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Enlace y desenlace

Fue muy difícil en los pasados años del pueblo, el establecer un noviazgo, concertar y celebrar un matrimonio; fue muy fácil, en cambio, y sigue siendo fácil el morir de los ancianos, cuando en la vida se apaga una vela, o el de la enfermedad, que hizo imposible todos los esfuerzos curativos, antes los de las hierbas, emplastos y untaduras, hoy, los de un centro médico y dos o tres Doctores de planta.

Encantadoramente románticos, eran los noviazgos, nada más de veinte o treinta años para allá. La mirada fugaz, la imperceptible sonrisa, cuando ella salía del templo: “Señorita, ¿me recibe esta carta?”. La variedad, el repertorio de pliegos, de una cierta clase que llamaban “papel arroz”, en rosa pálido, en azul, en azafrán o en lila, y con un sutilísimo perfume. Sin duda, papeles importados y con los refinamientos y excelencias, que correspondían a tan delicados menesteres.

Pasan los días, en espera de la contestación ansiada. Aquí y allá, la guarda amorosa, atisbando, intuyendo, imaginando. . .Si ahora va a salir del templo, si pasa a algún mandado con sus tíos, si va a visitar a su abuelita enferma. ¿Por qué no la habré visto en tantos días?

Con el desazón, con el gozo fugaz, con la embriaguez de aquel día, en que pudo tocar su mano, apenas los dedos de la mano en una despedida nerviosa y precipitada, con el tormento de un amor sometido a camisa de fuerza, llega el día de los formalismos tradicionales.

Fue regla inviolable y algo de ésto, queda todavía, que el pedimento de la novia, corriera a cargo de los vecinos más significativos del pueblo, personas de representación política o social, el señor cura, el médico, Don fulano, el Profesor equis. Los padres de la novia, reciben aquella visita con reticencia. La madre suele estar anticipada de todo. El padre ha de fingir estupor, y en ocasiones, franca y violenta indignación, sin que sea raro el caso, de alguna escena con reproches a la madre, que así cuida a las hijas y para la hija misma, que prefiere “a la tranquilidad de su hogar, al cariño de sus padres, a la compañía de sus hermanos, quién sabe qué clase de fulano ese y quién sabe qué costumbres y sentimientos…”

-Pues, señores, ¿qué dicen? Aquí visitándolos. Sabe qué se hace uno que pasa el tiempo y ninguna saludadita. Seguro, ésto del trabajo, de los compromisos, sobre todo este año; con eso de que se adelantaron las heladas, ¿pos cuál cosecha? pausa larga en la conversación. “El portador”, que así era llamado, quien desempeña la encomienda, ha extraído de la bolsa trasera del pantalón, una botella de tequila y ha ofrecido con muchos miramientos, al jefe de la casa, si no gusta tomar un trago. Hora larga, pausa y luego… Ya verán que nosotros traíamos un negocito, saben que, pues sí, nos han encargado este negocito,  se trata de su hija, ora de Cuca que según eso, ¿verdad?

Se ha entrado en una tensión, que mantiene a los circunstantes tiesos y duros en los asientos. El padre ve a la madre con reproche. Quiere esbozar una sonrisa de cortesía, y el rictus se le congela, en una mueca de amenaza. “A ver, a ver, que venga ella. Pos bueno, si es cosa de que ya no nos quiere a nosotros, que ella lo diga, ella misma. A ver ¿dónde está Refugio?

Un silencio largo y pesado ha caído entre aquellas personas. De las piezas interiores, llegan secreteos y carreras apresuradas. La Cuca aparece al fin, después de una espera de siglos. Trae la mirada lívida y desencajada. Quiso ver a su padre, pero no sostuvo su mirada y ha inclinado la cabeza, con mucha sumisión. Con todo eso ha alcanzado a decir: “Pos yo sí quiero”

Qué difícil encomienda la de pedir una novia. Cuántos trasudores y angustias para sobrellevar, soportar y dar cauce cordial, a aquella reacción del padre, de los hermanos.

Luego de hacer confesar a la muchacha que sí, que si quiere a Antonio Flores y que están de acuerdo en casarse, venía otro trance difícil, el de fijar la fecha, una fecha lo más distante posible, pero no para el matrimonio mismo, sino para que aquellos solícitos y ofrecidos pedidores, regresaran y vivieran otra vez, el trance angustiado de este día, al recoger la respuesta.

