capilla, de altas bóvedas y una decoración muy digna y de gran mérito, con su imagen de la Virgen del Refugio en su nicho y tras de buena vidriera, realizada por un pincel muy delicado; y ya don Pedro Lazo, Arzobispo de Guadalajara, concedía licencia al Sr. Cura Jesús Cárdenas “para bendecir solemnemente la capilla de Nuestra Señora del Refugio, contigua al templo parroquial”. Esto se hizo constar en comunicación del 15 de febrero de 1890.

Unos meses después de esta ceremonia litúrgica que debió llenar de grandes consuelos el corazón de aquel párroco que cumplía con la construcción de aquella capilla, según se dice, una promesa hecha solemnemente y certificada expresamente en la inscripción puesta arriba en el remate del altar, frase que tomada de un salmo. “Tu fuiste mi refugio en la aflicción que me cercó”; unos meses transcurridos y muere en el Teúl el Sr. Cura Cárdenas, habiéndosele sepultado en una cripta honda que para el efecto había dejado, presintiendo acaso que no estaba distante su fin, abajo del altar de la capilla.

Viene a hacerse cargo de la Parroquia el Sr. Cura don Ramón Vélez quien estuvo en dos períodos, el primero de doce años, 1891 a 1903 y el segundo entre 1917-18, cuando huyó antes de ser aprehendido por órdenes del gobierno de Zacatecas, según el relato que hizo don Indalecio Chávez y que dejamos  anotado en páginas anteriores.

Don Ramón Vélez tomó entusiasta empeño en realizar algunas mejoras materiales al altar, conforme a la autorización  que para ello le otorga el Sr. Arzobispo en comunicado del 21 de julio de 1894: “concedo mi licencia para que se emprenda la mejora del altar mayor de ese templo parroquial; más es preciso que la obra se confíe a algún maestro inteligente para que quede bien construida y conforme al arte. ¡Devuelvo a usted el diseño que me remitió  y que supongo es lo que ya existe y necesita reformar, pues no creo que con cien pesos pudiera levantarse una fábrica así y además no se ve que esté conforme con las reglas del arte!”.

Seguramente que el Sr. Cura Vélez debió reconsiderar el plan de trabajo y encargar un diseño más acorde al diseño arquitectónico  que pedía toda la fábrica del templo, de manera que el altar viniera a entonar armónicamente el conjunto.

Fue este párroco un sacerdote de sincero espíritu apostólico, incansable en el trabajo y lleno de un grande amor a la Santísima Virgen, cuya devoción trató de fomentar en el vecindario. Prueba de esto  fue la construcción de dos capillas marianas, obra que llevó a cabo con sus propios recursos sin pedir la cooperación de los fieles; una fue de Nuestra Señora del Rosario al oriente del pueblo y otra de la cual sólo quedan parte de muros y  cimientos, en el Arroyo del Lobo o del Nogal, a Nuestra Señora de Lourdes.

Sacristía parroquial, de una amplitud y belleza que no haría mal papel como sacristía de una catedral. En primer término una hermosa talla de San Miguel que debió haber sido muy antigua pero que ya no existe.

En el archivo parroquial se encuentra relación de los trámites necesarios para la construcción de la primera capilla en comunicación del Arzobispado de Guadalajara que dice así:

“Por la presente concedo a usted la licencia que solicita para edificar una capilla y casa de ejercicios en ese lugar, según el plano que remitió y desde luego lo faculto para que procede a la bendición de la primera piedra por sí mismo o por el sacerdote que usted designe… en cuanto a la clase de material que piensa usted emplear (adobe), no tengo que objetar y sólo le recomiendo que procure que la construcción sea lo mejor posible para conservación del edificio… Por lo demás, esta superioridad ve con grata satisfacción el desprendimiento de usted para realizar con sus propios recursos la obra de que se trata”. El comunicado tiene fecha 15 de julio de 1902.

Pocos años duró el culto de este capilla y muy limitado el funcionamiento de sus accesorias como casa de ejercicios, pues poco después, apenas unos diez años transcurridos, ya la encuentra en estado ruinoso el Sr. Arzobispo Orozco y Jiménez, el 22 de noviembre de 1913, en su primera visita pastoral, según queda asentado en el acta respectiva en que aparece la firma del Sr. Cura D. Cristóbal Magallanes que fungió como secretario de visita.

