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Juego de Niños

Las cosas han cambiado. Los niños de antes, no necesitaban de artilugios para crear el mundo feliz de sus juegos. Un trompo, unas canicas, las rayas simétricas en la tierra suelta, que dibujan el “bebeleche”, una tonada tan sencilla y candorosa como su alma; eso y el aire limpio de una tarde en la callecita del barrio, mientras un cortejo de golondrinas, pasa y pasa a ras de las banquetas, eso bastaba para entretejer un paraíso feliz.

Todos llevamos un lampo de blancura en el alma. Cualquiera que haya sido el rumbo por donde vinimos a la turbiedad de los años duros, guardamos aquel reducto, la evocación de aquel oasis perdido en los sueños de “nuestra niña niñez, más amada cuanto por peores caminos vino a la mancebía de la vida”, según el decir del Lic. Agustín Yáñez.

Quieren los psicólogos, que la infancia determine las características de la vida; un niño feliz, con juegos y risas, con el calor entrañable de un hogar y la fiesta y las bromas de otros niños como él, será un adulto seguro, que caminará con la frente alta a cumplir su misión. Una infancia enferma, atosigada en prisiones, regaños, amenazas, dará un hombre cohibido y miedoso, que no llegará a enfrentar su destino.

Y en cuanto a la disposición interior para el cultivo de las artes, las letras, quiere Unamuno, que sean los niños del campo, los niños del pueblo, los que vivieron una infancia en contacto con la naturaleza y sus estímulos: el paso de las estaciones, los colores y los murmullos del campo, el vaho fragante de la tierra, que se hincha de nueva vida, el cambiante arco del día, que comienza en un amanecer azul y termina en las moradas tardes del otoño; todo eso, dice, suscita, enfila, afina y perfila, la proyección de una sensibilidad que destacará en los campos del arte, mejor que en aquel niño, que vivió una infancia en la tiranía del concreto, frente al mundo del cemento armado de la calle estrecha, que no deja ver el cielo; “niños de estufa”, los llama Don Miguel, que nunca llegaron a percibir en los momentos de la infancia, cuando los sentidos están ávidos de sensaciones y el alma guarda para toda la vida las impresiones de estos días, otro latido de la naturaleza, que el de aquel pobre gorrión agónico, que encontraron una mañana, helado de frío, en el pavimento del parque.

Y el Lic. Alfonso de Alba en su “Provincia Oculta”, enumera una lista larga de escritores, gentes importantes en el campo del arte, que vinieron de un pueblo y vivieron allá una infancia signada por juegos sencillos, tonadas infantiles, transparencia ingenua de un mundo, que no queremos perder y llevamos en las entretelas del recuerdo como lo más sagrado de nuestra vida, lo más dulce, el lenitivo mejor en las horas de silenciosa amargura.

En este pueblo, todavía pueden recordarse vivos, los juegos que hace apenas una o dos décadas jugaban los niños. Por no dejar que se pierda ese tesoro, hacemos una evocación, insinuando si acaso el texto y la forma en que se desarrollaban.

El misterio de la luna, está ligado estrechamente al misterio de la primera infancia: “El niño la mira, el niño la está mirando”. Quién sabe qué embrujo producía en lo más íntimo del alma infantil, aquella iluminación, que transformaba todas las cosas en un mundo de ensueño; los adobes carcomidos de la pobre vivienda, las macetas y las hierbas del patio, la tierra suelta de la calle, las manchas de humedad de las paredes, los árboles de la plaza.

El grupo de niños se ha quedado contemplando la luna. Suspendieron los juegos, que jugaban a mitad de la calle y a una voz, a una pregunta, están tratando de indagar, ¿qué son aquellas manchas extrañas que se dibujan en la blancura de su superficie? Uno dice que es un hombre puesto de pie con las manos levantadas al cielo; aquél ve un monstruo horrible, que no se cansa de voltear a la tierra; el otro piensa que son las ramas de unos árboles. . Todos buscan la explicación del misterio, mientras la luna se tiende “con su polizón de nardos”, por las humildes calles de éste barrio.

De pronto un chiquillo ha desbaratado el embrujo con vocecita atiplada que recita:

Mira la luna,  comiendo su tuna  y echando las cáscaras a la laguna. . .

Ahí estaba todo. Lo acababan de descubrir, ni más ni menos era eso: una laguna llena de cáscaras de tuna. Y toda la chiquillería en coro y mientras echa brincos y salta jubilosa, se ha puesto a repetir la fórmula reveladora con incansable tonada. Eso, un instante nada más, y han retornado a los juegos de antes.