-”Po’stá bien, qué más hace uno. Na’más que pos éstas cosas son muy serias y la muchacha tiene que pensarse bien. Luego por ésto de los quehaceres de la casa: que se le pegue a su madre a lavar, y a planchar, a moler y todo eso de la cocina, a ver cómo se siente. . .Este, pos o’verán, las cosas hay que tomarlas con calma. Tamos en octubre, qué les parece, si pa principio de aguas, ai pa la fiesta de San Juan, les damos la respuesta ¿eh?

Delicada y expresiva carta de amor, de aquella época. El galán tuvo cuidado de no escribir el nombre de ella ni el suyo, pues firma con unas iniciales que  quieren decir “Quien usted sabe”.

La muchacha se ha puesto encendida.  Se le ha venido el mundo encima. Antonio y ella, habían calculado, que entrando el año, cuando más, ya estaría hecho todo. Empieza otra vez el forcejeo: “Mire, don Nabor, no está bien un plazo tan largo, es que el muchacho ya tiene sus tanteadas, consiguió un dinerito, a premio para los gastos éstos y resulta que pos en el caso de él, con esto de que es huérfano. . .”

Las cosas  llegan a veces a complicarse, otras veces, todo es cuestión de tener paciencia y dejar correr el tiempo convenido, al fin del cual, deberán volver a conocer la respuesta, otra visita, otra ceremonia, otra reacción de extrañeza, de indignación, por parte del padre de la muchacha, otra función de teatro, con la ventaja de que en ésta, ya se conocieron entre sí unos y otros y saben manejar mejor la situación. Aquí se pone nuevo plazo, si es que fue dado el consentimiento, declarado por la muchacha entre rubores, sudores y calambres de vergüenza, para la boda.

Ahora, como en tiempos pasados, hay bodas aquí, con todo el rebumbio y la solemnidad de las capitales. Las parejas modestas, iban a la Presidencia Municipal, frente a la mesa-escritorio del juez del Registro Civil, a oír la carta de Melchor Ocampo.

Acá en la iglesia, a veces matrimonios de lujo, con vestidos de telas europeas, tules vaporosos, música, flores y a veces una boda de lo más sencillo, para la cual bastaban,  unos reclinatorios cubiertos con una sábana. Él, simplemente cambiado de pantalón y camisa nueva, huaraches rechinadores; y bien bañado, bien afeitado y cortado del pelo. Ella, con un vestido de chermés o de flat, el chal bien terciado y acaso, bajo él, insinuada sobre la frente, una onda de pelo, formada con muchos pasadores y una untada de aceite de lima…

Ésta, es una señorita del pueblo a principios de siglo. Los encajes de Bruselas, los abullonados, el cuello principesco, el peinado, todo se  conjuga, con la belleza de esta dama, que muy pronto “va a tomar mano”. 

Si hay esposos, hay hijos. “A lo que dé la mata”, decía un viejito de Monte Escobedo, copartícipe de la mentalidad de las gentes de estos lugares, que no entienden, no pueden entender, por qué hay que torcer el camino natural de la vida.

El período de gravidez en la mujer, requiere de un cuidado y atenciones, que por desgracia, no pueden darse en el pueblo y mucho menos en los ranchos. Por lo general, la señora, sigue cumpliendo las duras y agotadoras jornadas que exige la atención de la familia, el marido, la casa, los animales de la casa. Y no tiene cuidados, o no los tenía, por lo menos en tiempos pasados, que no fueran los que aconsejaban las vecinas, los familiares de ella, con preferencia a los de él. Pero lo general, era vivir la vida igual, sin ningún esmero en la alimentación, ni reposo ninguno, hasta unos treinta años, fue asistido por mujeres, que se dedicaban a ello y que representó una forma bárbara del primitivismo, que vivió el pueblo y que se vive todavía en muchos ranchos.

Después de todas aquellas zozobras y angustias, vino al fin el primer llanto del hijo, como himno victorioso, como un canto de vida, de la nueva vida que merece ya la atención que se tiene ahora que compartir con el recién nacido, mientras la madre sólo guarda relativo descanso y  cumplimiento, los días que llaman la cuarentena, porque vienen luego complicaciones y fiebres, que pueden originar desenlaces trágicos.