En esta acta se da un pormenor de todo lo que encontró y vio el Sr. Orozco en la Parroquia y en sus dependencias, y entre todas las anotaciones que se hacen, aparecen los párrafos siguientes destinados a la  Capilla del Rosario:

“Esta capilla, de siete metros de longitud, aproximadamente, situada al oriente de la población y enteramente en los suburbios, según informes del Sr. Pbro. Feliciano Leal, fue construida por el peculio particular del Sr. Cura D. Ramón Vélez, quien legalmente la cedió a la parroquia; hállase en abandono lamentable y amenazando ruinas las piezas contiguas. Aunque es verdad que no es indispensable para el culto, tanto por la distancia a que se halla del centro, como porque la población cuenta para sus necesidades espirituales con el templo parroquial y con el pequeño santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, bastante céntrico; sin embargo,  convendría interesar de algún modo a los vecinos más inmediatos de la misma capilla para que repararan algunos desperfectos causados por el abandono en que ha estado, cosa que puede llevarse a cabo con un gasto insignificante. Así podría conservarse por mucho tiempo esa donación  del Sr. Vélez y los vecinos recibirán alguna utilidad espiritual”.

El Sr. Cura Vélez tuvo que enfrentar situaciones difíciles cuando los vecinos de los entonces pequeños poblados de Florencia, Santa María y Huitzila pedían con instancia un sacerdote de planta. Muy cómodo hubiera sido para él abogar ante sus superiores para que se enviara a esos pueblos el sacerdote que pedían y así aligerar la enorme carga que suponía la atención espiritual, confesiones de enfermos, misa dominical con el ayuno eucarístico de aquellos años que tenía que soportar, tras de seis o siete horas de caminar a caballo, cuando iba a celebrar a Huitzila. Sin embargo, celoso en extremo del bien que reclamaban aquellos pueblos, cuando veía que no manifestaban la disposición sincera de respeto al sacerdote y de aprecio a los sacramentos, sino que eran llevados más bien de las ventajas que en el aspecto comercial les traía la permanencia de un sacerdote, se opuso en algunos casos con abierta entereza a que complacieran las peticiones de los pueblos mencionados.

Otro incidente curioso que le tocó a este párroco, por tantos motivos benemérito y con una personalidad y entrega sincera al servicio del pueblo, tuvo relación con la muerte de su antecesor, el Sr. Cura Cárdenas.

Debió enterarse por plática con los vecinos que en la capilla del Refugio habían sido depositados los restos del párroco constructor de esa capilla; debió conocer pormenores de su enfermedad, su muerte, los funerales y el momento en que tras de velarlo enmedio del duelo general, a la vista de todo el pueblo, revestido de los ornamentos sacerdotales y con el cáliz en sus manos “como si en el momento saliera a celebrar la misa”, fue así llevado al lugar donde tal como estaba, bajarlo a la honda cripta.

Se le ocurrió al Sr. Vélez que aquello no había estado bien así. Aquel cáliz pertenecía sin duda a la parroquia y estaba haciendo falta para el servicio del culto. Habían pasado ya seis años de que fuera sepultado el Sr. Cárdenas y bien se podría ya recoger aquel vaso sagrado para ponerlo al uso ordinario de los sacerdotes. No lo pensó mucho para dirigirse a sus superiores solicitando permiso para realizar aquella exhumación; sus superiores le contestan en los siguientes términos:

“Contesto a su oficio del 18 del corriente, diciendo a usted que de ninguna manera conviene hacer esa extracción que se indica del cáliz que está en el sepulcro del Sr. Cura Cárdenas (q.e.p.d.), pues esto daría lugar a murmuraciones y sospechas. Además, ya desde un principio se convino en que tal cáliz quedara sepultado con el cadáver de aquel eclesiástico”. Firma este comunicado don Pedro Loza, Arzobispo de Guadalajara, el 24 de agosto de 1897.

Por la forma precipitada en que deja el Sr. Cura Vélez la Parroquia cuando don Taide García le hace saber que tiene orden de aprehenderlo, no quedó en el archivo parroquial constancia precisa de la fecha en que dejó de ser párroco. En los libros aparece en 1918 don José Rosas; del 19 al 22 don Agustín Vargas y del 22 al 29 don Ignacio Iñiguez, un párroco que dejó también huella honda de su actuación, por el celo apostólico, la sencillez de su trato, la inocencia de su vida. Esto fue ya en tiempos de la persecución religiosa que dejó al Teúl el recuerdo doloroso de los ataques que sufrió de parte de los cristeros.