Los más pequeños se han sentado al bordo de la banqueta. Todos viven por esta calle y mientras sus padres, a la puerta de sus casas platican entre sí, de las cosas graves e importantes, que conciernen a su mundo, los niños, el pantalón roto, la camisita puesta al revés, los pies descalzos, aquella niña trae un moño de listones deshilados en el pelo, a la otra se le soltó una trencita, han formado dos grupos según lo pide la edad, la destreza, la precocidad de cada uno. Los más grandes, cogidos de la mano, danzan en rueda, por la mitad de la calle, jugando a María Blanca; los más pequeños, forman un grupo aparte, al borde de la banqueta.

Estos han juntado sus manos en puño; las han colocado una encima de otra, como columna vigorosa y fuerte; podrán sus brazos formar columnas de fortaleza, hoy aprietan aquí unas manecitas regordetas y pringosas, una sobre otra, mientras preguntan, a una voz, al niño cuyas manos quedaron en la parte superior, mismo que responde según la fórmula del juego:

-¿Qué tienes “allí,”?

-Un gusanito.

-¿Con qué lo mantienes?

-Con pan y quesito.

-¿Lo mataremos?

No, pobrecito!

Así de simple es el juego. Las manos dejan su compostura y los niños ríen y celebran con ojillos luminosos y festivos. La actitud de generosidad hacia el supuesto gusanito, cuya vida han salvado. Un gusanito de mentiras que es como su felicidad, escondida en el capullo de la inocencia, como la dicha transparente que guardan tras de sus risas y tras de sus risas la esconden y defienden, para que nadie pueda quitárselas.

A media calle, el juego de la Pájara Pinta, para el cual, se han cogido de las manos todos los niños y niñas; hoy, noche de luna llena, se juntó toda la chiquillada del barrio y el círculo alcanza a llenar todo el ancho de la calle. Giran en cadena de manos, en una cadena de alegría, que no podrá eslabonarse ciertamente, hasta los años recios de la vida. Un día se romperá el sortilegio y estas manos ahora unidas, irán cada una modelando su propio mundo; quien sabe si vaya a ser un mundo de soledad y tristeza.

Hoy ríen y saltan danzando en círculo, mientras cantan con un rumor de vida, con la frescura de un salto de agua, brincando entre las peñas:

Estaba la pájara pinta, sentada en el verde limón; con el  pico cortaba la rama y con la cola meneaba la flor. . . Ay sí, ay no ¿cuándo veré a mi amor?

Quién sabe de dónde vendrían estos juegos y quién sabe porqué han sido marcados extrañamente por una ansiedad que no dice nada -lo dirá mañana- al alma de los niños. Un día, a estos niños se les ahogará su pecho y verán, que más allá de una rama florecida, más allá del viento, que se perfuma de azahares, más allá de una ilusión: rama, flor, y fruto, cantar del pájaro azul del ensueño, ¿dónde está el vacío?, la realidad cruda de las cosas que dan forma a la vida.

En algunos de estos juegos, se deja entrever ya la conformación del hombre, con sus inquietudes, con sus afanes, con una insaciable sed de amor.

El escenario no puede ser más familiar. Por esta calle se baja al río. Allá está el cerro, que sepultará al sol jadeante de estos días de primavera. Un aire apenas tibio y un rumor de pájaros va adormeciendo la luz más suavemente, mientras tiemblan en los árboles altos de la plaza, los últimos destellos del sol.

En la calle del barrio, se han dado cita los niños, como todas las tardes y sin previo acuerdo, se han tomado de la mano y se han puesto a cantar:

Hilitos, hilitos de oro,/ que se me vienen quebrando;/ que manda decir el rey,/ que cuántas hijas tenéis. . .

La tarde se quiebra en un haz de hebras de oro y los niños tejen en su imaginación, una historia que vino, nadie sabe cómo, de aquel lado de los mares, con personajes que no fueron nuestros y así pudieron llegar, hasta estos pueblos sin camino ni comunicación.

Es franca la respuesta y no tan comedida como pudiera esperarse, que ya esto mismo, trasluce algunos matices de nuestra historia colonial:

 -Que tenga las que tuviere, que nada le importa al rey.

  -Ya me voy desconsolado, a darle la queja al rey.

  -Vuelva, vuelva, caballero,  no sea usted tan descortés  y de las tres hijas que tengo, escoja la más mujer. . .

El recurso de siempre; el ladrón se llama robado; ¿quién declaró que el rey no tenía derecho a intervenir en el recinto de una vida familiar?, luego se llama a ofendido, por las descortesías del mensajero y siempre en el temor del enojo real, pone a sus tres hijas, a merced del monarca. El desenlace, presenta una actitud idealista, el afán soñador, la preeminencia de los altos valores, que son como una nube, como el soplo azul de estas tardes de abril:

-No la quiero por bonita, /  ni tampoco por mujer; / yo solo quiero una rosa, / acabada de nacer. .

La florecilla nació ya; nació en el alma de esta chiquillería de la barriada humilde, que salta y juega en su paraíso; la tarde se deslíe en penumbras y las primeras sombras, van a agazaparse en los rincones de las puertas, mientras tiemblan en el aire, hilitos, hilitos de oro, más o menos desvanecidos.