Tres niñas, Cristina, Chabela y Eloísa Robles Castillo. La forma de vestir, el ramito  de “pensamientos” en la mano, la expresión de las caras, ofrece toda una imagen romántica  de lo que fueron los niños de una familia.

No sólo es de nuestro pueblo, la atención deficiente que se tiene en cuestiones tan importantes; es un mal nacional, que da cifras increíbles de defunciones de niños. Las cosas han mejorado, pero todavía están muy distantes de lo que deben ser.

Una referencia por pura curiosidad, al libro de Registro Civil: el primero viene signado con el número tres y comienza el primero de marzo de 1867. Los dos anteriores, que se perdieron, consignaban los nacimientos probablemente desde principios de mil ochocientos. Pues bien, de 22 defunciones que se registraron éste mes de marzo, doce corresponden a infantes, desde uno que murió al nacer, otros a los dos días, hasta de seis meses de edad. Como causas de estas defunciones, se señalan la fiebre y el “mososuelo”, enfermedad que nos dijeron, consistía en un catarro tan fuerte, que se les cerraban las fosas nasales y “como que se les abrían los huesos de la cabeza”. Nos dicen también que, curiosamente, esta enfermedad, ya no se presenta en los niños, aunque al parecer, todavía no hace muchos años, se hablaba de algo que podía tener semejanza con este fatal “mososuelo”; era aquello que decían de un niño, a quien “se le caía la mollera” y lo volteaban con los pies para arriba, mientras una de aquellas curanderas o asistidoras de partos, golpeaban los talones de la criatura y luego le metían los dedos a la boca, para hacerle, quien sabe qué clase de maniobras en el paladar, según eso, acomodándoles los huesos para “subirle la mollera”. Luego ponían en guarda al niño, durante dos o tres semanas, en que no había de quitárseles el gorrito bajo el cuál, se había batido un emplasto, al parecer de yema de huevo..

Cuando moría un niño, había natural pena en los padres, llantos, gemidos, desolación de ver tronchado el retoño, que apenas despuntaba. Se le tenía un lugar especial de la casa, con vistas a la puerta del zaguán o a las ventanas de la sala, cubriendo de flores el cuerpecito. Un niño se velaba sin velas, pero se le guardaba las veinticuatro horas usuales, antes de proceder a la inhumación.

No se tiene una edad límite, para considerar como “angelito”, a los niños que se van a sepultar. Una intuición natural, los cataloga como inocentes, como almas puras y por eso, se les viste de blanco, se les pone corona de flores en la cabeza, y la cajita destinada a ellos, también es pintada o forrada de blanco.

La inhumación de “un angelito”, se hacía con acompañamiento de música y con cohetes, manifestando en la tristeza natural de los padres, el gusto de pensar, que “aquella almita, se fue derecho al cielo”.

Dice Francisco Grover: que él se acuerda todavía, de las piezas de música que se acostumbraba tocar en el camposanto. Habla de un  conjunto de cuerdas, integrado por Don Manuel y Don Jesús Nájera, Jacinto Sandoval, José Nungaray, a veces Don Ricardo Grey y siempre Don Jesús Grover Muñoz, con sus hijos José, Eliseo y el mismo Pancho, que hace mención, de dos piezas rituales en este recorrido: triste-alegre de “los angelitos”; una se llamaba “A Orillas del Mar” y otra “Adiós a Guaymas”, las dos de acento lánguido y tierno, que se iban alternando una y otra vez, hasta llegar al camposanto, que precisamente en determinados tiempos, cuando se registraba una mayor mortalidad infantil, presentaba el blanqueo de aquellos túmulos, hechos de armazones de carrizo, revestidos de papel de china, blanco, con moños y ramos de flores de papel naturales que se iban marchitando poco a poco. Que hubo temporadas en que no se daban abasto; de un niño a otro, tenían los músicos quehacer acompañando “angelitos”, al camposanto.

Crímenes son del tiempo y no de España. Ahora, el pueblo ha avanzado mucho en estos terrenos y la atención de los médicos ha desplazado aquella curandería, que fue buena en su tiempo, que fue magnífica sin duda alguna, sobre todo, porque no había más que echar mano, pero no podía frenar el índice de mortalidad, que en los primeros decenios de éste siglo, alcanzó un índice promedio, en tiempos ordinarios, de no menos de veinte fallecimientos mensuales, para aquella población, que entonces, probablemente, no pasaba de los cinco mil habitantes, en toda la amplia comprensión, que abarcaba el municipio.