Cuentan las crónicas de un día, a primeros de marzo de 1928. Una chusma de forajidos enardecidos de odio irracional, quisieron raer el pueblo desde sus raíces. Comenzaron por dinamitar la torre, haciendo caer parte de su estructura y derrumbando también el crucero del templo, al lado de la Purísima. Fue un día de marzo. Soplaban un aire helado, el ulular del ventarrón anduvo corriendo por las calles de san Juan del Teúl.

A pesar de la suspensión del culto y de la persecución decretado contra los sacerdotes, es curioso encontrar en las anotaciones del archivo parroquial que ni por un año siquiera deja de aparecer el nombre de un sacerdote al frente de la parroquia quien, a salto de mata, escondiéndose en una parte o en otra, pudo estar proporcionando los auxilios espirituales que requería el pueblo.

La situación empieza a normalizarse con el Sr. Cura Ángel Valdés el año de 1935 quien primero desempeña sus funciones de ministerio en algunos domicilios particulares hasta que al cabo de algunos meses de ocultamiento, ya normalizando poco a poco los actos de culto en el templo parroquial.

El templo había quedado en condiciones de suciedad y envilecimiento apenas imaginable, pues durante la persecución se concentraron aquí los agraristas de San Lucas, con sus familiares que durmieron, cocinaron tranquilamente dentro el templo. Las imágenes quedaron destruidas, las paredes humadas, el curato lleno de estiércol de los caballos y en diversas partes llenos de pozos y de excavaciones profundas, aprovechadas según parecer para sepultar a los muertos de los agraristas en su choque contra los cristeros.

El Sr. Cura Valdés empezó a limpiar, restaurar, reponer y dignificar el templo y el curato en una acción verdaderamente admirable si se toma en cuenta el resfrío religioso en que habían quedado entonces los teulenses y la mínima ayuda que pudo tener el párroco a la mano.

La obra que le conquistó el reconocimiento de la feligresía fue la restauración de la torre que habían dinamitado los cristeros y que había quedado sosteniéndose en un equilibrio prodigioso. Fue una empresa de gran magnitud, no sólo en el orden económico, sino en la capacidad, pericia y conocimientos necesarios para que el trabajo de cantera resultara exactamente igual al de la parte que había quedado y para que al unir una con otra, se reforzaran entre sí y no fuera a resultar que la construcción nueva debilitara a la original. Un maestro cantero de Temastián, quien por cierto carecía de un ojo, hizo el trabajo con una admirable perfección artística y una seguridad técnica notable.

Grupo de jóvenes de la ACJM con el Sr. Cura D. Ignacio Iñiguez y el Pbro. Cipriano González. Entre otros pueden ser identificados: Fernando López, José Ma. Godoy, Manuel Cortés, Guadalupe Miramontes, Pedro Caloca, Jesús Rodríguez, Amado Bañuelos, etc.

Don Indalecio Chávez dice que don Eduardo Villegas en el segundo período de su gestión como presidente municipal, hacia 1930, tomó mucho empeño en la reconstrucción general del pueblo y pensando en la urgencia de reparar el daño de la torre, convocó a los habitantes del pueblo para elegir un comité que se encargara de reunir fondos y de la dirección del trabajo.

Este comité quedó integrado por el mismo don Eduardo Villegas como presidente; como director de la obra el Sr. don Ignacio Caloca Larios y como su ayudante el Sr. Indalecio Chávez.

Hemos preguntado al entonces Sr. Cura Valdés, hoy Canónigo de la Catedral de San Juan de Lagos sus recuerdos personales sobre este trabajo y sobre el comité y la cooperación del vecindario que menciona don Indalecio. Dice que sin duda fueron muy generosos los vecinos y con grandes sacrificios, dada la situación de penuria en que se encontraban, todas las gentes ayudaron con entusiasmo aunque no recuerda puntualmente la intervención de esas personas que se mencionan aquí. Por lo demás, los trabajos de la torre se hicieron el año de 1935 y 36 y para entonces era presidente municipal don Ignacio Cervantes. “A él si lo recuerdo muy bien; muy atento conmigo y muy servicial, me ayudó en las cosas que promoví. Era mi compadrito y no me olvido de él; no dejo de encomendarlo a Dios”. Esto dice el Cango. Valdés.