Con una flor en la mano, humilde flor del huerto pueblerino, sigue el juego de El Florón, según parece, exclusivo de las niñas, muchachitas de pies descalzos y vestidito de holanes manchados del polvo suelto de la calle:

 El florón anda en las manos,  en las manos de. . .  y el que no lo adivinare,  será burro cabezón.  ¡Y corre,  florón,  que te alcanza el viborón!

De arriba a abajo de la calle, va aquel enjambre de niñas en carrera alegre, persiguiéndose unas a otras, tratando de encontrar la flor misteriosa, que andamos buscando todos por las calles de la vida; esa flor, que tiene muchos nombres y que cada quien busca a su manera, pero siempre con la inquietud, con la ansiedad, de estas chiquillas que brincan y saltan de un lado para otro. . .

Ya no alcanzaran la última flor roja de éste día: el sol se ha caído entre los cerros y un aire fresco empieza a aletear en los árboles de la plaza. Hacia el Oriente, sobre un horizonte de las malvas deshojadas,  está pestañeando tímido y silencioso, el lucero de la tarde.

Muchos juegos de éstos, tienen desenlace en la carrera de los niños en seguimiento de aquel, que debe ser sometido, atrapado hasta hacerlo perder. Así, la Ronda del Coyotito: (“¿A dónde vas, coyotito? -A la hacienda de San Nicolás. -¿A qué vas. . .?”) Otros requieren la formación de un círculo, que da vueltas mientras se canta, y cantando se va eligiendo a una niña, o persiguiendo a un niño, o haciendo las suertes, que las reglas del juego prescriben.

Entre éstos, figuran la Rueda de San Miguel, el baile de la comadre Juana, Doña Blanca, Juego del Can, Arroz con Leche, La Víbora de la mar y el de La Naranja Dulce…

-Ya métanse; dice mi mamá, que se metan porque les cae el sereno; que ya nos vamos a acostar.

La noche estrellada tiene fulgencias misteriosas, en éste pequeño mundo, donde unos niños están viviendo de una felicidad tan limpia y tan honda, que este lampo de luz, les quedará en el recuerdo para toda la vida.

Un aire helado empieza a agitar las ramas de los árboles y parece que remueve las estrellas, las hace palpitar como si estuvieran vivas, y luego las desparrama en la inmensidad del firmamento, igual que si alguien, hubiera tirado un puñado de jazmines.

El frío está haciendo tiritar ya a los chiquillos, al de la camisita rota, al del pantalón raído, a la muchachita de las trenzas sueltas y los pies descalzos. Un viento de sierra, sopla cada vez más fuerte y empieza a levantar por el Oriente, un borbollón de nubes orladas de luna. . .Están envolviendo la anchura del cielo, en la suavidad de unas gasas de algodón.

Como si se envolvieran en sí mismos para calentarse, han discurrido el último juego:

-Sí, sí, ya nos vamos; dile a mi mamá que ya nomás éste. Al cabo ahorita. . .

Se cogen de las manos, se sueltan, las palmean una con la otra, vuelven a tomarse y otra vez palmean sus manos, midiendo en cada vez, si han logrado dar calor a aquellas regordetas manos, llenas de tierra. Mientras cantan

Ron, ron, canastita de algodón;

Si se enoja mi comadre

Se le parte el corazón.

Ábrete, granada,

 Si eres colorada;

Ábrete, membrillo,

Si eres amarillo;

Ábrete limón,

 Si tienes corazón. . .

Mariquita ¿ya está el pan?

Se está cociendo…

Batiendo las palmas, trasudando por el ejercicio, viéndonos y satisfaciéndose de ver rojiza la regordeta y sucia mano, se tocan unos a otros, a ver quién ha conseguido darle más calor.

La noche va rodando por la indonsable anchura del firmamento y enmedio de aquel abejeo de estrellas, que tiemblan también de frío, y no tienen una canastita de algodón, no pueden palmear sus manos en el juego de unos niños perdidos, acá en la penumbra de ésta última calle del pueblo; unos niños que están dando en éstos juegos, el rumbo de la felicidad entrañable de las cosas sencillas y limpias, de los cantos puros e ingenuos, que crean dentro de sí, para todos los años amargos que vendrán después, un reducto que les hará descansar, les permitirá sonreír en los peores momentos.

Según la niñez, será la edad madura. Una infancia transparente, con el gozo sencillo del pueblo, podrá dar un porvenir seguro y venturoso, a aquellos que dejan ser niños  y el pueblo mismo, que abrigó el oasis feliz de aquellas vidas.

Al recordar los juegos de los niños en el pueblo, juegos que tal vez jugamos nosotros mismos, hemos de preguntarnos con Gabriel y Galán, si somos los hombres de hoy, aquellos niños de ayer. . .


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