Creen algunas personas, que el promedio apuntado fue mucho más alto, y que éste, que se ha sacado de los libros de defunciones, tanto del Registro Civil como de la Notaría Parroquial, no da razón de todos los muertos, pues en muchísimos casos, no se asentaba el acta correspondiente. A veces por la ignorancia de la gente, por la incomunicación de algunas rancherías, muy distantes a  la cabecera y porque las gentes en su timidez, sentían cierta incomodidad y desgano en hacerlo, porque no les gustaba ir a la Presidencia y tener que quedarse para ello, un día entre semana, y no precisamente los domingos, en que ordinariamente venían las gentes de los ranchos al pueblo.

La muerte, un muerto en el pueblo, representó siempre un incidente conmovedor, que trastocó profundamente el ritmo de aquella vida. Ya desde que un enfermo empezaba a dar señales de gravedad, cuando el remedio éste, el cocimiento aquél, las hierbas traídas desde una barranca, no dieron el resultado que se esperaba, se propagaba un sentimiento de zozobra, una inquietud en el aire, una expresión de ansiedad en las miradas.

– Sí, dicen que ya no consiente ninguna clase de alimentos, que ahora están tratando de darle algún líquido en forma de lavados, a ver si retiene algo su estómago, pero que se duda mucho. Y dizque ya mandaron un propio al Mezquital, a avisarle al hijo, que está trabajando allá de Profesor. . .Ora en la mañana, que Lola Pérez fue a llevarles un cántaro de agua, de beber, dice que la esposa le dijo, que ya en ratos, Don Desiderio, empezó a perder el conocimiento, que ya nomás hace puras borucas. Quién sabe; Dios no lo quiera.

Un escalofrío sacude el alma de todo el vecindario. En el pueblo todos forman una misma familia, y por eso, la tensión expectante de ésta, atosiga y estremece a todos los habitantes del lugar. Con el temblor de la proximidad de la muerte, que se está acercando cada momento más y que va a tomar a aquel individuo como suyo, y entre él y ella se formará un nudo, que nadie será capaz de desatar, un idilio íntimo, en el que nadie podrá intervenir, no dejan de hacerse muy  a la disimulada, como quien no quiere la cosa, conjeturas y suposiciones.

– No, y o’verán, a Doña Aurora, no le va a durar nada la viudez. Ya desde hace tiempo, se le notaba que traía la musiquita por dentro, con eso de que Don Desiderio lleva meses con su padecimiento, el pobre. . . Quién sabe si ya haría testamento. Dicen que el Padre dijo, que no lo confesaba, si no arreglaba antes sus negocios, eso de testar y todo, y que la hija, Lucecita ¿así se llama no? Ah, pos que se enojó muchísimo con el Padre, porque con eso, Don Desiderio se puso nervioso y empezó a decir que seguro ya no tenía lucha y que desde ahí, comenzó su gravedad. . .Es que, mira, las cosas tienen que ser como tienen que ser. Nomás acuérdate de todas las dificultades, los pleitos y hasta las muertes que hubo acá, en lo del tío Toribio, por cuestiones  de la herencia. De modo que ni modo. Aunque le duela a una; yo digo que si yo estuviera en esas, pos qué caray, sí, ya se me llegó, no queda otra, hay que arreglar lo que hay que arreglar y punto. . .Oye, dizque las yuntas de Los Arenales, no quiso que entraran en el testamento que fue a tomarle don Carmen Hipólito, que dizque porque él tomó esas tierras, de unos individuos de acá de Chachuiloca, por el lado de El Tecolote; no sé cómo, el caso es que no las tiene escrituradas, de bien a bien. . .Uh, no, pobre de Don Desiderio, su alma no podrá tener descanso, mientras no se arreglen los herederos, ya sabes ¿no? A menos que Doña Aurora, se meta con ganas, o quien sabe si eso que dices, que luego vaya a andar por allí de volada. Tantito pior. . . Bueno, ya piensen que es un alma, que está acercándose al Tribunal de la Justicia, que está preparándose, para ese terrible encuentro; más respeto, digo yo, pos qué conversaciones son éstas. . .