En otros aspectos, dio el Sr. Valdés importancia especial a la organización de asociaciones piadosas, comenzando por la integración de las cuatro ramas de Acción Católica recomendada instantemente por los Papas como un medio de restaurar la vida religiosa de México después de la persecución.

Entre los apuntes personales del Sr. Cura Valdés figuran las primeras directivas de aquellas asociaciones. Por ejemplo, el organismo de señores, llamado UCM, tenía por presidente a Catarino Muñoz, por secretario a Abraham Arellano y por tesorero a Fabián Magallanes; el organismo de jóvenes, denominado ACJM, tenía por presidente a Manuel Arellano, por secretario a Ignacio Ramírez y por tesorero a Antonio Espinosa. El organismo de señoras, denominado UFCM, tenía por presidenta a la Sra. Ma. de Jesús Godoy de Sandoval, por secretaria a la Srta. Catalina Muñoz y por tesorera a la Sra. Leonila Castañeda. Las señoritas, con su organismo llamado JCFM, tenían por presidenta a la Srta. Irene González y por tesorera a la Srta. María Sandoval. Todos estos apuntes corresponden al año de 1938.

Se fundaron otras asociaciones como la Adoración Nocturna de señores en la que llegaron a establecerse por lo menos en ocho turnos muy nutridos, al mes, contándose en esto con la actividad y el impulso ejemplar de don Catarino Muñoz. Otra asociación fue la del Apostolado de la Oración, en la que se menciona a Amelia Pinto, Herminia Caloca y Teresa Rodarte, como integrantes de la primera directiva. Y la asociación del Rosario Perpetuo con una directiva integrada por la Srta. Catalina Muñoz y las señoras Teresa Fabián y Ma. de Jesús Godoy.

Impulsó el Sr. Valdés la enseñanza del Catecismo, la devoción de los Viernes Primeros del mes y restauró la devoción o cultos especiales del Domingo Tercero que correspondían a la celebración antigua en el pueblo de una cofradía muy floreciente; se trata de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús cuya imagen aun existen en la Parroquia y sea tal vez la más perfecta y hermosa  de las que se tienen actualmente. De esta hermandad, refiere Alfredo Vázquez del Mercado, fue síndico en 1832, don José María Robles y Robles, padre del Lic. D. Tomás Ignacio Robles, abuelo de don Benjamín Robles Mercado.

A propósito de esta hermandad, una referencia entre paréntesis, nos lleva a decir que en el año que se mencionó, don José María Robles, como representante de la cofradía, compró  un solar a los indígenas del pueblo, en escritura que fue suscrita por el presidente municipal de entonces, don Felipe Cortés. Hacia 1857, aparece como síndico de la hermandad don Ignacio Correa. Todavía en este tiempo la fiesta se celebraba con mucha solemnidad precisamente los domingos terceros de cada mes, hasta que con el tiempo fue decayendo y se quedó solamente en los festejos exteriores que consistían en una semana de fiestas de toros, entre los domingos tercero y cuarto de enero, a las que se traían toreros de cartel que dieron fama a las fiestas.

Grupo de sacerdotes muy relacionados con el pueblo. Entre ellos, el entonces señor Cura Ángel Gómez, los PP. Jesús Sandoval y Cruz Arellano, los Sres. Curas Teodoro Ríos y Emeterio Jiménez; al centro el señor Cura Lic. D. Nicolás Valdés autor del sólido complemento documental del más viejo Teúl.

Casi cien años adelante, cuando el Sr. Cura Ángel Valdés pone todo su empeño en rehacer la vida religiosa, cultural y social del pueblo, ya no hay corridas de toros, pero él se empeña en fomentar algún tipo de espectáculo que divierta y cultive al vecindario. En el tiempo en que tiene como ministro auxiliar al Pbro. Salvador Neri y con su decisión y capacidad logran entusiasmar a la juventud en la preparación de obras de teatro que se estuvieron presentando en ese tiempo con alguna periodicidad; se trató siempre de obras serias, bien elaboradas, en las que se escenificaba algún momento de la historia o se ponían de relieve las cualidades de algún personaje memorable.