El sol amanece más desteñido y sin ganas de alumbrar el día nuevo, en que circula por toda la población la noticia fatídica, esperada y rechazada al mismo tiempo: Dizque ya. Estaban empezando a cantar los gallos. . .Doña Aurora y la hija, se habían ido un ratito a descansar, un ratito nomás y que le encargaron a D. Ladislao, el compadre ese que anda ahora muy metido en la casa; ah, pos que en un ratito así y que según eso, cuando le iba a dar la cucharada de las cuatro, lo fue viendo que se retorcía con mucha desesperación y que luego, se les pusieron los ojos en blanco, muy abiertos, redondos, redondos y que dizque clavados en la Virgen del Refugio, que estaba así, en la pared, a un lado de la cama.

Las campanas están frías, su sonido tiene un acento muy extraño, las gentes van y vienen a sus quehaceres diarios, pero con desgano, con los ojos bajos, sin decirse palabra, pensando nada más, en el muerto, en sus últimos instantes, en la angustia que pudo haber sentido, al verse sólo, en la hora suprema, sin contar con el consuelo de la esposa, ni de la hija. Dijeron que apenas se dio cuenta don Ladislao del caso, inmediatamente fue a despertarlas y en un instante, se puso toda la casa en movimiento; que vinieron en el acto los vecinos y, como si estuviera todo organizado a propósito, en ese mismo momento, llegó el Profesor del Mezquital y que entonces sí, carreras, llantos, invocaciones, gritos angustiados. Y como si fuera parte en aquello, El Jolino, un perrote así, consentido de Don Desiderio, empezó a echar unos aullidos largos y quejumbrosos, que hacían que se les enchinara el cuero a todas las personas.

Fue costumbre en el pueblo, inmediatamente después que fallecía una persona, cuando se consideraba que el alma había abandonado ya aquel cuerpo, antes de vestirlo, todavía calientito, dos o tres personas se acomedían a bajarlo al suelo, en una parte de la pieza, donde antes se había pintado una cruz de cal. Ahí se depositaba el cuerpo unos instantes, para que se conciliara con la tierra, “porque si no se toma ésta precaución, después pelea la tierra con el cuerpo, en la sepultura”. Instantes de silencio, no turbado sino por los sollozos, las oraciones, los gemidos contenidos, para no turbar ese momento, cuando el cadáver está estableciendo trato de buenos amigos con la tierra, donde luego va a permanecer, hasta el día de la resurrección.

Aquello no dura mucho tiempo, acaso el  espacio que se requiere rezar tres credos o una cosa así, en tanto que se dispone a mitad de la pieza principal, el sitio donde va a velarse el cuerpo. Suele ponerse en la propia cama, pero ya sin colchón.  No es necesario por que se da por aceptado, que lo blando o lo duro, el frío o el calor, son accidentes que en nada afectan a quien ocupa ahora esa dimensión diferente, ese sitial respetable y sagrado, que Don Desiderio ha pasado a ocupar, ahora con el augusto título de “el muerto”.

Era usual, colocar sobre las puras tablas de la cama, una colcha fina, la mejor que había en la casa, y sobre ella, el cadáver ya vestido con su mejor ropa, los pies con calcetines, aunque en su vida, nunca los hubiera llegado a usar. A los lados de la cama, podían ponerse macetas de helechos, de begonias, de margaritas y los indispensables cuatro cirios, que aluzaban con lúgubres chispéos y sordos chisporroteos la escena funeral. Siempre se colocaba debajo de la cama, un plato con agua y creolina o ácido fénico. También se ponían vasijas, con las mismas substancias en las esquinas de la pieza; todo ello, según se decía, para evitar contagios de cáncer. Ésto duraba de ordinario de un día para otro, mientras se fabricaba el cajón sobre medida, en que se colocaría el cuerpo, momentos antes de llevarlo al templo y de ahí al cementerio; entre tanto, todo el pueblo desfila por aquí. Rezos, plegarias, pésames y el llanto contenido en instantes, desbocado en otros, según la persona, que daba la condolencia. Eso, y la repetición incansable, de todos los últimos días:

– Fue como el martes más o menos, en la tardecita, me quedé solo con él y noté como que me buscaba con los ojos. Ya no podía hablar, pero se me figuró, que quería decirme algo. Pensé que quería preguntarme por Remberto, como tenía tan consentido al muchacho; le dije que no se apurara, que con seguro a esas horas, ya venía en camino, pues habíamos mandado un propio al Mezquital; movió la cabeza con disgusto, no quería eso, no. Entonces le acerqué el santito, que tenía siempre en la cabecera, esa imagencita del Señor San Miguel, pero no, tampoco, él quería verme nomás a mí, quería decirme algo, que no pudo decirme y se fue así, se fue sin decirme. . .