Un apunte en el archivo particular del Sr. Valdés, escrito de puño y letra de Catalina Muñoz quien juntamente con la Srta. Clementina Varela, llegaron a encargarse de la dirección de aquellas obras de teatro, da cuenta de las señoritas a quienes se ha invitado para la preparación de aquella obra que van a comenzar a ensayar: Consuelo y Herminia Castro, Refugio y Marta Sandoval, Agripina Gómez, Carolina Sandoval y Ramona Varela; “la otra yo la consigo; por lo pronto nomás esas mientras se vienen las demás del rancho”.

Sr. Cura don Ramón Vélez: desarrolló aquí una actividad notable en beneficio del pueblo. Estuvo en dos ocasiones, la primera de 1891 a 1903; la segunda entre los años 1917 y 18. Nació en Jamay, Jal., en 1852 y fue ameritado párroco de San Blas, Nay., desde el año de su ordenación sacerdotal, 1882, hasta 1891. Murió el 4 de junio de 1931.

Como información de una parte de las familias que por abril de 1937 había en el pueblo, traemos finalmente una relación de éstas, escrita de puño y letra del Sr. Valdés, a propósito de la campaña que hizo para que en los hogares fueron entronizadas las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen de Guadalupe, con una respuesta unánime de todo el vecindario, según puede advertirse en esta nómina de familias donde se tuvo la ceremonia:

Antonio González, Faustina Ramos, Bernardino Ortiz, María Damián, Tránsito Ávila, Juan Luna, Martín Nungaray, J. Lucas Ramírez, Antonia González, Alberto Bañuelos, Josefina Alcalá. Domingo Flores y Alberto Cervantes.

J. Trinidad Castañeda, Pedro Rivas, Isidro Campos, Manuel Sandoval, Manuel Nájar, Manuela Bobadilla, Ignacio Castañeda, Celso Tovar, Ma. Refugio Ávila, Pablo Hipólito, José Arellano, María Cortés, Ma. Refugio Caloca, Prudenciano Robles, J. Inés Sandoval, Ezequiel González, Braulio Rivas.

Bernardino González, Vicente Robles, Simón Ramírez, Abraham Cortés, Ma. Isabel Sandoval, Salvador Rodríguez, Pedro Mercado, Ma. Carmen Álvarez, Virginia Herrera, Ramón Sandoval, Martín Murillo, Tiburcia Cortés, Darío Luna, Manuel Acosta.

Rodolfo Varela, Marcelino Fabián, J. Jesús Robles, J. Guadalupe Candelas, J. Ángel Tovar, Francisco Varela, Indalecio Chávez, Epifanía Tovar, Juan Campos, J. Refugio Pérez, J. Refugio Ávila.

Pablo Miramontes, Teódulo Robles Jr., Miguel Serrano, Juan Sandoval, J. Trinidad Tovar. Ma. Refugio Luna, Benjamín Robles, Ma. De Jesús Rodarte, Teresa Rodarte.

Ricardo Uribe, Tomás Sandoval, Francisco Cortés González, Francisco Cortés Correa, Esteban Bobadilla, Gil Robles, Joaquín Rodríguez, J. Refugio Carlos y Norberto Lozano.

Aquí estuvo el Hospital de los Indios, en tiempo de la Evangelización del Teúl, y aquí estuvo la primera capilla que levantaron los franciscanos. El Archivo Parroquial guarda nombres, relación de bautizos y defunciones de aquellos siglos. Hoy, decimos a esta pequeña iglesia, el Santuario de Guadalupe, con este pórtico nuevo que le construyó D. Filiberto Alatorre.

Toda esta visión de la vida del pueblo y de sus gentes a propósito del templo parroquial y del santuario, sin duda alguna los edificios de mayor gallardía arquitectónica que tiene el Teúl, nos llevó a una serie de sucesos que corresponden a la influencia que en todos los pueblos ha tenido la Iglesia, y nos ha demostrado cómo la historia se liga tan estrechamente entre una y otra parte, de madera de tener que decir que el testimonio más sólido en el pasado de los pueblos, está en la actividad religiosa, en los templos, en el archivo de éstos.

En este aspecto puede decirse con satisfacción que la Parroquia del Teúl conserva un archivo muy valioso que ha podido sobrevivir a las sangrientas y encarnizadas luchas que han tenido el pueblo por escenario y que se han enderezado ferozmente contra el mismo pueblo y sus templos.