El relato, fue interrumpido con un llanto largo, con un grito que ella quiere sofocar con el rebozo hecho bola y puesto sobre la boca, mientras las vecinas se acomiden a hacerle aire con sus propios rebozos y otra le da frotadas de alcohol en el cerebro y la frente, no sea que se vaya a desmayar.

– En la mañana, nos fuimos a descansar un ratito. Con las noches de desvelo que llevábamos, le dije a mi mamá: orita que Don Ladislao nos hace el favor, vamos dando una pistojeadita, sirve que ya mañana estamos más desenvueltos para lo que se ofrezca. . .porque no crea, yo tenía una corazonada, sabe qué me decía: que ésto iba a suceder de un momento a otro. Se me hace que no le había dicho de los toquidos que oímos acá, en el cuarto donde está el cuadrito de San Pascual Bailón; usted ya sabe eso, cuando hay enfermo grave en una casa ¿verdá? y suenan esos golpes misteriosos. . .

Acaban de entrar otros vecinos. Nuevos abrazos. Nuevas condolencias y nueva repetición de todos los accidentes y de todos los incidentes de los últimos días, de la última hora, mientras un grupo de señoras, reza y reza sin descanso: “Goce de sumo bien/ esta alma, Divina Aurora/ en tu compañía Señora/ Requiescat in pace amén”.

Ni de día ni de noche se corta aquel fluir de vecinos, que asisten caritativamente a los dolientes. Al Jolino de plano, tuvieron que llevarlo a casa de unos parientes en la otra orilla del pueblo, porque no dejaba de lanzar aquellos aullidos, que servían nomás, para atormentar a los familiares del muerto.

Y las pláticas y las observaciones, desde un círculo más profano y a veces con cierto afán de crítica:

– Yo no he querido verle la cara. De suerte que se la taparon con el pañuelo ese, ¿sabes quién lo trajo? Bueno, son cosas que no, pero dicen que Doña Refugio Castellanos, llegó muy meneada a cubrirle la cara con el pañolón ese, que traía dobladito debajo del brazo. No sé, pero se me hace, que algo anda en esto, la cuestión de las tierras de Los Arenales, porque según dicen, ella dice, que esas tierras no entraron en el testamento, porque desde antes, se las había vendido a ella, ¿tú crees?. . .Lo bueno es que alcanzó a confesarse, dizque ese mismo día. En la mañana, le pusieron los Santos Oleos y recibió a Nuestro Amo y se arregló de todo a todo… Las López le vieron la cara, dicen que tiene una expresión tranquila, como si hubiera acabado sonriéndose; quien sabe con quién podría estar sonriéndose, tú; porque dicen que acabo el pobre sólo y su alma, ni quien le dijera un Jesús te acompañe. Tú crees que el Ladislao ese…

A la hora convenida, empiezan a sonar los dobles, el toque doloroso de las campanas que rigen la vida y la muerte; otras veces, festivas y alborotadas, hoy lánguidas y lloronas. Una gruesa y una ladina, en toque disparejo, que queda vibrando en el aire, como un sollozo que se alarga, que se tiende por las calles asoleadas y más allá, donde se juntan los ríos. A la última llamada, el cuerpo del difunto será llevado hasta el templo, ahora ya en su caja de pino, recién pintada, todavía con la pintura fresca y el olor penetrante de aguarrás y de humo de ocote.

Casi siempre, el pueblo entero acompaña a sus muertos. Unas veces más, otras menos, según la importancia del finado, sus relaciones, las amistades que cultivó, las simpatías que ganó, acude todo el vecindario con velas encendidas de llama rojiza y temblante a las rachas del viento; el rebozo cubriendo la mitad del rostro, los hombres con el sombrero en la mano, la mirada grave. Los niños azorados, viendo de lejos y con ese espantado pavor que tienen los niños a los muertos: “Ei, tú, si se nos fuera apareciendo. . .”