El libro más antiguo del archivo es de bautismos y comienza con el Auto de Visita del Sr. Ruiz Colmenero en 1649. Tiene este libro sobre la pasta de auténtica baqueta, la indicación: “Libro 2″; el primero sin duda comenzó más allá del siglo, pero se perdió. El libro de presentaciones matrimoniales, “número 19″, comienza el año de 1764. El de defunciones “número 8″ comienza en 1854.

De las fechas que se mencionaron a la actualidad, el archivo parroquial se compone de una respetable cantidad  de libros que cuando estuvo de notario parroquial don Pedro Mercado, tuvo el empeño de forrarlos cuidadosamente, etiquetarlos y acomodarlos con limpieza y orden en los estantes que para el caso mandó hacer el Sr. Cura Valdés. En muchos de estos libros, ahora no debidamente ordenados, puede verse la anotación, la página o el índice que con aquella letra dibujada con exquisito primor dejó don Pedro Mercado.

Hablando de la suerte que corrieron estos libros al conservarse hasta ahora, suerte que no tuvo el archivo de la presidencia municipal, relata don Abraham Arellano Ruíz, de qué manera intervino él en la protección de este archivo en tiempo de la persecución religiosa.

“En los primeros días del mes de marzo de 1928, con motivo de la revolución, resultó que entre los rebeldes de Florencio y los de la defensa del Teúl, se suscitó un gran odio. Las circunstancias se pusieron muy difíciles para vivir en esos dos pueblos, por lo cual y para defender a mi familia para vivir en esos dos pueblos,  opté por cambiarme a la Estanzuela. Dejé encargado de mi comercio de ropa y abarrotes, a un señor, Maximiano Rivas.

Apenas salí del Teúl, a los pocos días, hubo otro combate de los rebeldes que quemaron muchas fincas en el centro de la población; entre ellas figuró mi tienda que estaba ubicada al oriente de la Plaza de Armas. Hacía cinco meses que la había terminado de fincar; era de dos plantas,  cuatro puertas, aparador, todo el armazón interior, nuevo. Un señor llamado Matías López que venía del Teúl rumbo a Guadalajara, me dio la noticia: te quemaron tu tienda. Con eso tuve para entenderlo todo; quemar la finca quería decir que no me dejaron nada de las mercancías que en ella tenía. Ya ni modo. Me hice el ánimo y fui a ver lo que quedó de todo: sólo carbones de las vigas del techo en un montón enmedio de lo que fue la mercancía.

Pasé a mi casa en la calle de Juárez 23, luego de recoger las llaves que tenía encargadas con la señora María Damián. Tenía allá una excavación ademada que usábamos para guardar algunas cosas que queríamos defender de los revolucionarios o del gobierno. En el piso, abajo, poníamos unos tablones para que no se humedeciera lo que teníamos guardado. Ah, bueno, esa vez me encontré escondidos ahí todos los libros de la Parroquia, seguramente porque el Sr. Cura que ha de haber sido don Ignacio Iñiguez que ya sabía de aquello, se tomó la confianza de mandar que los ocultaran ahí.

Yo no sabía ni podía saber a quién había mandado el Sr. Cura guardar ahí el archivo y pensé que no podía retener seguridad absoluta de la reserva del lugar, y como me sentía responsable de aquellos documentos y no quería que fuera a pasarles nada los cambié a una casa contigua, que era mía también; estaba sola y como abandonada; ahí en un cuarto extendí los libros para que se secaran de la humedad que habían recogido; cerré todo con llave y me regresé a la Estanzuela.

Apenas había llegado acá me encontré con una orden de la Federación, cuyo capitán primero, Faustino Mosiño nos puso un plazo de tres días para que saliéramos de este lugar y nos volviéramos al Teúl. Regresamos pues, y ya para entonces, discurrimos mi esposa y yo, la señora Marta López de Arellano (q.e.p.d.) hacer un escondite a propósito para aquellos libros que hacían un bulto bastante grande; deben haber sido como unos cuarenta más o menos, todos de tamaño oficio y con pastas gruesas de piel.

Los cambiamos a la cocina y nos pusimos a hacer entre mi esposa y yo, lo que llamamos allá “la padercita del metate” que es como una mesa de material, donde se coloca todo lo necesario para hacer las tortillas. En ese banquito de ladrillo y mezcla dejamos un gran hueco interior; pusimos tablas encima y luego adobes junteando con barro, y encima el metate y todos los trastos de una cocina común y corriente, de modo que nadie pudieran imaginarse jamás que allí hubiera nada.