En el templo, los responsos para salir, de ahí rumbo al camposanto, donde estuvieron trabajando toda la noche en cavar la sepultura. Tuvieron que poner doble parada de peones, para que abrieran a plomo, la angosta sepultura, en la tierra roja, casi tepetate, del camposanto nuevo.

El cadáver, es llevado a hombros de sus amigos, sus familiares, vecinos que se acomiden a rendir ese último servicio al finado. El camino va hacia allá, por el callejón bordeado de matujos espinosos, motas negras, donde hubo flores amarillas, y el silencio de la tarde funeral, por donde avanza el cortejo con paso rápido, el paso ágil y fatigado de los que van cargando el cuerpo.

En algunas rancherías, todavía quedan los últimos rescoldos de aquellos cantos untuosos y largos, que se acostumbraron para velar a un muerto, particularmente, el canto de El Alabado, que sembró por éstas tierras, el Padre Margil de Jesús y que no es otra cosa, que una relación de la Pasión de Cristo, hecha con anacronismos deliciosos, con amorosas transposiciones. Bien estaría ver, qué queda de aquello en éstas regiones, cuántas alteraciones ha sufrido el texto original en los ranchos más tradicionalistas, donde se canta todavía éste romance.

El pueblo, las gentes del pueblo aman a sus muertos. La antigüedad misma, los siglos que llevan en el tiempo, le han permitido rodearse de muchos muertos y guardarlos con el respeto y el cariño que lo merecen. Aparte de las más antiguas inhumaciones, que se hicieron en lo que corresponde al atrio y dependencias del Santuario, existe lo que conocemos como Panteón Viejo, en el cuál, había lápidas, fechadas ya a fines de mil setecientos. Este panteón, con mausoleos magníficos de las familias más significadas del siglo pasado y principios de éste, quedó en desuso, al encontrarse saturado.

Hacía 1918, el año de la famosa Gripa Española, el elevado número de defunciones, hizo apurar la delineación de un terreno, cerca de Los Trigos, para sepultar a aquellos muertos. Las cosas se hicieron con la precipitación que pedían las circunstancias y se empezaron a abrir donde se indicó, aunque después, al marcar con exactitud los linderos exactos de este Panteón, resultó, que muchas tumbas se hicieron fuera de su perímetro.

Por los años de1920 a23, éste Panteón, no era sino una superficie abierta, donde pastaba libremente el ganado. A fin de tener fondos para emprender el costoso trabajo de bardearlo, da cuenta Don Indalecio Chávez, de unas fiestas de toros, que se organizaron, en las cuales, se contó con la cooperación generosa de muchas personas, que con algunas aptitudes y mucha buena voluntad, dieron su concurso, para el éxito económico de las charlotadas, música y alegría ruidosa, que hizo posible, enmarcar el silencio y la quietud del campo de los muertos. . .

Eso es todo. El pueblo ama la vida, guarda sus tradiciones, venera a sus muertos y en el trazo de su imagen física, entreteje la traza moral de sus hábitos, sus inquietudes, sus alegrías, sus tristezas, cifra y señal de su carácter, a tono con el paisaje ambiente.

Los pueblos, siempre han sido así. El ámbito natural se refleja, en el modo de ser de las gentes.

Y el nuestro, con su horizonte abierto; con el abrazo de los cerros que le rodean, pero dejan un escape abierto al infinito azul, muestra en momentos, esas ansias de elevación y de grandeza, que han significado a muchos de nuestros hombres, y muestra también la disposición al ensueño, a la idealidad limpia de los afanes del espíritu, mientras se envuelve todo en el aire, en el cielo, las nubes, en el nítido horizonte, de una sedancia interior, de una dignidad y una alcurnia, que pueden encontrarse a primera vista.

Así es en su trazo y en su traza nuestro pueblo, el Teúl, Zac., en un rincón de la “Suave Patria”.

Cuca Alatorre,- le decían “Cuca Grande”-, figuró con niveles de preeminencia en la sociedad teúlense, cuando el refinamiento, la educación y   el vestir elegante de muchas familias, dieron a  éste pueblo, aires de aristocracia.


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