Cuando se fue la Federación; o sea que uno ya sabía que salían unos y entraban otros, de modo que al irse los federales era seguro que los rebeldes entrarían de inmediato y tuve miedo de que éstos empezaran a curiosear todos los rincones de mi casa; conocía a muchos de ellos y temía que fueran a tomarse la confianza de hurgonear.

Se me ocurrió entonces sacar otra vez el archivo aquel y le hablé a mi primo J. Trinidad Arellano para que en unos huacales, como quién carga fruta, loza, lo que fuera, los escondiera en una cueva que conocíamos ambos, en el cerro propiedad de don Victoriano Castañeda. Le recomendé que los pusiera en lugar bien seco, y que no dejara de estar echando vueltas al lugar para que estuviera al cuidado de la conservación de los libros.

Cuando las cosas volvieran a ponerse en paz mi primo Trinidad recogió los libros y fuimos a llevarlos al Señor Cura a quien le explicamos cómo hicimos para conservarlos durante todo el período tan difícil de la persecución…”

Si las crónicas de la historia dan cuenta del modo de ser, de vivir, de soñar a lo largo de los siglos, a lo largo de los siglos, también refieren lo que concierne a épocas de paz, de esplendor y bienestar según puede leerse en los signos de nuestra arquitectura al modelo y estilo que expresa esta arquería de los nuevos portales.

Aquí están ahora estos libros que recorrieron tantos caminos y anduvieron  por tantos lugares. El valioso archivo  parroquial tiene una deuda de agradecimiento y cuando en estas páginas amarillentas y desleídas por los siglos y por las humedades y los vientos que fueron expuestas, el estudioso venga a buscar los datos que configuran un pasado en nuestro pueblo, justo es que sepa, que recuerde y que aliente dentro de sí un acto de agradecimiento a la solicitud y empeño que puso don Abraham Arellano Ruíz por salvar este acervo de documentos del incendio, la destrucción, en aquellos momentos tenebrosos que vivió nuestro pueblo.

Para terminar este capítulo con todos los nombres, episodios y acontecimientos suscitados al querer dar alguna noticia del templo parroquial y capillas auxiliares, se hace indispensable, a guisa de apéndice, una relación cronológica de los párrocos que han regenteado la Parroquia, desde que ésta pasó al cuidado del clero diocesano, o un poco antes:

– 1799     José Nicolás Nava (Int.)

1800- 1803     José Vicente Besares (Int.)

1803- 1806      Lic. Gregorio Alonso y Valle (Int.)

1807- 1824     José Norberto Pérez (Propio)

1815- 1816      Miguel de Zúñiga (Encargado)

1828- 1832     José Román Díaz de Sandi

1832- 1836     Juan Ma. De Dios Piñera

1836-                Antonio Zúñiga Ibarra

1852-                Eulogio Guzmán

1853- 1855     Ignacio Guzmán

1855- 1868     Bernardo Fernández

1868- 1871     Vicente Marín

1871- 1876     Domingo Rosas

1876- 1877     Ignacio S. Romo

1877- 1879     J. Guadalupe L. Pasillas

1879- 1886     Pablo Acosta

1886- 1889     León Cortés V.

1889- 1891     Jesús Cárdenas

1891- 1903     Ramón Vélez

1903-              Agustín Vargas

– 1910    Román Adame

1910-                Luis M. Gómez

Ramón Vélez

1917-                Juan Cabeza de Vaca

Agustín Gutiérrez

1918- 1919     José Rosas

1919- 1922     Agustín Vargas

1922- 1929     Ignacio Iñiguez

1929- 1930    Trinidad Mora

1930- 1932    Tiburcio Solís

1932- 1933    Felipe de Jesús González

1933- 1935    José Luis Negrete

1935- 1941    Ángel Valdés

1941- 1959    Ángel Gómez

1959- 1972   Filiberto García

1972-             Teodoro Ríos

El Sr. Cura Tiburcio  Solís que en los tiempos difíciles realizaba jornadas increíbles a caballo para celebrar la misa de los domingos aquí, en Milpillas y Huitzila, y con riguroso ayuno eucarístico. Dicen que estas malpasadas arruinaron por siempre su salud.

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